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Thursday, 21 July 2005
Hacia el Sur XXX
Jose Alberto Bravo de Rueda

!No! !No es cierto! !Yo no mate a Maria Carla! !Jamas hubiese podido hacerlo!
No tengo pruebas, pero se que no esta muerta. Bertello la tiene en su poder. Quizas la han inyectado de nuevo y ha vuelto a ser su perro, su esclava, un mueble mas en la residencia de Chaclacayo.
Todos dicen que la ahogue en el rio. !Mentiras! !Calumnias! !Pretextos para ponerme la camisa de fuerza y encerrarme en esta celda con paredes acolchadas del Hospital Central! Es falso lo que afirman. Son mentiras lo que dicen los periodicos. Quieren culparme de un crimen que no cometi. !Quieren encerrarme para siempre!
?Que yo mate al Pastor? Si. Tal vez. No recuerdo. ?Por que lo hice? No puedo responder. Por celos... Por venganza... O tal vez solo cumplia antiguos y secretos designios, inflexibles ordenes que gobiernan hasta nuestros movimientos mas peque?os, cuando nosotros creemos actuar por propia voluntad.
"El libre albedrio no existe", no se quien decia. "Es un espejismo, una falacia para enga?ar ingenuos, un invento del Ser Humano para ensalzar su Yo".
En mi descargo puedo decir que ataque al Pastor despues de sufrir los efectos del tratamiento. Fui inducido: obligado a hacerlo. Al momento de coger el cuchillo y clavarselo, yo no era yo.
?Ah? ?Son las mismas palabras de Maria Carla que nunca crei? Puede ser. En todo caso esperar que alguien me crea es pecar de ingenuo y optimista. ?Y que podria ganar? Para el mundo soy un homicida, un terrorista, un fanatico. Muchos han pedido mi muerte. Otros creen que quedare bien con un nuevo tratamiento. Para la mayoria no tengo remedio ni perdon.
Atenazado por la camisa de fuerza, amarrado a una durisima camilla, golpeado, amordazado, las luces de 200 watts hiriendo mis ojos, solo puedo pensar en lo ocurrido en estos ultimos seis a?os. ?Seis a?os? ?Nada mas? Parece toda una vida. Una eternidad...
Innumerables sucesos pueden ocurrir en un lapso incluso mas breve. Muertes, nacimientos, viajes, desenga?os, amores, exitos, frustraciones, cambios, esperanzas perdidas para siempre, ilusiones que no pudieron convertirse en realidad.
Al pensar en Dante, en Wolfie, en Lulu, dudo a veces de la consistencia real de seres y objetos. Imagino sue?os de una existencia superior. Desvarios producidos por fiebre o drogas, con el tiempo desvanecidos, esfumados sin huella ni rastro.
Solo asi puedo convencerme de que Wolfie ha muerto. Y tu, Dante, si, tu, tu fuiste el que lo mato.
Siempre lo envidiaste. Siempre le tuviste colera porque, de alguna manera, el era como querias ser tu. Tambien lo amabas. Lo amabas y lo despreciabas a la vez, por eso lo mataste. Como queriendo destruir algo dentro de ti. Querias librarte de eso que te torturaba y oprimia. Y lo mataste.
Tambien quedaste enojado conmigo. Fracase en la mision, no me mataron, eso era lo de menos. Siempre estuviste seguro: no tendria exito, tu magnetismo de mal aguero funciono a medias. En ese entonces no me veia como carne de ca?on ni te imaginaba un asesino. Pero te molestaste porque me creias soplon y delator. Nunca te acuse ni a nadie. No habia necesidad de hacerlo. La doctora Longa?o lee el cerebro como tu el periodico. Tu te ries porque no sabes y no tienes la culpa porque nadie sabe. Mientras tanto ella controla las voluntades como un titiritero. Nos equivocamos, Dante, ella es el verdadero enemigo, infinitamente mas peligrosa que Bertello. Esto es el fin, no puede haber duda. Donde estaras en estos momentos, en un escarpado paraje de la sierra de Ayacucho o Abancay, acosado como perro, sucio, enfermo, hambriento, sabiendo que muy cerca hay una bala para ti.
Por momentos todo se confunde. La aparente realidad, los sue?os, los libros, las peliculas, los recuerdos. Tengo la impresion de ser un quipucamayoc que ha olvidado la Historia y altera las tradiciones, trastorna el pasado y borra siglos enteros, confunde gestas, cambia mitos y leyendas, invierte la conciencia colectiva e instaura desconocidos imperios. Si alteras el pasado, modificas el futuro. ?Que peor crimen puede haber? Por eso la doctora Longa?o esta por entrar. Para devolver al mundo su orden natural.
Lo siento por los dos, Maria Carla, por los dos. Cuantos planes y proyectos quedaran en el vacio, como seres muertos por aborto. Cuantas ilusiones aguardaran a nuevas parejas de amantes con mas suerte que nosotros. Tal vez algunos logren avanzar juntos, compartir ese mundo peque?o de rutina y hechos cotidianos hasta descubrir universos inexplorados en la monotonia de la vida domestica. Finalmente, luego de un tiempo demasiado breve, se separaran con la promesa de volverse a encontrar. Esta vez para siempre. ?Vale la pena alimentar la utopia? Ahora, despues de todo lo ocurrido, creo que si. Antes, lo sabes, no pensaba igual. Pero ya es tarde. El tiempo se acaba. La doctora Longa?o ha metido la llave y esta haciendo girar la cerradura.
?Que sentido tiene pensar mas? ?No seria mejor esa existencia abstracta, inconsciente, de plantas y animales? Porque cada idea, suposicion o pensamiento es peor que una tortura. Mi cerebro late, da coces como un potro encerrado. En vano intento refugiarme en el olvido, la resignacion, la locura voluntaria.
No hay salidas.
Y ya esta ella aqui.
?No traera, por fin, la liberacion...?

FIN

Posted by jose-alberto at 1:07 PM EDT
Updated: Thursday, 21 July 2005 1:31 PM EDT
Wednesday, 20 July 2005
Hacia el Sur XXIX
Jos? Alberto Bravo de Rueda

--Amor...
--?Qu? pas??
--Te quiero.
--?Maria Carla!
--Te amo.
--?D?nde estamos? Ohh, mi cabeza.
--Shhh, escucha: los sapos... los p?jaros...
--?El Parque Japon?s!
--Est? oscureciendo. Mira la luna.
--Parece mentira... ?Estamos so?ando? ?O en el cine?
--Tonto. Mira el estanque, esas sombras doradas. ?No oyes el alboroto en los ?rboles?
--Es cierto, entonces, ?es cierto!
--Abr?zame.
--Maria Carla, perd?name, fui un est?pido.
--No importa. La pesadilla ya pas?. Ahora todo ser? como antes, como en la Universidad, ?recuerdas? Qu? hermoso...
--S?, me acuerdo. ?C?mo lo pude olvidar?
--Esos condenados experimentos...
--Incre?ble: t? y yo juntos otra vez.
--?Est?s contento?
--Feliz.
--Yo tambi?n.
--No volveremos a separarnos.
--Debemos tener cuidado. Nos podr?an atrapar.
--No, no lo har?n.
--?Qu? vamos a hacer?
--Huir.
--?Ad?nde?
--A la selva. Jam?s nos encontrar?n.

Posted by jose-alberto at 1:36 PM EDT
Updated: Wednesday, 20 July 2005 1:46 PM EDT
Monday, 18 July 2005
Hacia el Sur XXVIII
Jose Alberto Bravo de Rueda

La inmensa mole del Hospital Central, como un gigantesco tiranosaurio vuelto a la vida, se yergue en el centro de la ciudad dominandola con sus 3 bloques de 64 pisos. Toneladas de acero, vidrio y concreto albergan en su interior incontables protagonistas de dramas en sesiones de consulta y salas de operacion. Con el humo de las chimeneas se esfuman esperanzas de vida. La luz refractada en los cristales le da un matiz de espejismo a la colosal construccion, como si fuera un lienzo pintado en el fondo gris de nubes plomizas. En la enorme puerta principal, boca hambrienta de pacientes y cadaveres frescos, una interminable fila de gente espera desde hace horas. En los alrededores, desalojados momentaneamente por la policia, se hacinan mendigos, pordioseros, vendedores ambulantes y carretillas de comida, sobrevolados por espesas nubes de moscas.
Dentro, en los pasillos, consultorios, salas, en el suelo o en camillas yacen individuos anonimos, sangrantes, desfigurados, rescatados de entre los fierros retorcidos, sobrevivientes de terribles accidentes de transito. Victimas de voraces asaltantes, convertidos en plastas sanguinolentas, despojados hasta del ultimo centavo, sollozan y maldicen su mala suerte. Cancerosos acarician como a jovencitas complacientes sus tumores malignos. De dantescos incendios que derritieron extensas unidades vecinales han quedado unos pocos golpeados, asfixiados, achicharrados, traumados. Aqui y alla suicidas potenciales, ni?os secos por la diarrea, malos embarazos, viejos masacrados, complicaciones infecciosas, sifilis, tetano, leucemia. Fenomenos incomprensibles causantes de aberraciones geneticas. Seres que de un dia a otro, sin motivo aparente, perdieron para siempre la razon. Toda la gama interminable de enfermedades y accidentes que a diario diezma la Humanidad se concentra en esa antesala de la Muerte, en ese a veces vano esfuerzo por aliviar los males, que es el Hospital Central.
Por corredores con luces y olor a desinfectante, subiendo y bajando por escaleras y ascensores fumigados, abstraidos en la sala de operacion, agiles, activos y siempre dinamicos, entrando y saliendo de oficinas, farmacias, almacenes, laboratorios, el ejercito de la salud se desplaza incesantemente a lo largo y ancho de los pabellones. Medicos con mascaras, enfermeras espectrales, auxiliares rudos, practicantes inexpertos, los diablos blancos, aun con los formidables aportes de la ciencia y la tecnologia, empe?ados en tareas heroicas, resultan diminutos frente al terrible enemigo en que se alian virus, bacilos, microbios, bacterias, parasitos, anticuerpos y a veces la misma naturaleza humana.
En la construccion central del gigantesco conjunto de tres edificios dispuestos en forma de H, la mas alta y voluminosa, los pisos 63 y 64 estan a completa disposicion de la doctora Longa?o. La zona es de acceso restringido, las escaleras estan clausuradas y solo se llega por un ascensor especial. Para el ascensor se necesita un pase sellado por el Comando Militar y activado electronicamente por celulas del Capitan Bertello.
La doctora se siente tan comoda que ha decidido vivir en el hospital. Duerme en un cuarto acondicionado en la azotea, al lado de algunos conejillos: monos humanoides, ratones emplumados, cuyes redondos, peces anuros, lagartijas de piel transparente. La doctora goza de absoluta libertad para la investigacion, tiene un presupuesto que aumentara la inflacion en tres digitos y cuenta con el apoyo de la ciencia mas avanzada, incluyendo sofisticada tecnologia y los ultimos desarrollos en informatica.
Hoy es un dia muy especial y la doctora no puede evitar sentirse algo nerviosa. Sin embargo no por ello ha descuidado su labor. Ordeno extremar las medidas de seguridad y ahora un cordon de soldados rodea el perimetro. Circuitos cerrados de television vigilan cada punto de acceso y dos helicopteros artillados sobrevuelan el area.
Al mediodia, hora cero, la actividad es general, la tension hierve, como hormigas enloquecidas los soldados corren de un lado a otro, los oficiales gritan ordenes, hay marchas, contramarchas y desplazamientos, pero la aparente confusion esta prevista con precision militar. La voz metalica del altoparlante da las ultimas indicaciones al personal civil. Las sirenas se desfondan espantando a perros y gallinazos.
Desde los ventanales de su laboratorio, clavadas las u?as en el vidrio, expresion de adolescente en primera cita, la doctora Longa?o espera ansiosa desde su despertar, a las cinco de la ma?ana, luego de una pesta?eada (en realidad lo ha esperado toda su vida), al nuevo paciente. Un paciente especial para un tratamiento especial. Ahora si tendra exito. Sus manos tiemblan de impaciencia; su respiracion esta cortada por la ansiedad. Por unos instantes logra despegar los ojos de esa diminuta agitacion en la calle, e involuntariamente los dirige hacia ese enorme monumento de circuitos adosado a las paredes, que ocupa casi por completo el piso 63. Ese hermoso robot con infinitas celulas de informacion, ordenadores y componentes, transmisores, realimentadores y autoprocesadores, es su mejor ayudante. Ella nada podria hacer sin esta maravilla de la cibernetica, sin este casi dios que el Mando Militar ha puesto a su disposicion. Eternamente agradecida. Los cientificos necesitamos apoyo. El Capitan Bertello le beso la punta de las u?as...
Una sirena histerica la saca violentamente de su ensimismamiento. Nuevamente mira hacia abajo, hacia ese abismo limpio y vertical de vidrio y metal cromado, y distingue el lento desplazamiento de un convoy de cinco vehiculos. Un jeep militar abre la marcha, lo siguen dos ambulancias, luego un jeep mas y al ultimo un camion de transporte, cubierto con lona camouflage.
La doctora, repentinamente alterada por una nueva crisis de nervios, se muerde el labio inferior. Esta a punto de orinarse de impaciencia. Sabe que el ascensor demorara cincuenta largos segundos antes de expectorar al Capitan Bertello. Ha olvidado que decidio acomodarse unos mechones sueltos que desentonan en su peinado bomba nuclear. 40 - 39 -38... Su nariz alargada esta cubierta por una fina capa de sudor, un velo transparente, inmovil y grasoso. ?Donde estaran sus asistentes? Hay momentos en que el tiempo no pasa, se estanca en pozos estaticos. 25 - 25 - 25 - 25... Se seca las manos en el mandil siempre sucio y mientras se aleja de los grandes ventanales con pasos menudos y rapidos, pasa la lengua por los labios para darles algo de humedad. Ya esta bien. Tarda demasiado. 5 - 4 - 3, pero sus calculos fallaron porque ya un segundo antes se habia abierto la puerta del ascensor y el Capitan Bertello, con paso de desfile, refulgente en su uniforme, saludando, se acercaba hacia ella.
--Capitan...
--Doctora...
Sus mejillas se tocaron y los labios dibujaron un beso. Durante unos instantes, inexistentes para ellos, quedaron tomados de las manos, embelesados en la mutua contemplacion. El Capitan Bertello, admirado. La doctora, nerviosa, sin dejar de pesta?ear, ansiosa de ver al paciente y no al Capitan.
--Todo listo, doctora. Aguardamos sus ordenes.
De pronto, como siempre le ocurre cuando trata asuntos profesionales, la doctora Longa?o recobra su arrogancia, suelta las manos calientes del Capitan, olvida los nervios y se transforma en un monstruo rigido y automatico, un inflexible androide con leyes y teoremas en vez de sentimientos. Con su voz aflautada dice:
--Traiganlo. Todo esta dispuesto para empezar de inmediato.
--Bien --dice el Capitan. Esta a punto de obedecer, se arrepiente, duda unos momentos y finalmente dice:
--Eh... Doctora, el tratamiento funcionara, ?no? Fue lamentable lo ocurrido con el Pastor...
Subitamente ofendida, tomada de sorpresa por la impertinente observacion, la doctora tose, balbucea, trastabilla, como si un objeto extra?o hubiese alterado sus circuitos. Tarda algunos minutos en recuperarse y cuando lo hace empieza a hablar con la voz transistorizada e impersonal de un computador.
--Capitan, lo reconozco. Lo sucedido con el Pastor fue deplorable. Como lo explique en mi informe, el fracaso se debio a la particular configuracion cerebral del individuo. Se trata de un caso unico, excepcional. La probabilidad de un caso semejante es practicamente cero. Si el Alto Mando no esta conforme con mi trabajo...
--Doctora, por favor --balbucio el Capitan Bertello--. No fue mi intencion... Disculpeme usted... Yo la admiro y aprecio y personalmente le estoy infinitamente agradecido. Usted es el mejor de nuestros cientificos. Sin usted la estrategia antisubversiva no habria dado resultados. Estamos en deuda por los sueros, las drogas, las vacunas, el tratamiento a las feminas... Oh, doctora, por favor disculpe mi torpeza, perdone mi estupidez.
La doctora, complacida en su ego, sonrie como un animal. En un reflejo de una de las pantallas ve su imagen abultada, su rostro que no es feo, el peinado en algo desarreglado, y sin perder tiempo en ordenar esos mechones fuera de lugar, manifiesta su deseo (eufemismo por orden) de ver cuanto antes al paciente.
El Capitan coge el intercomunicador, da la clave necesaria y de inmediato, ahora si son rapidos los 50 segundos, surgen por el ascensor dos soldados conduciendo una camilla. Oculto por las sabanas se adivina un bulto inmovil. Como quien se acerca a la jaula de los pericotes blancos, la doctora Longa?o levanta las cobijas, echa una mirada escrutadora y no puede ocultar su indignacion cuando ve al paciente con el rostro sangrante, los ojos morados, la boca partida.
--!Esto es absurdo! --grita--. ?Que le han hecho? En estas condiciones no soportara el tratamiento. !Yo lo necesito en buen estado! ?Que clase de metodos emplea el Ejercito, Capitan? !Esto es ridiculo, primitivo, anticientifico!
El Capitan Bertello, turbado y arrepentido como un ni?o despues de una travesura, no encuentra las palabras adecuadas para explicar.
--Ehh... Yo... El sujeto es peligroso. !Trato de matarme! Aunque lo ha negado, sabemos que pertenece a un grupo terrorista. Con ellos no se puede tener contemplaciones. Nuestro servicio...
--!Inutiles! --lo interrumpe la doctora--. !Incapaces! Sus metodos, esta demostrado, no hacen sino reforzar la voluntad de los prisioneros. Es darles en el gusto, precisamente. Es obsoleto proceder asi.
--Eh... Yo...
Humillado, incapaz de refutar las afirmaciones de la doctora Longa?o, el Capitan Bertello permanece mudo, con la vista en el suelo. Quizas tenga razon. Jamas podra olvidar que su propia vida estuvo en sus manos. Su virilidad. Ahora estaria convertido en un ser inservible, inutil, bueno para nada.
--Capitan, de ahora en adelante, paciente que llega a mis manos debe estar en optimo estado, ?de acuerdo?
--De acuerdo, doctora. Como usted diga.
--Bien. Ahora el paciente esta bajo mi responsabilidad. Firme aqui, por favor.
El Capitan estampa su rubrica en la constancia y se retira junto con los soldados, que no escucharon ni vieron nada de la escena anterior.
La doctora esta por llamar a sus asistentes, se dirige ya hacia el intercomunicador, pero de pronto los ve a un lado de la sala, inmoviles, blancos, con los ojos fijos en ella: la se?orita Kayes, rubia, con mandil de enfermera. El asistente Camacho, de ojos peque?os y movedizos; inquieto; de sangre fria; su lengua aparece y desaparece por entre las comisuras de la boca. Y Lendman, palido, petreo y glacial; con otro cerebro en vez de corazon.
?Como entraron? Es imposible que no se haya dado cuenta. Quizas todo el tiempo estuvieron ahi, observandola, silenciosos, invisibles como animas.
La doctora les sonrie por una milesima de segundo y luego su rostro retoma la expresion de trabajo.
--Empecemos --dice--. Primero el examen preliminar. Desnudenlo.
La se?orita Kayes se abalanza sobre el paciente, lo despoja de sabanas y del pijama, lo observa detenidamente unos segundos, con ojos hambrientos, y al notar el gesto apremiante de la doctora conduce la camilla frente a la pantalla de examenes.
Rayos de diferentes colores iluminan ese cuerpo delgado, cubierto de moretones, inmovil e inconsciente. Los rayos X penetran su organismo y revelan su estado interno. La se?orita Kayes lee el resultado del examen:
Traumatismos faciales multiples.
Dos costillas rotas.
Principios de anemia.
Conmocion cerebral.
Sopor total, Valium 10 en el sistema nervioso...
--Debemos esperar su recuperacion --dice la doctora--. No soportaria el tratamiento en estas condiciones.
--?Y el examen mental? --pregunta, asustado, el asistente Camacho--. ?Tambien lo pospondremos?
--No, de una vez.
Camacho suspira aliviado y conduce la camilla hacia otro monitor. Empu?a una rasuradora automatica como un sable y en contados segundos, con rapidez asombrosa, lo deja rapado al coco, ni un pelo queda en esa cabeza redonda y brillante. Con ayuda de Lendman fija los electrodos que recogeran la informacion del cerebro. Mientras tanto la se?orita Kayes ha comenzado a operar los controles. Todo esta listo para empezar.
La doctora Longa?o verifica que todo esta en orden y da el OK para iniciar la operacion. Lendman, con sonrisa gelida, presiona el interruptor de arranque.
Cortinas espesas, espumosas, aceitosas.
Charcos de aguas estancadas, zancudos y libelulas.
Telara?as pegajosas, duras, dificiles de romper.
Paredes, murallas y fortalezas; red de defensas del inconsciente y el subconsciente.
Pantanos secretos de arcanos profundos.
Sue?os jamas recordados.
Memorias infantiles, crustaceos milenarios fijos en fosas prehistoricas.
Ilusiones y deseos absurdos, inimaginables.
Semillas jamas germinadas.
Aborto de estrellas en su primera explosion sideral.
Rostros borrosos, imprecisos, fragmentados en espejos paralelos.
Temores ancestrales y frustraciones heredados por genes imperfectos.
Esqueletos antediluvianos en desiertos infinitos, calcinados por soles que jamas se ponen.
Remolinos de contrasentidos, flujos y reflujos, en apariencia anulan el movimiento.
Fantasmas y espectros corporeos son el resumen fracasado de multiples existencias.
Amores imposibles.
Miedos escondidos en jardines floridos o animales de jebe: conejos, monitos, canarios, ardillas.
Entre las plumas del ave del paraiso se yergue la cola de la rata.
Nubes. Columnas humeantes. Espejismos de burbujas. Barreras de plumas. Espirales mullidas y humedas.
Vanos apareamientos. Organos atrofiados, inservibles.
Momias descascaradas por el sol y el viento.
Capas geologicas atravesadas por cabellos. Rayos infrarojos entre cimientos de concreto y alambre.
Buzos de desague entre residuos, miasmas y excrementos inmemoriales.
Peces primigenios de las profundidades absolutas donde se confunde el origen de los tiempos.
Cornucopias, vertebras, raices autonomas, hilachas y medusas flotantes. Un universo hasta ahora inexplorado oculto por toneladas de hormigon, de sue?os y recuerdos, de oscuridades, de Eternidad.

Una semana mas tarde (el paciente recuperado y gordito por las pastillas y el alimento concentrado) todo esta listo para iniciar la operacion. La doctora Longa?o y sus asistentes, deformados por las mascaras, antisepticos en sus mandiles, dan los ultimos toques a los instrumentos, revisan las jeringas, los escalpelos, las pinzas, las tijeras, los monitores, los bisturi laser. Los tableros dibujan luces de colores, los parlantes burbujean apagados sonidos de nervios tensos, precipitacion de latidos.
Atado, conectado, amordazado, el paciente contempla con ojos fuera de orbita el alocado trajin de esos verdugos blancos que con su destreza y sus movimientos rigidos y exactos, con esa cronometrica parsimonia con la que arreglan el instrumental, solo pueden estar tramando algo monstruoso. En vano trata de librarse de sus ligaduras. Ni siquiera puede morder la gruesa correa que oprime su boca. Apenas puede mover un poco la cabeza rapada, sudorosa, y observa las lamparas que pronto le estamparan su mortal beso de luz. Los taladros diminutos. Las innumerables agujas, grandes y peque?as, gruesas y delgadas. Las capsulas, vacunas, pastillas, unguentos, sueros y pocimas. Un ejercito impecablemente alineado esperando la orden de ataque para introducirse en su organismo.
En un esfuerzo supremo, casi dislocando sus vertebras, logra levantar la cabeza y a traves de un ventanal distingue una silueta familiar. Es inconfundible el rostro cuadrado, acaballado. Los bigotes ralos que lo ensucian. El corte aleman. De pie, empa?ando el vidrio con su aliento, lo observa todo con ojos escrutadores. No quiere perderse nada de lo que ocurre en la Sala de Operaciones, donde desde hace unos minutos ha empezado a hacerse insoportable el calor. La mano que mueve con dificultad, en el bolsillo del pantalon. La otra sostiene su cigarro a medio fumar. De pronto el paciente enloquece. Emite quejidos guturales; se agita como epileptico; se corta la boca, le chorrea saliva espumosa y sangrante.
El asistente Camacho se le acerca y con esos dedos frios y humedos, con esos dedos viscosos, le presiona el cuello, cerca a la yugular, lo asfixia, por u?as y yemas le transmite el dolor, lo inmoviliza, lo hace callar, lo mantiene rigido y en silencio.
Como una ballerina, en puntas de pie, la doctora Longa?o revolotea en direccion al Capitan Bertello.
--Capitan --le dice a traves del intercomunicador--, va usted a presenciar una obra maestra de la psicocirugia.
El Capitan suelta el cigarro y aun fastidiado por el dolor en el brazo ensaya unas suaves palmaditas mientras despliega su mejor sonrisa.
La doctora se aleja con una reverencia, sus pasos pierden la gracia que tuvieron y con la pesadez de un robot se acerca al instrumental. Prepara una hipodermica. Expulsa las ultimas particulas de aire y avanza decidida hacia el paciente que, inmovilizado por Camacho, se desintegra de terror.
--Tranquilo, ni?ito --le dice--. No te va a doler. Te vamos a sacar la enfermedad y quedaras como nuevo.
Clava la aguja y al ver al paciente debatiendose desesperado no puede evitar una risita. Ya los asistentes ocupan sus posiciones respectivas. Irremisiblemente, trastornado por la angustia, el paciente va sumiendose en ese sue?o glacial que permitira operarlo sin dificultad.
--Listo --dice Lendman--. Esta inconsciente.
--Empecemos --dice la doctora--. Inmovilicen la cabeza.
Camacho manipula las tenazas, los sujetadores craneales, y mantiene la cabeza en una posicion fija. Esta, como una bola de billar, como un planeta liso y brillante, queda a completa disposicion de la doctora.
--Sierra laser.
--Sierra laser.
--Contacto.
--Contacto.
El rayo calorico, amarillo-naranja, delgado como un cabello, parece brotar de los mismos dedos de la doctora. Con admirable precision y habilidad increible, sin usar la guia automatica, sin excederse un milimetro, la doctora Longa?o empieza a cortar la caja craneal. La luz sonica rebana suave y limpiamente, como mantequilla, la corteza cefalica y los duros huesos craneanos. Ha comenzado por la parte posterior y ahora bordea integramente la cabeza en una especie de vuelta al mundo. Con infinita delicadeza corta los huesos frontal y parietales, llega nuevamente a la parte posterior pero no llega a empalmar el corte. Como si hubiese abierto una lata de atun, la doctora deja algo mas de una pulgada entre el corte inicial y el final. La tapa craneal esta lista para abrirse ahora.
--Limpien. Aseguren los tapones de algodon.
La cirugia con laser disminuye los peligros de una hemorragia, pero no elimina por completo los problemas de limpieza.
La doctora toma aire por unos segundos y bajo la mascara, bajo el gorro que sujeta su cabellera, siente apelmazarse el sudor. Verifica el estado de los signos vitales del paciente y luego de comprobar que no hay ningun contratiempo, le envia una fugaz sonrisa al Capitan Bertello. Inmediatamente continua la operacion.
--Pinzas 0.1
--Pinzas.
--Ayudeme, Lendman.
El invernal Lendman coge otras pinzas y ambos, con sumo cuidado, empiezan a levantar la parte anterior de la caja craneal. Camacho prosigue con la limpieza. La se?orita Kayes, sin perder de vista el maravilloso espectaculo, opera el control maestro.
--Eso es. Despacio. Camacho, deje eso y con puntos asegure la bisagra.
Por fin logran levantar la capa osea y el cerebro, horriblemente hermoso, con esa repugnante belleza que poseen las malaguas, humeante y palpitante, aparece ante sus ojos. Por algunos minutos permanecen embobados, en extasis, contemplando ese prodigio de la evolucion.
Gelatinoso, tremulo en sus latidos, casi totalmente liquido, de un leve color palido, ese increible sistema de nervios, ese fascinante mundo interno, no solo es el centro de la inteligencia pura sino tambien tenebrosa caverna, guarida profunda de oscuros impulsos y reacciones en apariencia absurdas, universo misterioso que cobija las pasiones mas insensatas, los pensamientos mas increibles, los deseos mas perversos, las imaginaciones mas extra?as, los sue?os mas irreales.
Centro de los sentidos, madriguera de razonamientos, emociones y sensaciones, el cerebro cautivo al hombre primitivo y lo hechizo al igual que los demas misterios de la Naturaleza. Quizas con ese mismo encandilamiento con que la doctora Longa?o contempla el cerebro de su paciente, quizas con ese mismo embrujo hipnotico el hombre de la Prehistoria contemplo el cerebro de sus enemigos. Una especie de terror religioso, de supersticion ante lo sobrenatural, lo llevo a extraer con las manos esa nuez blanda en la que se confunden agua, sesos, bulbos, lobulos y nervios. Creyendo obtener del vencido su fuerza e inteligencia, llevo el cerebro humeante a sus labios, lo olfateo, lo lamio, lo mordio, lo mastico, lo digirio. Dominado por una fuerza magica y absoluta se atrevio a desafiar el fuego, las aguas, las profundas cavidades subterraneas.
!El cerebro! !Maravilla del cuerpo! !Ser casi autonomo! !Boveda de infinitos e inefables arcanos!
Ahora, al desnudo, soporta las irreprimibles caricias de la doctora, las escrutadoras miradas de los asistentes, el asco y la nausea del Capitan Bertello que ha desviado la mirada para no vomitar.
Hoy en dia, gracias a la ciencia y la tecnologia, con transistores electronicos y sensores ultrasensibles, ese cerebro abierto como una flor, ese cerebro observado con curiosidad lujuriosa, guarda pocos secretos. Pinzas, escalpelos, ojos, oidos subterraneos han escarbado gran parte de lo que oculta ese foso hasta antes insondable, y almacenados en la memoria gigante de un computador, numero de registro SX3-1999745, yacen recuerdos, sue?os, complejos, fijaciones, imagenes, impresiones, ideas, vivencias, visiones, obsesiones, proyecciones, frustraciones, experiencias, conocimientos, datos en apariencia inconexos o inservibles, aun recuerdos inconscientes de la etapa prenatal. Un monstruoso conjunto de informacion. Un babelico, caotico sistema de vida interno.
--Atencion --dice la doctora--. Entramos a la fase critica. No podemos cometer errores. ?Listos?
--Listos --responden.
--Iniciamos neoleucotomia.
--Iniciamos.
Pide las tijeras moleculares, la lima atomica y con la guia del monitor empieza a rebanar el neocortex. Corta las redes de lobulos, aisla nervios, ata otros, elimina mecanismos pensantes, suprime informacion logica, deshace residuos positivos y racionales.
--Ha entrado en coma --dice Lendman, como diciendo "hoy es miercoles".
Camacho coge el vibrador y aplica una peque?a descarga sobre el hipotalamo.
--Reacciona --bosteza Lendman.
--?Signos vitales?
--Dos puntos abajo.
Como si esperase esta respuesta, la mascara de la doctora Longa?o refleja su seguridad. Completamente ajena a aquello que no sea su trabajo, como si el mundo circundante no tuviera ninguna importancia, la doctora continua impasible limando las astillas y esquirlas sobre el neocortex. Si un cataclismo empezara en estos instantes, una hecatombe definitiva y apocaliptica, y todo el monstruoso bloque de tres edificios del Hospital Central se viniera abajo con un colosal estruendo, ella ni se daria cuenta. Seguiria operando el instrumental con diabolica precision. Cortando. Seccionando. Mutilando.
Toma la microjeringa de cristal que le alcanza la se?orita Kayes y con la fina agujilla atraviesa la primera capa cerebral hasta llegar al sistema limbico. Entonces inyecta un suero de hormonas animales. Refuerza el instinto; robustece los nervios que controlan la ira y la agresividad. Excita la hipofisis y aumenta la produccion de noradrenalina. En la moderna trepanacion que practica los impulsos humanos son reducidos; y los animales, aumentados. Nuevos codigos de accion, nuevas formas de comportamiento yacen ahora en el subconciente del tratado. Acciones que antes se hubieran meditado son ahora actos reflejo. Lo inconsciente es ahora consciente. Se esta creando una especie de moderno hombre primitivo, un nuevo ser de las cavernas con la magia del plastico y el computador.
La se?orita Kayes seca el sudor de la frente de la doctora y le alcanza una microjeringa mas delgada. La doctora la introduce en el cerebro y lentamente, con la guia de los monitores, llega a la tercera capa cerebral, la mas profunda y primitiva. Ahora inyecta un suero preparado por el asistente Camacho, un suero que grabara de forma indeleble las escalas de una jerarquia. El mas grande y el mas fuerte es el que manda. Los debiles siempre son destruidos. El superior es Dios, se le debe obediencia ciega y respeto. En lo mas profundo de la masa encefalica del paciente anidan ahora serpientes, cocodrilos, iguanas y lagartos, huevos de dinosaurio, camaleones que se adaptan a cualquier ambiente. Han sido fijadas prehistoricas formas de conducta. Inmediatas respuestas de violencia como cuando aun el mundo estaba en formacion.
El Capitan Bertello, despues de arrojar entre jugos gastricos el pan con jamon que comio en el desayuno, ya recuperado del malestar y las nauseas, contempla ahora fascinado la operacion cerebral. No comprende por completo lo que ocurre. La doctora Longa?o apenas si le dio una breve explicacion para escolares:
"Sacamos lo que no conviene: la basura pensante, las reacciones peligrosas; y dejamos solo lo que nos va a servir. Acentuamos el amor y la simpatia a algunas cosas; el odio y la agresividad a otras. Olvidara por completo lo que deseamos que olvide. Y solo recordara lo necesario. Simple, ?no?
Si, asintio el Capitan, muy simple, aunque siguio sin entender nada, pero ahora, ya superado el asco inicial, contempla hipnotizado las manipulaciones en ese cerebro a tajo abierto, con la corteza craneal levantada como la escotilla de un submarino, los sesos sujetos por cientos de agujillas mientras los liquidos encefalicos amenazan desbordarse y ensuciar el piso de mozaicos. Pero el Capitan Bertello no es un simple espectador.
--Necesitamos datos de relleno --le dijo la doctora--. Dejar celulas en blanco provocaria la locura irreversible del paciente. Un ejemplo sencillo para que pueda comprender: si a un mu?eco le quitamos el relleno y no ponemos nada en su lugar, el mu?eco se malogra, no sirve. Para que funcione debemos ponerle un nuevo relleno: trapos, basura, algodon, aserrin, cualquier cosa. Con este tratamiento sucede exactamente igual.
Ya finalizada la fase de extraccion, procede la fase de relleno. Para eso invitaron al Capitan Bertello. El tiene la palabra ahora.
A traves del ventanal, el Capitan muestra el reglamento de la Escuela Militar. La se?orita Kayes lo tipea integro en el computador. La doctora Longa?o lo fija en la peque?a seccion sobrante del neocortex mediante rayos infrarojos.
--Necesitamos mucho mas --dice la doctora.
Ya la operacion lleva mas de seis horas, pero no puede detenerse. Quizas deban continuar toda la noche. Incluso el dia siguiente.
Mientras tanto el Capitan Bertello alcanza imagenes de campos de concentracion.
Fotos de sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki.
Declaraciones de los heroes de Vietnam.
Violaciones de mujeres embarazadas.
Torturas aplicadas en dependencias policiales y militares.
Explosiones en minas.
Terremotos, incendios, tifones, ciclones y huracanes.
Piramides de craneos.
Casos de canibalismo.
Manifestaciones de infanticidas y parricidas.
Hormigas carniceras.
Orgias de lesbianas y homosexuales.
Un dia cualquiera en un reformatorio mental.
Enfermos de cancer, de lepra, de SIDA, de sifilis.
Paraliticos, invalidos, mutilados, autistas, mongoloides, hidrocefalicos, jorobados, catatonicos, acromegalicos, elefantiasicos, hinchados y toda esa gama casi infinita de deformacion corporal.
Atentados terroristas.
Bombardeos de escuelas.
Casos de posesion diabolica (comprobados por la Iglesia).
Ni?os, ancianos, hombres y mujeres en practicas de bestialismo.
Torturas chinas.
Desfiles de nazis, rusos y otros comunistas y fascistas.
Castraciones arabes con alfanje, sin anestesia.
Imagenes aumentadas de bonzos y caballeros japoneses ejecutando el harakiri.
Vistas exclusivas del Templo de la Rata, en la India.
Porno shows.
Pueblos enteros muertos de hambre, en Africa.
Incestos y fratricidios.
Victimas de la guerra quimica y genetica.
Y una lista aun mas extensa, imposible de incluir por razones de espacio.
Los cirujanos, los diablos blancos, se toman un minuto exacto de relax e inmediatamente prosiguen su labor.
--?Aprovechamos el terreno favorable para un complejo de frustracion sexual? --dice Lendman, frio como un iceberg.
--Si, hay que intensificarlo.
--Una dosis de temores infantiles.
--Seguridad aqui, inseguridad alla.
--?Y el antiguo mea culpa? No debemos olvidarlo.
--Estamos haciendo Historia --reconoce la se?orita Kayes--. Hoy me siento verdaderamente importante.
--?Edipo? --sugiere Camacho, sutil como la Esfinge.
--No. Es conveniente una absoluta orfandad. No podemos arriesgarnos con arrebatos piadosos.
--Acentuar misantropia y misoginia. Hormonas de fuerza brutal. Algo mas de pilosidad.
--?Asi esta bien?
--Esta quedando di-vi-no --dice, en un arranque de debilidad, la doctora Longa?o.
Es medianoche. Ojerosos, hambrientos, fatigados, aunque lucidos por la responsabilidad del trabajo, los doctores continuan dando puntadas en ese mu?eco hecho de distintos retazos, piezas y mecanismos, en ese prototipo de Frankenstein mental.
--Cuidado con la aplicacion de esos enzimas. Inyecten los psicolepticos.
--Esta reaccionando muy favorablemente --dice Lendman, monotono.
--Es cierto... Quizas, despues de todo, le estemos haciendo un favor.
--?Y el Capitan?
--Fue a comer.
Al rato regresa Bertello. La polaca del uniforme manchada con salsa de tomate. Esta muerto de sue?o y a intervalos regulares eructa el mal humor. Ya lo tiene harto este juego de la operacion. En verdad no cree en estos nuevos metodos. Si por el fuera, el paciente estaria desaparecido, vaporizado, esfumado para siempre. Se acerca al intercomunicador y empieza a hablar como mordiendo:
--Naciste en los arenales del Sur (asi sabras lo que es). No habia ni pajaros ni arboles, solo calor y esa asquerosa, asfixiante, pegajosa y quemante arenilla que se mete en los ojos y se atora en la garganta. Aggg.
--No tan rapido --bosteza la se?orita Kayes.
--Tu padre era carpintero. Un pobre y miserable carpintero. Y tu madre lavaba ropa doce horas diarias.
--Un momento --reacciona la se?orita Kayes; las manos antes agiles, ahora inmoviles sobre el teclado--. ?No habiamos programado una absoluta orfandad?
--Es cierto --dice la doctora Longa?o.
--Lo lamento, Capitan, pero no se va a poder.
El Capitan queda desconcertado por unos instantes.
--?Que cosa? --dice al recuperarse--. ?Oi bien? Quiero que su padre sea carpintero. ?No entienden? !Lo exijo!
Esta verdaderamente molesto. ?Que se han creido estos doctorzuelos? Podria mandarlos fusilar. En su cerebro no hay lugar para peros ni objeciones. Sus ojos relampaguean, despiden chispas como cuando se afila un pu?al. La polaca manchada de rojo le da aspecto de matarife.
--Esta bien --consiente la doctora Longa?o--. Al fin y al cabo no es importante.
La se?orita Kayes tuerce la boca, suspira, mira al techo durante veinte segundos y luego procede a reprogramar el ordenador.
--?Que mas? --dice cuando termina.
--Reforzar al maximo el patriotismo.
--Ya estan controlados los nervios que conducen el dolor.
--Su pulsacion es debil.
--Apliquen suero intravenoso.
--Un poco de moralismo no vendria mal.
--Si. Con cuidado, una confusion en los terminales podria ser fatal. Diferencien los datos personales de los rasgos psicologicos...
--Pero nos estamos olvidando... --dice Lendman, saliendo por unos momentos de su frigido sopor.
--?Que? --lo miran todos, intrigados, temerosos de haber podido olvidar algo vital.
--El nombre. Va a necesitarlo --dice, y vuelve a su estado de congelacion.
--!Es cierto! !El nombre!
Incapaz de pensar, el Capitan Bertello coge una guia telefonica y, al azar, elige tres paginas.
--Una para el nombre y las otras para los apellidos --aclara.
Cierra los ojos, lanza el dedo indice como un dardo y deletrea:
--EME A ENE...
--Quizas le gusten los sobrenombres --sisea Camacho.
--Si, claro. ?Por que no?
--Esto si es mas facil --dice Bertello--. Deberan ir con su personalidad.
Hacia el amanecer, luego de dieciocho horas ininterrumpidas de trabajo, la operacion esta por concluir. Agotados, extenuados, pero satisfechos, los doctores se sienten orgullosos del paso gigantesco que acaban de dar en el desarrollo de la medicina moderna. Sus esfuerzos mereceran un Premio Nobel, y ellos sonrien viendose inmortalizados en las Galerias de la Fama.
--!Por fin! --exclama victoriosa la doctora--. Ahora a cerrarle el coco, a coser y a suturar. !Un juego de ni?os!
Luego abandona la mesa de operaciones, le da el encuentro a Bertello y ambos, tomados de las manos, iluminados por la luz del sol que empieza a surgir, permanecen en actitud majestuosa, hieratica, indescifrable. Como esas estatuas de antiguos dioses a las que ni el polvo ni el maltrato de los a?os restan dignidad.

Posted by jose-alberto at 1:10 PM EDT
Updated: Monday, 18 July 2005 1:13 PM EDT
Friday, 15 July 2005
Hacia el Sur XXVII
Jose Alberto Bravo de Rueda

Durante varias semanas Zenon trato de comunicarse con Dante y Wolfie. Como la Universidad ya estaba en receso, ellos no iban mas por ahi. Tampoco pudo encontrarlos en el "Solitario", igualmente ajeno a las tertulias de los estudiantes. Y aunque Zenon fue a casa de Wolfie, a la de Lulu, incluso a la de Dante, por esa epoca vivia en Comas, en ninguna oportunidad logro ubicarlos. ?Que queria decirles o preguntarles? Nunca se sabra. Tal vez sus propositos eran confusos, algo ambiguos y equivocos. Y aunque se hubieran elaborado multiples conjeturas y suposiciones, probables teorias ajustadas lo mas posible a la realidad, estas nunca habrian podido predecir el desenlace que tuvieron los acontecimientos. Por lo menos en lo que se refiere a Zenon.
Lo cierto es que ?l, aburrido de la b?squeda infructuosa, durante un tiempo se dio por vencido. A Dante y Wolfie se los hab?a tragado la tierra. Nadie sab?a nada de ellos, o no quer?an decirlo. Y Zen?n lleg? a pensar que ellos adrede lo evitaban. ?La raz?n? Pod?a imaginar much?simas. En su desencanto, en su fastidio cercano al rencor, Zen?n les atribuy? ese mismo sentimiento que impulsaba a organizaciones tan tenebrosas como el Klan. ?En una ocasi?n no lo insultaron y golpearon? ?Qu? los diferenciaba de esos espantap?jaros que impunemente comet?an atrocidades y asesinatos? Por lo menos ellos eran m?s aut?nticos, aunque ocultasen sus rostros, y no hip?critas como Dante y Wolfie.
Por un comentario que inconscientemente Lul? le hizo a Roxana, unos pocos de la Universidad se enteraron: ellos estaban "veraneando" en uno de los balnearios al Sur de Lima: quiz?s Punta Hermosa, quiz?s San Bartolo. Esos pocos que supieron la verdad, adelant?ndose unos meses a las circunstancias, adujeron razones de ?ndole militar o pol?tica (despu?s ya era lo mismo) que los obligaron a ocultarse, y jam?s sospecharon que Wolfie y Dante estaban amenazados de muerte por el Klan. En realidad, muy pocos conoc?an la existencia de la secta.
Pocos d?as despu?s del comentario que Lul? le hiciera a Roxana, Wolfie, asom?ndose a la ventana m?s alta de la casa de dos pisos en Punta Rocas, que alquilara por intermedio de un t?o de Lul?, vio lleno de asombro, tambi?n con terror, el Volvo celeste de Jackeline. Tartamudeando Wolfie llam? a Dante, y luego de unos minutos de espera, asustados y nerviosos, ambos pudieron ver a Jackie, lentes oscuros, bikini verde lim?n peque??simo, piel bronceada y brillante por el aceite de coco. La acompa?aba un tipo alto, muy blanco, casi albino, que hu?a del sol con sombrero de paja, pantal?n crema muy ligero y guayabera tambi?n crema.
Aunque Jackie revoloteaba entre los tablistas, se acercaba a los c?rculos de m?sica y cerveza, entraba y sal?a de kioskos y carpas, pasaba la voz a conocidos y desconocidos, y chapaleaba en la orilla porque el mar nada que ver, Dante y Wolfie comprendieron perfectamente que ella no se encontraba ah? para disfrutar del verano. Sus miradas inquisidoras, la inquietud de sus movimientos, su risa nerviosa delataban un prop?sito secreto. Mientras tanto su acompa?ante, despedazado por el sol, sin dejar de fumar, metido en el carro, lo observaba todo con ojos perforadores y anal?ticos.
Esa misma noche regresaron a Lima aprovechando la oscuridad, a?n asustados y tambi?n tristes porque ya Wolfie sin preocuparse se estaba convirtiendo en surfer y Dante no ver?a nunca m?s -?l s? mayormente en la azotea, unos libros para disimular, armado con prism?ticos- los mejores culos de Lima, las m?s lindas, rubiecitas, bronceadas hembritas transformadas despu?s, desmayado en el sue?o, en colch?n y almohada. Dante no iba mucho a la playa como Wolfie entre otras razones porque para ba?arse s?lo ten?a un calzoncillo short y se sent?a acomplejado con las tangas y bikinis. Al verlas, en la arena, nadando, jugando paletas, chupando un helado o bes?ndose con un imb?cil no pod?a reprimir un nervioso escalofr?o donde rezumaban la impotencia, los celos y la envidia. Cabellos jam?s acariciados, cuerpos negados al abrazo, labios sin besos; sent?a una injusticia c?ustica corroy?ndole todo el cuerpo. So?aba con la revoluci?n y la democratizaci?n de las mujeres. Una participaci?n razonable en esos bikinis ultracortos, senos redonditos y suaves como pelotas de tenis, nalgas blanquitas porque ah? no se broncean y pelitos rubios, duros, rebeldes.
Solamente Lul? supo el nuevo escondite y cerr? bien la boca, consciente de su error anterior. Lul? estaba feliz del regreso. Wolfie no s?lo corr?a olas sino se hab?a vuelto playboy y a ella adem?s del sol la quemaban los celos. Ahora podr?a recuperarlo. Se alej? tambi?n y de pronto Miluska, Juanito, Maria Carla, dejaron de verla.
Lo m?s probable es que cambiaran constantemente de lugar. Hasta ahora estar?an escondidos si el Ej?rcito no hubiera reconocido p?blicamente la existencia del Klan. En un comunicado oficial el Ministerio de Guerra acept? por fin la presencia de "ciertos grupos de inspiraci?n for?nea de dudosa ideolog?a". Quiz?s el Ej?rcito s?lo ve?a en el Klan a un usurpador de funciones, aun as? Dante y Wolfie celebraron la revelaci?n del secreto porque les permit?a recuperar su libertad. Ahora los miembros del Klan deb?an preocuparse por su propia seguridad y no pod?an perder tiempo en dos advenedizos cuya importancia, con la divulgaci?n de la existencia del grupo, hab?a devenido en nula.
Mentes tan r?gidas y estrechas como la de Pato o Miluska pensaron hubiera sido mejor que Dante y Wolfie continuasen escondidos. As? tal vez no hubieran tenido lugar los lamentables sucesos que ocurrieron despu?s. Ilusos. No pudieron prever que la vida en com?n no hace sino agudizar los abismos, los contrarios, las diferencias. Ya desde aquel lejano d?a en que discutieron en ese m?s bar que caf? del centro, cuando intuyeron un futuro negro para el pa?s, sus caminos fueron apart?ndose m?s y m?s. Pero ni Pato ni Miluska ten?an por qu? saber esto. Ni siquiera Pablo Ernesto, a miles de kil?metros de distancia, con sus desconocidas dotes de vidente, pudo aprehender esos presentimientos e intuiciones que se le escapaban de las manos como un pescado jabonoso. Los personajes de la Historia se rebelaban y actuaban con voluntad propia. Dante y Wolfie ten?an ya sus propios caminos, en algunos trechos coincidentes, en otros completamente opuestos, desde antes de que nacieran. Y nadie pod?a impedirles que continuasen avanzando. Nadie.
Lul?, Mart?nez Laz?n y otros pocos m?s, que siempre estuvieron en contacto con ellos, comentaron despu?s que desde los d?as de Punta Rocas se hicieron n?tidas las diferencias de pensamiento.
"Filosof?as", dec?a Dante, con esos aires de importancia tan suyos.
Mientras ?l se inclinaba por un radical materialismo dial?ctico, confundido, combinado, retorcido y sazonado con tesis de Mao, Lenin, Stalin, el Che, Pol Pot, Mari?tegui, Heidegger... lo que en s?ntesis arrojaba un resultado indigerible; Wolfie desarrollaba una teor?a original, propia, de postulados que en una primera impresi?n pod?an parecer absurdos, rid?culos y descabellados. Aunque sus interpretaciones de la realidad eran irreconciliables, los m?todos eran los mismos.
Juntos leyeron, comentaron, discutieron y analizaron:
El catecismo revolucionario. Problemas estrat?gicos de la guerra de guerrillas. Manual del armamento casero. T?cticas en el campo y la ciudad. Factores de desestabilizaci?n. El diario del Che. M?todos subversivos. C?mo preparar cocteles Molotov. Tipos de infiltraci?n. Las armas del revolucionario social al alcance de todos, etc., etc.
Con ese ardor juvenil que ard?a en sus almas, con ese ?mpetu inocente con el que los ni?os juegan a la guerra, hicieron suyos los postulados de Bakunin, Kropotkin, Malatesta, Nakens, C.S. Griffin, Johann Most, Albert Parsons, Karl Heinzen... Vibraban de emoci?n, permanec?an un tiempo interminable reflexionando, autoanaliz?ndose, tratando de comprender la naturaleza humana y estudiando sus apetitos y necesidades cuando le?an, las palabras grabadas a fuego en la conciencia: "El asesinato es una necesidad f?sica".
Sin darse cuenta, insensiblemente, obligados por la forzosa reclusi?n y mientras Pablo Ernesto quedaba deslumbrado por la magia del Cusco; y Maria Carla por los ojos azules, los suaves modales y el porte distinguido del Pastor Jonathan; ellos obtuvieron un amplio bagaje de conocimientos que luego aplicaron con eficiencia asombrosa. Quiz?s desde una lejana perspectiva, desde un punto de vista particular, debieron tener mayor fortuna. Nadie podr? decir que sus esfuerzos fueron en vano.
Ya sin necesidad de ocultarse, aunque por esos d?as estaban algo distanciados, Dante y Wolfie siempre acudieron juntos al tener noticia de alg?n enfrentamiento con el Klan.
Estuvieron presentes (llegaron minutos tarde) en la balacera de los alrededores del Hip?dromo, acontecimiento suficientemente difundido por los diarios y la TV, por lo que no es preciso dar mayor informaci?n. Como se recordar?, un Capit?n del Ej?rcito qued? gravemente herido y dos miembros de la secta resultaron muertos. Al quit?rseles las m?scaras se les identific? como miembros de las familias m?s distinguidas de Lima, por lo que nunca se revelaron sus nombres.
Acudieron tambi?n, como simples curiosos, cuando la acci?n hab?a terminado, a la ceremonia frustrada en uno de los cerros de La Molina. En esa oportunidad el Ej?rcito no pudo (o no quiso) capturar a nadie; apenas rescataron el cad?ver de una anciana negra sacrificada. Como de costumbre, el despliegue de propaganda fue excesivo. Con el tiempo, ante tanta evidencia, Dante y Wolfie comprendieron las verdaderas intenciones de los militares. No combat?an al Klan por ser un grupo racista, sino para congraciarse con la opini?n p?blica. Ellos eran los Salvadores de d?biles y oprimidos, los Paladines de la Ley y la Libertad, los H?roes de la Justicia siempre listos a resguardar el Orden. Combatir al Klan no era sino parte de los nefastos planes que ya hab?an empezado a ejecutar.
Luego de unos d?as de desaliento Zen?n intent? nuevamente comunicarse con ellos. Dante y Wolfie no quer?an saber nada de ?l, por su culpa se hab?an metido en graves problemas, y continuaron con su pol?tica del avestruz de negarse y evitarlo. Una tarde Zen?n estuvo a punto de cruzarse con Dante, en la Plaza Ram?n Castilla, pero ?ste, habi?ndolo visto a tiempo, logr? escabullirse sin que Zen?n lo notara.
--Cada uno resuelva sus problemas como pueda--dec?an--. Ya nosotros tenemos bastante.
As? estaban las cosas cuando Wolfie, ya recuperada su natural temeridad, se atrevi? a llamar por tel?fono a Jackie. Durante dos semanas no obtuvo sino respuestas vagas dadas por los sirvientes. Ese tipo de respuestas que en realidad no lo son y que s?lo tienen por objeto distraer, enga?ar, molestar, encolerizar o tomar el pelo:
--No se encuentra.
--En este instante acaba de salir.
--Equivocado.
--Est? ocupada (en el ba?o, quiz?s).
--?Alg?n encargo?
--No se siente bien.
--Ya va a llegar.
--Sali? con sus padres.
--Llame dentro de 15 minutos (media hora, una hora, en la noche, ma?ana...).
--La pr?xima vez.
Etc., etc.
Al fin, picado por tanto misterio, Wolfie decidi? ir a su casa. No llam? directamente a la puerta; se limit? a hacer guardia desde el carro de Lul?, simulando leer el peri?dico.
El primer d?a no vio nada, ni siquiera el Volvo celeste de Jackie.
Al d?a siguiente vio el auto, pero a ella no: lo manejaba su padre.
Al tercer d?a, cansado de la vigilancia pasiva, sospechando algo importante, comenz? a hacer averiguaciones con la servidumbre: chofer, mucama, mayordomo, jardinero, lavandera, cocineros, ama para los hermanitos menores y dama de compa??a para la mam?.
La mucama, una joven robusta, vivaracha, deslenguada, le inform? a cambio de unos billetes que la se?orita Jackeline hab?a viajado hace casi un mes a Juanes... San Juan de Bur... Janesbu...
--?Johannesburgo! --grit? Wolfie.
--S?, eso --qu? dif?cil le resultaba pronunciar.
Wolfie la dej? hablando sola. Inmediatamente fue a buscar a Dante.
--Tal vez esto signifique la disoluci?n del Klan --dijo ?ste.
Pero Wolfie no pensaba igual. Jackie era un miembro reciente, sin probabilidades de tener un cargo importante en la c?pula. Su alejamiento o era una retirada estrat?gica, u obedec?a a prop?sitos doctrinarios.
Unas horas despu?s, mientras daban una vuelta en el auto para despejar la mente, una noticia de ?ltimo minuto interrumpi? el programa musical. El Ej?rcito acababa de sorprender una reuni?n del Klan en una mansi?n de San Isidro, muy cerca de donde viv?a Lul?. Seg?n el bolet?n el saldo extraoficial del enfrentamiento era de dos soldados muertos, uno del Klan, varios curiosos heridos y algunos sospechosos capturados. Las patrullas militares hab?an iniciado la persecuci?n de quienes lograron huir.
Wolfie pis? el acelerador a fondo y en menos de 5 minutos llegaron a las proximidades de la mansi?n. No pod?an seguir avanzando, las calles estaban bloqueadas por soldados listos para disparar. Una considerable multitud ocupaba pistas y veredas. A?n se escuchaban tiros aislados. Wolfie logr? retroceder, intent? buscar otra entrada, pero en vano.
--No ha pasado nada --gritaba un oficial--. ?Circulen, circulen!
Era imposible acercarse m?s. Hasta a los periodistas se les imped?a el paso.
--?Mierda! --dijo Wolfie, las manos crispadas sobre el tim?n.
--?Mira! --aull? Dante.
En sentido contrario, a punta de claxon, un Mercedes claro de lunas polarizadas se abr?a paso entre la mara?a de gente y autom?viles.
Dante y Wolfie se miraron, sin necesidad de hablar. Wolfie retrocedi? embalado, choc? una camioneta estacionada, casi atropella a un par de curiosos y sin dejar de acelerar fue tras el Mercedes, apenas alcanzaron a divisar que intentaba escabullirse por una de las callecitas laterales.
La persecuci?n dur? m?s de dos horas y en ese lapso recorrieron todo Lima, primero hacia el Sur y luego al Norte. Avenida Arequipa, Miraflores, Circuito de Playas, Barranco, Chorrillos, Surco, Surquillo, La Victoria, Carretera Central, El R?mac, San Mart?n de Porres, hasta que el Mercedes, fuera de control, se sali? de la carretera y qued? varado en las inmediaciones de un terreno de cultivo en el que no se sembraba nada, terreno invadido por 300 familias un mes m?s tarde, en la autopista a Anc?n.
Wolfie par? el auto y los dos, como en las pel?culas, se cubrieron con las portezuelas y empu?aron sus rev?lveres. Ya era noche cerrada. El Mercedes, albo, congelado en su blancura, parec?a posado sobre una planicie lunar. Los alrededores, solitarios y descampados, contribu?an al silencio. Hac?a calor, pero ambos sudaban de fr?o. Nada se mov?a en kil?metros.
Entonces se abri? la puerta derecha del Mercedes y alguien trat? de escapar. Dante y Wolfie apuntaron cuidadosamente, con esa concentraci?n placentera al apuntarle a los patitos en la feria, y dispararon.
El sujeto se contorne?, bail? en el aire, un segundo qued? en equilibrio, inm?vil como estatua, y finalmente se derrumb? con las manos en el pecho. Su ropa empez? a mancharse lenta, implacablemente.
Ellos sonrieron, pero apenas un instante porque desde el carro les devolvieron los disparos. Los tiros destrozaron la luna delantera, rozaron el hombro de Wolfie y quebraron el marco de una de las puertas. Wolfie se puso amarillo.
--C?breme --le dijo Dante--. S?lo es uno. No dejes de disparar.
Mientras Wolfie, algo recuperado, agotaba el tambor de su rev?lver, lo volv?a a cargar y segu?a disparando, Dante se desliz? paralelo a la carretera, dio un largo rodeo, ramp? hasta la tierra seca, plagada de hormigas, y por fin pudo ubicarse a regular distancia del espectro que continuaba disparando hist?rico, desesperado, hasta que cuatro tiros salidos no supo nunca de d?nde lo arrojaron hacia atr?s, lo hicieron girar, trastabillar, arrodillarse y caer de espaldas despu?s, mientras un dolor quemante en el pecho y el vientre lo hac?a retorcerse como si hubiera ingerido ars?nico.
Dante y Wolfie abandonaron sus posiciones, sin dejar de apuntar, y se aproximaron hacia el bulto en el suelo, agitado por un leve temblor. Avanzaron con pasos lentos, medidos, alertas por una posible trampa. Pero no, ya estaban muy cerca y vieron su t?nica manchada, como un papel secante que ha absorbido la tinta. Llegaron al mismo tiempo donde el herido. Wolfie, con mano temblorosa, como develando un sorprendente enigma, le arranc? la capucha de un tir?n.
--?Zen?n!
--?No!
--?No!
--?No puede ser!
S?, era ?l. Las ropas blancas resaltaban su rostro oscuro y redondo, inflado ahora con los estertores de la muerte. Sus ojos de pescado, dilatados m?s a?n por el miedo, contemplaron con angustia las caras confusas, perdidas, lun?ticas de Dante y Wolfie.
--Debemos llevarlo al hospital.
--No --dijo Zen?n, el dolor atrapado entre los dientes--. Es in?til...
--No hables...
--Mi madre --dijo, con esfuerzo, como d?ndose explicaciones a s? mismo-- era blanca, ?entienden? Blanca... Un negro la asalt?, la forz? y... Los m?dicos descartaron el aborto. Entonces yo... yo...
--No importa --dijo Wolfie--. No interesa. Ya no hables.
--Ella nunca... Dec?a...
Qued? con la boca abierta. Su cuerpo se estremeci? en una ?ltima contracci?n. Las manos de Dante y Wolfie estaban manchadas de sangre y ellos sintieron que perd?an algo irrecuperable con su muerte. Los ojos de Wolfie estaban h?medos, aunque serenos. Los dientes de Zen?n, brillantes, pulidos, refulg?an como una constelaci?n.
De regreso se detuvieron en un bar para tomar algo fuerte. Hasta esos momentos no comprend?an cabalmente lo que hab?a ocurrido; tal vez sufrieron una alucinaci?n. Luego de media botella de pisco se sintieron con m?s ?nimo, algo capaces de ordenar ese monstruoso rompecabezas de pronto revelado.
--Es incre?ble --dijo Dante--. Tal vez sea un truco...
--Dif?cil de aceptar --lo interrumpi? Wolfie--. Inveros?mil... Pero posible.
--?Y c?mo explicas que los miembros del Klan...?
--Es una sociedad secreta. Ni entre ellos conocen su verdadera identidad. Y con el disfraz, guantes... Zen?n consigui? enga?arlos. Quiz?s fue el fundador...
--No, es absurdo. Debe haber otra explicaci?n.
Wolfie bebi? otro trago y sigui? hablando:
--Yo not? algo familiar en la voz del L?der esa vez en la playa. Inconscientemente, algo me hac?a desconfiar de Zen?n.
--Pero y Griselda, Augusto, Brownie, el Mono Tom?s...
--Evidentemente no sab?an nada. Zen?n llevaba una doble vida y enga?? a todo el mundo. Hasta se enga?aba a s? mismo. No sab?a qu? era en realidad.
--?No! --grit? Dante, molesto por tanto disparate--. Esto no tiene sentido. ?Por qu? nos busc?, entonces? ?Qu? tanto inter?s en investigar a Jackie?
--Escucha --dijo Wolfie, encendiendo un cigarrillo, sinti?ndose repentinamente iluminado--, Zen?n fue un fen?meno, una especie de mutante. En su ser conviv?an dos fuerzas opuestas y contradictorias. Como blanco que debi? ser, simpatizaba con el Klan; como negro que era, trataba de defenderse de la organizaci?n. Un monstruo bic?falo, ?te das cuenta? Una versi?n racista del Dr. Jekyll. Al final se autodestruy?.
--?No! --nuevamente grit? Dante. Wolfie hablaba estupideces--. A Zen?n lo matamos nosotros, lo mat? yo.
--Baja la voz.
Dante continu? vociferando:
--No voy a tragarme esas tonter?as. Cuesta imaginar al orgulloso y segur?simo Zen?n como un acomplejado, un traidor, un falso, ?un cobarde!
Dante, ya sin control, continu? gritando por unos minutos, incapaz de encontrar una explicaci?n racional. Wolfie, conoci?ndolo, sab?a que era mejor no contradecirlo. Lo dej? aullar, chillar, maldecir, golpear la mesa, tomarse la cara, mirar hostilmente a los dem?s parroquianos hasta que, agotado, qued? con la vista fija en un punto del techo, sordo y ciego al mundo exterior. De pronto estall? en potentes carcajadas.
--Un negro l?der del Ku Klux Klan --dijo cuando pudo controlarse--. Es para suicidarse de risa.
M?s tarde lament? que le hubieran quitado el disfraz.
--Imag?nate la verg?enza --dijo--. Ser?a la muerte del movimiento.
--No --replic? Wolfie--. Nadie se tragar?a ese cuento. Cualquiera puede matar un negro y ponerle la capucha del Klan.
Dante descompuso el rostro y qued? inm?vil, con los ojos extraviados. Ya estaba borracho y era absurdo buscarle sentido a las cosas.
--Salud --dijo--. Por la abolici?n de los prejuicios raciales.
--Salud.
Al d?a siguiente el Ej?rcito report? la muerte de Zen?n como otra v?ctima del Ku Klux Klan.

Posted by jose-alberto at 3:14 PM EDT
Updated: Friday, 15 July 2005 3:23 PM EDT
Thursday, 14 July 2005
Hacia el Sur XXVI
Jose Alberto Bravo de Rueda

Una ensordecedora explosion, un violento terremoto y un pozo sin fondo se abre a sus pies dando inicio al deshielo cosmico. Toneladas de herrumbre derretidas por los relampagos y la noche interminable aniquilada en la abolicion del eclipse que amenazaba arraigarse en la Eternidad.
Corazas, armaduras, escudos y caparazones desintegrados revelaran el verdadero origen de incomprensibles evoluciones.
Sepulcros, feretros y lapidas removidos por erupciones expulsan cuerpos calientes y osamentas ahogados por el oxigeno, cegados por la deslumbrante claridad.
Pantanos surcados por caimanes, serpientes y dragones son removidos y purificados, convertidos en estanques de aguas diafanas donde retozan pececillos dorados.
Taladros y perforadoras horadan la corteza craneal del planeta y raices antiguas a punto de perecer, antes cubiertas por arena y roca, extienden sus bracitos buscando tierra fertil, propicia a las abundantes cosechas.
Nubes de tormenta disueltas por soplos cristalinos y remolinos brillantes.
Ojos de ciego abiertos con dolor y placer, secreta y magica desfloracion visual.
Chimeneas sin hollin. Tuberias desatoradas. Conductos libres. Surcos despejados. Telones de plomo abiertos con crujir de huesos y como un elefante desbocado, una estampida de los mares o un ataque de canibales hambrientos se abre paso, filosa, irresistible, devastadora, aniquilante:

!LA LUZ!

--Pablo Ernesto...
--!No puede ser!
--Soy yo...
--!No, no! Monticulos humeantes vestidos con smoking. Palafrenero bizco en los lomos del zarzal. Himeneo tartarico tetrico y tumultuoso. Hongos reprobados en lenguas futuras. Un dos un dos a la derecha march. Solo el Ejercito salvara al Peru. Bip tronc !klump!
--Estas enfermo. ?Que te han hecho?
--Cuando el Capitan Bertello sea presidente...
--!No me hables de Bertello!
--Maria Carla.
--!Por fin! Oh, Pablo Ernesto, besame, abrazame.
--Mi nombre es...
--Asi, Pablo Ernesto, mi amor, mas, mas.
--Linciculas hereditarias, polipos craneotraumaticos resguardados por axiomas insolubles, respiracion de onix, lebratillo placentario en orbita saturnica...
--No entiendo. ?Que dices? Ya no hables... Solo abrazame... Tanto tiempo...
--!Maria Carla!
--!Si!
--Ya me acuerdo. !Estabas con Bertello! !Si, eras tu!
--No, espera, dejame explicarte.
--!Vete! !Largate! Zorricula, putonica, corniculera, judeora, recachonda, culabrica.
--No te vayas, por favor. ?Te duele la cabeza? Sientate, descansa, mira los pececillos, escucha los pajaros, ?no te acuerdas?
--Si, claro que si. ?Como pude olvidarlo? El Circulo Militar... El Capitan Bertello... !Y tu! Sonreias. Agarrada de su mano...
--Espera, te voy a explicar, !no me mires asi!
--Juancho. El doctor Revilla. El Sargento Camacho. Cataratas ovoidales, trasmigracion carnal, esencia psicolinfatica, bip clic tac
--Pablo Ernesto, ?que te pasa? Escucha: me inyectaron un virus de la doctora Longa?o, un virus que anula la voluntad. Si nos mandan lamer el piso, andar en cuatro patas o bailar de cabeza, obedecemos como monos amaestrados. ?Te das cuenta? Cuando me viste con Bertello no actuaba por mi misma. Me habian obligado. !Yo no era yo!
--Tsch
--?No me crees? !Te digo que no me mires asi! Pablo Ernesto, crei que nunca mas te iba a volver a ver. ?Ya estas mejor? ?Y esas horribles cicatrices en tu cabeza? Tu brazo... ?Que te han hecho esos malditos?
--Deja, sueltame.
--Pero...
--Estabas con Bertello.
--?No comprendes? Ya te explique. Besame. Mmmmm
--Debo irme.
--?Irte? ?Adonde? ?Que vas a hacer?
--Si... Mision secreta. El Sargento... Buscar gente y...
--No, no, quedate conmigo. Como antes, ?recuerdas? Tu y yo. Juntos. Ahora si.
--!No!
--!Pablo Ernesto!
--Todo termino.
--Espera, sientate. Mirame a los ojos. Escucha, Bertello me persigue. Si no me ayudas, me capturara. No sabes lo horrible...
--Tu quieres estar con el.
--?Estas loco? !Ni muerta! Quiero estar contigo. Como antes. Como siempre.
--?Y el pastor?
--Oh, no me hagas acordar. !Eso ya paso!
--Eres una...
--Pablo Ernesto, mirame, estoy llorando. Te lo ruego. Por favor...
--!No, no! !Me enga?aste!
--No te enga?e.
--Toma, desgraciada. Eso es lo que mereces. !Toma, toma, toma!
--Basta. Ya no. Me haces da?o.
--!Perra! Deberia matarte.
--Por favor...
--Asi te gusta, ?no? ?O asi? Aguanta.
--No... Pablo Ernesto...
--Quedate quieta. Ahora vas a ver. !Quieta, digo! No resistas. Asi querias, ?no? Asi te gusta.
--Si, si.

Posted by jose-alberto at 1:18 PM EDT
Updated: Thursday, 14 July 2005 1:22 PM EDT
Wednesday, 13 July 2005
Hacia el Sur XXV
Jose Alberto Bravo de Rueda

Los dias posteriores a la desaparicion del Pastor Jonathan estuvieron marcados por sangre y fuego. Los seguidores mas fanaticos pensaron que en virtud de algun prodigio, un milagro de la divinidad, volvian a repetirse las epocas de martires y santos, los cruentos y gloriosos tiempos de las Cruzadas donde el valor y la fe acababan con los infieles y otorgaban la salvacion. Del mismo modo en que una colmena se alborota y ataca a cuanto ser viviente este a su alcance cuando la reina sufre un ataque, del mismo modo reaccionaron los fieles del Pastor al comprender que algo le habia ocurrido. La verdad jamas la supieron, apenas la intuyeron en base a suposiciones y sospechas. Pero un hecho era innegable: la desaparicion del Pastor. Y esto fue el inicio de la Guerra Santa.
Dos dias despues del secuestro del Pastor y de Maria Carla, se acerco a la residencia de Monterrico una peque?a comision de los mas cercanos colaboradores para indagar por su lider. Evidentemente, sospechaban algo, pero en un primer momento no notaron nada anormal. Los perros tan furiosos como siempre. Los guardaespaldas igual de ariscos y desconfiados. Preguntaron por el Pastor y nadie pudo responder. Se insinuo la posibilidad de un viaje urgente debido a la repentina enfermedad de su madre. Tal vez un llamado de emergencia del movimiento de Nueva York. ?La ultima vez que lo vieron? Ayer... no, anteayer, salio con su secretaria. ?No dijo donde iba? No, no dijo, solamente: "Ya regreso". ?Con maletas? Si, con maletas. No, sin maletas.
Deliberaron unos instantes y coincidieron en que trataban de enga?arlos. Hablaron con el Jefe de Seguridad, aun no habian tenido oportunidad de conocerlo, y solicitaron entrar a la mansion. El Jefe, musculoso, cuadrado, de movimientos geometricos, rostro perruno, se agarro la cabeza desconcertado, demostro que se podia entristecer, lo lamentaba, su empleo estaba en juego, son ordenes del Pastor. Insistieron y se repitio la negativa. Dieron la vuelta para irse y el Jefe esta bien, solo por esta vez, tambien estaba preocupado por el Pastor y queria ayudar.
Entraron. En apariencia todo en orden y en su lugar. Libros, discos, papeles, archivos, revistas, correspondencia; es decir en ese aparente desorden que a primera vista da una impresion caotica, pero que es la forma de disposicion del Pastor. Siempre encontraba lo que queria.
--?El disco de Debussy?
--El tercero de ese monton.
--?La carta de los Testigos de Jehova?
--Bajo el cenicero de Cinzano.
--?Las Confesiones de San Agustin?
--Cuarto estante a la derecha, entre Rojo y negro y el tomo de El Infierno.
Si, nada anormal. Los objetos, cubiertos por una fina capa de polvo, delataban una breve ausencia, conociendo la mania de limpieza del Pastor. Las alfombras pulcras, recien cepilladas, sin huellas de pies. El telefono y la corriente funcionando. Los peces con alimento.
No se contentaron con el primer piso, sino tambien examinaron toda la casa. El dormitorio, los ba?os, el taller, cuartos de servicio, la piscina y los jardines exteriores, siempre seguidos o precedidos por los movimientos rigidos, gobernados por teoremas, del robotizado Jefe de Seguridad, quien trataba de suavizar la dureza de sus gestos con una sonrisa de media luna. Y ya estaban cansados, decepcionados y querian irse, pero el Jefe aun no hemos terminado, vengan por aca, subamos alla, bajemos por aqui, miren aca, no como queriendolos ayudar sino para hacerles perder tiempo. Ya no podian mas; la casa era enorme. Balbuciaron disculpas. Felicitaron al Jefe por su empe?o y lealtad. La sonrisa era ahora de luna llena, un circulo perfecto.
Abrieron la puerta, ya para salir, y recien comprendieron. Los habian enga?ado como a bebes. El Jefe no estaba perdiendo, sino ganando tiempo. Ahi estaban el camion, los soldados sin rostro, los fusiles listos, no se muevan. La luna llena se habia convertido en un arco oscuro, la negacion del arco iris. Golpes y culatazos para los que se resistieron a subir. Nadie los volvio a ver.
Con el Pastor y sus principales colaboradores encarcelados o muertos, el Alto Mando del Ejercito dio por descontado el hundimiento de la Nueva Iglesia. La masa, el pueblo, tan voluble a santones y falsos predicadores, terminaria por dispersarse y diluirse en la busqueda de algo nuevo en que creer. Ya se les enga?aria con milagros artificiales y trucos de magia.
Pronto descubrieron que estaban equivocados. Jamas pensaron en la reaccion de los fieles y los sacrificios a los que podian llegar. Si el Pastor Jonathan estaba en el calabozo, torturado, incomunicado, a punto de morir de inanicion, entonces sus seguidores eran incapaces de pensar, de actuar, !no existian! "Cortada la cabeza, el cuerpo se desintegra", pensaron. Y casi les explota el cerebro a los principales Comandantes cuando se enteraron de que los partidarios del Pastor se habian lanzado a las calles a protestar, miles de miles, reclamaban sano y salvo a su Lider, levantaron barricadas, apedrearon el Ministerio de Gobierno, se enfrentaron a la policia gritando "!Nuestro Guia es el Pastor!, !Nuestro Guia es el Pastor!".
El Ejercito, en un principio incapaz de dise?ar una estrategia, se limito a enfrentarlos con balas, gas lacrimogeno, culatazos, torturas y desaparecidos. El Ejercito siempre esta dispuesto no solo a salvaguardar el honor nacional, sino a mantener el orden cuando grupos subversivos, anarquistas o terroristas intentan desestabilizarlo. La Historia Mundial es prodiga en ejemplos.
Los fieles del Pastor no se acobardaron. Impulsados por una especie de fanatismo musulman, seguros de alcanzar la Gloria con la lucha, combatieron con mas ferocidad. "Para algunos, dichosos quizas, el Infierno esta en la tierra", les habia dicho el Pastor. "Bienaventurados los humildes, los perseguidos, los desdichados, los que sufren y los que soportan injusticias porque de ellos sera el Reino de los Cielos". "Combatir al Maldito es combatir por Dios".
Organizaron piquetes, patrullas, escuadrones. Establecieron contactos con los grupos afines del extranjero. Un batallon de voluntarios europeos, listo para entrar en accion, fue descubierto a punto de desembarcar en Chimbote y obligado a volver al Viejo Continente. La bandera con la Biblia ondeaba en los hogares mas humildes. Ni?os y ni?as ofrecieron sus vidas a cambio de la liberacion del Pastor.
Como la Guerra Santa tomaba tintes demasiado dramaticos (empalados, crucificados, quemados vivos; un oficial sugirio perros hidrofobicos a falta de leones), lo que perjudicaba la imagen del Ejercito, el Alto Mando decidio aplicar otra estrategia para contrarrestar a esa masa sin control que se comportaba como una tribu salvaje y primitiva.
Para entonces la doctora Longa?o ya habia perfeccionado sus experimentos e investigaciones. Con un suero de su invencion se logro anular la voluntad del Pastor y se le hizo grabar un video dirigido a sus fieles. En el el Pastor invocaba la calma, el cese de la violencia, y anunciaba su pronto regreso.
Aqui se hace necesaria una aclaracion. Muchos creyeron, y aun hasta ahora, que el primero en soportar los experimentos de la doctora Longa?o fue cierto estudiante de la Universidad, muy publicitado por ser, precisamente, el supuesto asesino del Pastor Jonathan. Esto es un error. Como confirmaron despues auxiliares y enfermeras que trabajaron con la doctora Longa?o, el primer conejillo, el primer paciente en quien la doctora clavo la hipodermica fue el Pastor. Los resultados iniciales fueron alentadores, como puede confirmar cualquiera que haya visto dicho video, y el Ejercito creyo que pronto el Pastor dejaria de ser un problema.
Otra vez se equivocaban. No contaron con su inteligencia excepcional, con la resistencia de sus celulas cerebrales. Si bien en un principio lograron convertir al Pastor, rapidamente su organismo asimilo el nuevo suero y no le hizo ya ningun efecto. En su cerebro jamas prenderian las raices de las nuevas ideas, teorias, doctrinas e ilusiones que trataba de imponer el Ejercito, como si resulto con los demas tratados. Esta circunstancia especial llevo a tomar la determinacion de eliminarlo.
Cuando, sin previo aviso, aparecio en pantalla la imagen del Pastor, muchos se arrodillaron y postraron ante los aparatos de TV. Llevaba la indumentaria de siempre: pantalon negro, camisa blanca, sombrero alon tambien negro. Si bien su tez mostraba un intenso tinte palido, producto del prolongado encierro, sus ojos azules tenian un matiz especial de cielo despejado u oceano a poca profundidad. En un primer momento no dijo nada, miraba como al vacio, esperando quizas que lo reconozcan o comprueben que, en efecto, se trataba de el. Luego de unos instantes empezo a hablar pausadamente, escogiendo las palabras, con ese tono hipnotizante que subyugaba a sus seguidores y los hacia confiar ciegamente.
Dijo estar aquejado de una dolencia que lo obligo a tan subito como lamentable alejamiento. Actualmente se encontraba en una clinica particular, ya en franca mejoria y en estado de convalescencia. Con ojos humedos, arrepentidos, pidio disculpas por estar enfermo y dejar el reba?o sin guia. Con la Voluntad de Dios nuevamente se les reuniria para retomar el camino.
Hizo una pausa, parecio estar a punto de desmayarse, pero inmediatamente su voz se hizo mas fuerte, endurecio el tono, el azul de su mirada se oscurecio, sugiriendo un mar tormentoso, el cielo cubierto de nubes. Como un padre, severo y cari?oso a la vez, recrimino a aquellos debiles que, ganados por la violencia del Demonio, dominados por la Ira, la Colera y el Descontrol, enga?ados por el falso heroismo y las bajas pasiones, acusaban a inocentes de su desaparicion y supuestos maltratos. ?No lo estaban viendo, indemne, sano y salvo, vuelto de los Infiernos como Jesucristo? ?Se alejaba por unos dias para encontrarlos adorando a otros dioses, idolos de barro? ?Y la Fe, la Confianza que decian tener? ?Que los impulso a hacer desordenes, a provocar lagrimas, a derramar sangre? No habia ningun motivo para esos excesos. El mismo Jesucristo padecio enfermedades, dolor y sed. No tenian por que culpar a nadie. Debemos perdonar, dar la mano al enemigo, ofrecer la otra mejilla para el golpe. Solo la Fe nos acercara a Dios. Solo la Fe.
Al terminar la transmision los fieles estallaron en lagrimas, se hincaron de rodillas, desgarraron sus ropas, se golpearon el pecho y reclamaron a la televisora la repeticion del programa. Unos pocos escepticos no se tragaron la farsa, incluso dudaron que el aparecido en pantalla fuese el propio Pastor Jonathan, pero la mayoria si quedo convencida, con cargos de culpa, ahogada por el arrepentimiento. Los fieles del Pastor eran gente humilde, de nula educacion, explotados, mal pagados, desempleados, desesperados, con pocas esperanzas de mejoras materiales en la vida. Podian confiar en cualquier charlatan que les ofreciera posibilidades de cambio. No sospecharon que todo era un truco montado por el Ejercito. Poco a poco la Guerra Santa se inclinaba a favor de los militares.
Envanecido por el exito, consciente del poder fabuloso de los sueros de la doctora Longa?o, el Capitan Bertello decidio realizar un segundo experimento. Ahora el pastor Jonathan apareceria serio, molesto, sumamente disgustado. Criticaria duramente a esos individuos aislados que se empe?aban en continuar utilizando su nombre en actos de violencia. Habia que tener Confianza, no caer en la Tentacion, muy pronto el estaria con ellos. Mientras tanto habia que respetar la Ley. La Autoridad en la Tierra provenia directamente de la Autoridad de Dios. Aquel que se empe?ara en continuar con los desordenes seria inmediatamente expulsado de la Nueva Iglesia. Pero nadie conto con la especial constitucion psiquica del Pastor. Ya el poderoso filtro que anula la voluntad habia sido asimilado por su organismo. Sus celulas cerebrales estaban fortificadas e inmunes, como si se les hubiese inoculado una vacuna. Sus ideas y pensamientos volvian a estar firmemente arraigados en su subconsciente, era imposible extirparlos. El segundo experimento, para desesperacion del Capitan Bertello, resulto un fracaso.
Incapaz de darse por vencida, la doctora Longa?o aplico tecnicas sicotronicas, reforzo las dosis e implemento metodos genitocerebrales, aun en proceso de experimentacion. Todo fue en vano.
Frente a la camara, listos para iniciar la filmacion, el Pastor permanecia en silencio. Si abria la boca era para recitar de memoria extensos pasajes del Genesis. A pesar de que en su mente estaba ya pregrabado el discurso que debia pronunciar.
Se hicieron nuevos esfuerzos, los laboratorios trabajaron 24 horas diarias, se revisaron posibles causas de error, se consulto a expertos rusos, franceses y americanos. Incluso se recurrio al primitivo metodo (no menos efectivo) de disuasion por el golpe y la tortura. La doctora Longa?o, en un ultimo intento, lo amenazo con eliminar a su secretaria. Pero para sorpresa de todos el propio Capitan Bertello se opuso rotundamente. Con el tiempo se supo por que.
Finalmente, en medio de profundas decepciones, se llego a la triste conclusion: el Pastor Jonathan era "inconvertible". Se abandono su caso. El gasto de dinero, tiempo y trabajo fue excesivo, y ya algunos sectores al interior del Ejercito, encabezados por el General Cangallo, reclamaban el regreso a los metodos ortodoxo-tradicionales. Para entonces habian transcurrido casi dos meses desde la presentacion televisada del Pastor, y sus fieles, sospechando el enga?o, habian vuelto en grandes marchas a las calles. La represion recrudecio, sobrepaso limites vergonzosos. La Iglesia Catolica emitio un comunicado condenando aquella "secta hereje" que intentaba sorprender al pueblo de Lima, por siempre cristiano, apostolico y romano. Mediante argucias y trucos legales el Ejercito logro confiscar la iglesia, ese edificio moderno con paredes de ladrillo y cupula altisima donde revoloteaban los pajaros; ese mismo edificio que una tarde atrajo a Maria Carla como la luz atrae a las polillas.
En pocos a?os lo que fue el templo de la Nueva Iglesia, donde el Pastor Jonathan realizo innumerables milagros y convirtio a tantos fieles; donde la Fe y la Esperanza cambiaron el destino de incontables desdichados; donde el canto devoto en gargantas de ni?os, adultos y ancianos se elevo hasta las mismas puertas del Cielo; donde los seguidores mas leales, y aun los practicantes ocasionales, aseguraron la salvacion; ese templo, esa iglesia, se convirtio en uno de los mas concurridos centros nocturnos de diversion, con salas de juego sin limite de apuesta y salones de masaje donde atendian muchachitas adolescentes que aun no terminaban de cambiar la voz.
Enfurecidos, desesperados, trastornados, histericos, los fieles se derramaron por las calles al dia siguiente del despojo de su iglesia. Organizados y dirigidos por nuevos lideres, se concentraron en la Plaza San Martin y acordaron marchar hacia la Plaza de Armas. Lentamente empezaron a desplazarse por el Jiron de la Union, Carabaya y otras calles, pero ya un circulo de hierro los tenia aprisionados. Tanquetas, blindados, rochabuses, tanques, fusiles, bombas, metralletas, lanzallamas... Que tal masacre. Sin embargo, debido a la indiferencia o al silencio de los medios informativos, tal holocausto practicamente paso desapercibido. ?Matanza? ?Cuando? ?Donde? No, no mataron a nadie. Mentiras de esos fanaticos herejes. Inventos para desprestigiar al organismo militar.
Estando ya casi desarticulada la Nueva Iglesia, el Ejercito encontro la manera de difamar al Pastor Jonathan. Despues de arduas investigaciones comprobaron que su padre fue el famoso Tony Martino, quien bajo el disfraz de afortunado comerciante y prospero industrial, ocultaba su verdadera faceta de explotador, traficante, proxeneta, estafador, asesino, contrabandista y evasor de impuestos.
Comenzo asi la difusion diaria, en las paginas del periodico de mayor circulacion, de unas supuestas "Memorias de Tony Martino", acompa?adas de informes documentados, ricos en detalles, sobre la fundacion de su imperio, "digno de un verdadero capo"; imperio que, segun se sabia de buenas fuentes, continuaba en manos de su hijo.
El periodico aumento mas su tiraje y en los micros, calles, clubes, cafes, parques, colegios, hogares, restaurantes, mercados, hospitales, puestos de revistas y otros lugares de concentracion masiva la gente quedaba extasiada con las fotos a colores y los relatos tan vividos que no hacia falta una poderosa imaginacion para reconstruir las dolorosas contracciones de las mujeres desfiguradas por el acido al negarse a prostituirse. Los cuerpos de quienes se atrevieron a desobedecer las ordenes del Jefe eran arrojados -previa tortura- al rio Rimac en tiempos de crecida, y cuando el caudal estaba bajo, al mar. Tony Martino, siempre sentimental, ordenaba que los arrojaran con coronas de flores.
Uno de los pasajes que mas exito tuvo fue el relato de como se desembarazo de su socio Paco Dulanto, para no compartir un alto margen de ganancias:
"Conocia a Paco desde ni?o, y era como un hermano para mi. Juntos empezamos la carrera robando en los mercados, pajaros fruteros, y el me ense?o un monton de trucos. Luego asaltamos bancos, negociamos con drogas y administramos burdeles hasta llegar a jefes de organizacion. Fueron a?os de trabajo duro, ri?as con la policia y bandas rivales; en una ocasion Paco me salvo la vida y yo lo estimaba de verdad, era mas que un amigo. Pero cuando dijo que el queria ser el Jefe, con el 60% del negocio, comprendi que nuestra amistad habia terminado. Poco a poco fui madurando un plan. Cuando todo estaba listo lo cite una noche en el Cesar's Hotel, le di a entender que seria el nuevo Jefe. A mi no me costaba nada despacharlo rapidamente, un balazo, una emboscada, una bomba en su automovil o algo asi, pero preferi algo limpio, con toque artistico.
"Esa noche un hombre contratado por mi irrumpio de pronto en la sala donde estabamos reunidos. Saco un revolver, me apunto, disparo y (naturalmente) fallo. Mis guardias lo capturaron vivo, apenas con una herida en el brazo. Forzado a hablar, confeso que cumplia ordenes de Dulanto. Paco lo nego todo, sospecho (muy tarde) que era una trampa, se desespero e intento sacar su arma. Mis hombres lo dejaron hecho una coladera. Fue una lastima arruinar las alfombras blancas del Cesar's Hotel, pero asi me libre de un gran estorbo. Sin contar los beneficios como Jefe Absoluto. Ya cuando era ni?o una gitana me predijo que tendria suerte en los negocios. Lo triste, lo terrible es ver como la mezquina ambicion puede arruinar una gran amistad...
Tambien causo profunda impresion el caso del due?o de una cadena de pollerias a quien se obligo a comer la carne de uno de sus empleados. Y los innumerables desbarrancados en el Paraiso de los Suicidas. Sin contar los hijos de policias convertidos en cocainomanos, pastomanos, asesinos, homosexuales. Y los degollados con hachas de carnicero, hachas rugosas, oxidadas, sin filo...
Como era de esperar, nadie dejo de leer las "Memorias de Tony Martino". Y aunque fueron elaboradas por algun cronista policial de escasa imaginacion, inspiradas en las vidas de Capone, Genovese y otros, tuvieron, para alegria de los militares, un exito resonante. La opinion publica se convencio de que las Memorias eran verdaderas, y de que su hijo, su sucesor, continuaba actualmente con los "negocios". Lo que quedaba de la Nueva Iglesia era apenas polvo y ceniza.
En estas circunstancias llego una noticia que fue como el puntillazo final para el Pastor. Desde Estados Unidos, en una breve carta dirigida a la residencia de Monterrico, Mr. Trut le informaba de la muerte de su madre. Nadie comprendio la terrible impresion que le produjo esta noticia. La unica que pudo prever las consecuencias -Maria Carla- se encontraba aislada, incomunicada, sujeta a nefastos experimentos al corazon.
La doctora Longa?o y el Capitan Bertello atribuyeron el progresivo deterioro del Pastor a los maltratos y a complicaciones postoperatorias. Jamas supusieron, aunque tenian la tecnologia adecuada para averiguarlo, el verdadero motivo. Pero luego de anuncios tan evidentes el Pastor habia comprendido que el fin estaba cercano, y ya sin fuerzas para continuar la lucha, exhausto y desalentado, cayo en un total estado de abandono. Los ultimos dias de su existencia fueron tan oscuros como iluminada habia sido su infancia. Pareciera que su vida se hubiera invertido totalmente, como si su Destino se hubiese dado vuelta igual que una camiseta puesta al reves. Y lo que en un principio fue relampago, resplandor, claridad, luz; ahora era noche, penumbra, tinieblas, un descenso al fuego oscuro del Infierno.
Los ultimos examenes medicos revelaron una disminucion del flujo sanguineo hacia el cerebro, y la consiguiente perdida del volumen de la masa encefalica. No habian causas fisicas aparentes. Ya no comia, incapaz de sentir hambre, por lo que se le alimento solamente con suero. Su cutis siempre lozano empezo a rajarse y cuartearse. Su pelo blanco que alocaba a las mujeres se torno amarillento, quebradizo. Y su rostro de actor de cine, los ojos azules que sedujeron a Maria Carla, ya eran solo fantasmas del recuerdo, como si hubiesen pertenecido a otro ser. Hacia el final de sus dias, aunque apenas rebasaba los 40 a?os, su aspecto era el de un anciano desahuciado.
El aspecto fisico nunca le importo; lo que lamentaba era dejar su obra inconclusa. Y precisamente cuando sus proyectos estaban por cristalizar. ?No es este acaso el Destino del ser humano? ?La Muerte no trunca todos los esfuerzos, no anula las voluntades, no interrumpe cualquier proposito? Toda su vida el creyo ser un Escogido, uno de los pocos Elegidos; ahora se daba cuenta de su enga?o. Terminaba su existencia preso, torturado, sometido a viles experimentos por gente apenas superior a los antropoides. Y no se sentia un martir, un santo sufriendo suplicio por calumnias de los fariseos, sino apenas un ladroncillo que roba a ni?os y ancianas, un vago condenado por holgazan, un asesino mediocre del mas bajo precio. Llego a lamentar el no haberse dedicado al goce inmediato, al placer material, a los favores metalicos; el haber desperdiciado tanta riqueza en una causa perdida. ?De que le servian ahora esos momentos de extasis mistico? ?Su consagracion a la Verdad? ?Su dedicacion al Espiritu? La Biblia, las visiones del Paraiso, las voces sobrenaturales, ?no fueron sino espejismos, falsos anuncios, equivocas se?ales ideadas por el Maligno para confundirlo? Y el, inocente, ingenuo, se dejo enga?ar por los cantos de sirena, por esos trucos de magia que ahora provocaban risas escalofriantes y carcajadas tenebrosas en el Mundo del Subsuelo. Donde lo aguardaban impacientes...
Ya alteradas sus facultades mentales, en una regresion a la infancia volvio a tener las mismas obsesiones y caprichos de cuando ni?o. La imagen de su madre, fija en su mente, le provocaba volver a sentir esos labios humedos, levemente espolvoreados con rouge, que ahora solo eran inaprehensibles aureolas, recuerdos de recuerdos, sue?os olvidados al despertar y por ello mas hirientes, lacerantes, como el Amor que sabemos existe, pero que nunca podemos hacer nuestro. En esos instantes de crisis, chupandose el dedo, se entregaba a profundos desvarios de llanto creyendose solo. (Jamas imagino que siempre lo observaban a traves de espejos).
En tal estado la muerte debio parecerle un acto de piedad. Por eso ni se inmuto, ni intento defenderse cuando, abierta la puerta de su celda, vio entrar como a un loco, con un enorme cuchillo en la mano, a aquel joven trastornado que sin decir palabra se arrojo con furia brutal sobre el.



Posted by jose-alberto at 1:45 PM EDT
Updated: Wednesday, 13 July 2005 1:46 PM EDT
Monday, 11 July 2005
Hacia el Sur XXIV
Jos? Alberto Bravo de Rueda

Animales, mujeres, hombres, ni?os y ancianos hacinados en el cobertizo de don Zen?n, aguardan la libertad moment?nea que puede darles el sue?o. Api?ados, amontonados, aperrados, mazacoteados en la densa penumbra, gimen de fr?o o enfermedad; susurran una canci?n milenaria los que tienen fuerza despu?s de catorce horas diarias en los campos de ca?a y algod?n; roncan, acezan, gru?en, tiemblan, rezan, babean, eructan, suspiran y matan pulgas, chinches y piojos. La negrada espera ansiosa que el cansancio termine de aplastarlos y as? olvidar por un momento, en la deliciosa inconsciencia del sopor, la vida terrible que llevan.
Congos, bant?es, wagogos, cafres, zul?es, gan ganes, mankones, junacos, hotentotes, senseberes, chimuinos y otros de razas menos notables, cruces fortuitos favorecidos por el hacinamiento inicial en el barco en que hicieron la traves?a, arrancados del Africa natal por traficantes ?rabes, vendidos a europeos y desparramados por Am?rica en las zonas costeras y el Caribe. En el Per? amontonados en las haciendas de Lima, Chincha, Ca?ete, Piura... y devueltos, incapaces de adaptarse, de las minas de Caravel?, Coramarca, Bambaquilla... Arrojados por fin a los campos de cultivo, los nuevos productos apenas conservan los rasgos caracter?sticos de las tribus originales. Curiosas variedades de color y textura del cabello. Hablan lenguas incomprensibles. Y los mulatos renegados, sinti?ndose redimidos por los genes blancos, abominan de su raza y se lamentan por el cruel estigma que los har? esclavos y sirvientes toda la vida.
Don Zen?n, uno de los m?s poderosos hacendados de Lima, cuenta con la mayor cantidad de esclavos. Unos dicen que son m?s de mil. Otros, m?s de cinco mil. No pueden ser tantos porque no entrar?an en el establo. El propio don Zen?n se encarga de azotarlos cuando cometen alguna fechor?a, aunque sea muy peque?a. Y al caer la noche ?l mismo los arrea hasta el armaz?n de paja y madera en donde antes se guardaban los animales.
Si hay alguien a quien ni don Zen?n se atreve a azotar, ?sa es Mama Juana. Mama Juana es de la tribu de los bant?es, y en el Norte de Africa era reina de toda la regi?n. En Am?rica es la Reina de la Cofrad?a de San Marcelo. Los 17 de Noviembre de cada a?o ella se convierte en la m?xima soberana del mundo, con poderes absolutos sobre el universo y la magia de la palabra encandilando desde su boca abultada y protuberante, hecha para los besos y los relatos excitantes.
Mama Juana no hace ning?n trabajo en la hacienda. No la mandan a la cocina ni al campo ni al corral ni al servicio de do?a Esmeralda ni al piso de la se?orita Maribela, por donde anda m?s de un Matalach?. Todo el d?a va de un lado a otro y se da tiempo para cuidar a los ni?os. Los que nacen enfermitos inmediatamente los manda retirar don Zen?n. Despu?s los chanchos se dan un banquete. En cambio a los fuertes y robustos, machos y hembritas, se les da alimentaci?n especial. Por orden de don Zen?n.
En las noches Mama Juana se acomoda sobre la poca paja que han dejado las vacas y los burros, y rodeada por los dem?s cuenta historias tan antiguas como el origen del mundo. Historias no s?lo escuchadas de los abuelos, sino aprendidas con la leche de cabra y los efluvios de la tierra despu?s de esas lluvias que desbordan los r?os.
Cuando habla, Mama Juana cierra los ojos, toma amplias bocanadas de aire y agita las manos como si dibujara con ellas. Sus dedos proyectan im?genes en el cerebro de los negros. Epocas lejanas para algunos, pr?ximas para otros, desconocidas para los j?venes; ?pocas doradas y m?gicas, casi tangibles y concretas en el relato de Mama Juana. La tribu persiguiendo al ant?lope; el postre de hormigas doradas al fuego; las fiestas de la abundancia, el matrimonio, el nacimiento del heredero y la victoria sobre el clan enemigo. El viaje astral de los muertos hacia la Tierra Infinita. Agua, granos y carne salada para la traves?a que nadie sabe cu?nto durar?. Encargos y presentes para los primeros antepasados. Una confusi?n de llanto y risas porque a la vez est?n contentos y tristes. Se fue la compa??a tan amada, pero All?, en las Praderas Sin L?mite, transformado en leopardo o chotacabras tal vez, seguir? el peregrinaje, un camino que desde siempre nos espera.
--Ya no sigas, Mama Juana. Mira c?mo estamos llorando.
Por tres d?as hay que hervir las ra?ces escogidas, en agua de lluvia y a fuego muy, muy lento. Las amarillas son las m?s f?ciles. Apenas unas moviditas con el cuchar?n. En cambio las rojas y las azules exigen cuidados como beb?s. Hay que saber cu?ndo dejar enfriarlas porque si no se pegostean y ya el color no dura en la piel y se corre con la saliva y el sudor. Pero si se tiene cuidado en el proceso, se sabe cu?ndo escupir y adem?s una ofrenda a Carubendi, el Mago de los Colores, los matices ser?n los m?s brillantes en la danza del matrimonio; en la caza la v?ctima no notar? el cuerpo oculto en la hierba; en la guerra el enemigo quedar? cegado, deslumbrado, f?cilmente vencido. Y no s?lo se debe tener cuidado con la pintura sino una delicadeza infinita al tallar las astillas para las orejas y la nariz. Y si se quieren las mejores plumas, las m?s vistosas y brillantes, las m?s tersas y tiernas, calientes a?n, hay que levantarse antes que los p?jaros, acecharlos en sus nidos y apenas asomen para echarse a volar, el arco ya tenso, soltar la flecha pero sin soltarla del pensamiento hasta ensartar la suave pechuga, palpitante, o la cabeza. Despu?s dar las gracias al atardecer, como de mil arco iris, un paisaje invertido con el sol inclinando la tierra, alborotado y estremecido por el rugir del le?n.
Clorinda no hab?a vuelto a hablar, pero Mama Juana, como si reci?n escuchara su voz, abri? los ojos, saliendo de ese estado de trance en que ca?a siempre con los relatos, y advirti? que a su alrededor proliferaban los mocos y lagrimones desbordados por el hinc?n de la nostalgia.
La mayor?a de los esclavos de don Zen?n tiene a?os de a?os en Am?rica, sin embargo todos conservan frescos los recuerdos de la Tierra Natal. Recuerdos agradables e hirientes a la vez. Como si con el tiempo se afirmaran m?s y m?s en la memoria, hasta tornarse imborrables, grabados en las arrugas del cerebro y removidos de su pantano con las palabras de Mama Juana. Cuando Mama Juana habla, todos lloran. No pueden evitarlo. Pero aun as? nadie quiere que guarde silencio, as? mueran de pena que a fin de cuentas es mejor que morir de humillaci?n con los latigazos del capataz.
--As? son estos negros de masoquistas --dijo el senador McGover, un siglo m?s tarde, miles de kil?metros al Norte--. Les dimos casas nuevas y limpias. Con servicios higi?nicos. Lo advertimos: el cami?n de basura pasar?a a una hora determinada... Y mira c?mo est?n esos barrios luego de un mes. ?Sucios! ?F?tidos! ?Asquerosos! ?Y ellos? ?Tristes? ?Preocupados? Qu? va... ?Felices de la vida! ?Como los chanchos!
--As? es --dijo sin sacarse el puro de la boca, Mr. Douglas Gould--. Ya me hab?an contado de uno al que le gustaba el golpe, y no pude creerlo hasta que lo vi. El muchacho, de unos veinte a?os, era empleado de una de mis f?bricas. Empe?oso, buen trabajador, pero un d?a cometi? un grave error en la Secci?n de Empaques. Dick, el supervisor, un hombre tranquilo aunque algo rudo, le dio un par de patadas para que no se equivocara otra vez... Al d?a siguiente el chico cometi? el mismo error y la golpiza fue m?s fuerte. Al otro d?a lo mismo. Hubieras visto su cara cuando los enormes pu?os de Dick le romp?an la boca o se incrustaban en su est?mago. Se re?a. ?Te digo que se re?a!
El senador McGover se sirvi? un trago de whisky y de pronto frunci? el ce?o, como alcanzado por una grave preocupaci?n.
--Es un problema --dijo--, un problema nacional. Deber?amos discutirlo en la C?mara.
--Oh... ser?a en vano --se lament? Mr. Douglas Gould--. Protestar?an los de Derechos Humanos, las Sociedades Protectoras, los partidarios de la igualdad. Nos tildar?an de racistas, discriminadores, fascistas, cavernarios...
--Y gracias a ellos somos Campeones Ol?mpicos. No podemos negarlo: son magn?ficos deportistas.
--?Claro! Para correr, saltar, pelear, bailar y cantar son insuperables. Pero a la hora del trabajo...
--Mi abuelo, el Gran Capit?n McGover, dec?a que el ?nico remedio es el l?tigo. Y si lo dijo ?l es verdad. Lleg? a tener miles en sus campos de algod?n en Alabama.
--Es una l?stima que los tiempos hayan cambiado.
--Una verdadera l?stima --corrobor? con aseveraci?n filos?fica el senador McGover. Luego vaci? el vaso de un trago. El alcohol enrojeci? su rostro y lo anim? a seguir hablando:
--Escucha, querido amigo. Dentro de poco, si se aprueba la ley que he presentado, asestaremos un duro golpe a estos flojonazos. Ser? un acontecimiento hist?rico.
--No entiendo --dijo Mr. Gould, picado por la curiosidad.
--Escucha...
Pero Mama Juana ya no ten?a ganas de seguir hablando. Semiadormecida, a medias entre el sue?o y la realidad, recostada en el suelo sobre sus inmensas carnes a manera de almohadones, apenas oye los apagados rumores de ronquidos, murmullos, quejidos y sollozos de los negros hacinados en el antiguo establo de la hacienda de don Zen?n. Sus fosas nasales no lo perciben, pero un olor compacto, s?lido, se eleva hacia el techo de madera y paja donde por peque?os hoyos se distinguen las estrellas. Un olor tangible, mezcla de transpiraci?n, excrementos, carne podrida y tufos animales que obliga a los capataces, al amanecer, a cubrirse las narices cuando van a despertarlos para hacerlos trabajar. Afuera los perros guardianes no dejan de aullar, asustados por los esp?ritus, dicen los negros. No hace fr?o, pero la mayor?a tirita atacada por la fiebre. Sudan a baldes y casta?etean los dientes. Los que est?n sanos duermen como muertos. Lentamente el silencio se hace m?s y m?s denso, roto en ocasiones por los estertores de las tripas, hastiadas de la harina de ma?z y del agua plagada de par?sitos.
De pronto, sin saber cu?nto tiempo ha dormido, Mama Juana recobra la conciencia. Sus o?dos han captado ese quejido inequ?voco mezcla de gato y bebe hambriento que ella misma lanzara hace incontables a?os, cuando Moki Loki, ahora muerto, acribillado por mercaderes musulmanes al intentar defenderla, la obtuvo por una vaca, dos gallinas y cinco arcos con sus flechas.
Debe ser el Mandongo que ha gateado hasta la Pilarica y ahora la descuartiza abri?ndole el ojo todav?a inmaduro de sus doce a?os. Es muy raro que la Pilarica no haya sido asignada como doncella al servicio de do?a Clotilde, la esposa de don Zen?n. Seguro alguno de los capataces la quer?a para s? y la ocult? de los patrones. Y es un milagro que el Mandongo todav?a tenga fuerzas, con tanto azote que le dan a diario por ladino, ocioso y cimarr?n; adem?s de la poca comida que recibe, aunque hay quienes dicen que tiene embobada a la cocinera y ella le guarda chancho, gallina, pasteles, leche fresca adem?s de qui?n sabe qu?.
Mama Juana decide levantarse para librar a la Pilarica del verdugo que la aplasta y la deshace en fragmentos de alaridos, pero antes de poder incorporarse el quejido se aplaca, disminuye en volumen e intensidad, est? por desvanecerse pero entonces se convierte en un murmullo placentero, una m?sica aguzada que hinca los nervios de la vieja gorda y la hace estremecer, ?a su edad!, con continuos y violentos escalofr?os.
Mama Juana cierra los ojos, se catapulta a?os de a?os hacia el pasado y envuelta en un delicioso sopor, en una agradable sensaci?n que le recuerda la suave brutalidad de Moki Loki, acaba por adormecerse acurrucada en la misma manta que trajera desde el Africa, y que a?n no termina de deshilacharse.
Miles de kil?metros al Norte, un siglo (y algo m?s) despu?s:
--?O?ste las noticias? ?Es incre?ble!
--No puede ser. ?Es absurdo!
--Debe ser una broma. ?Un error!
Pete y Big Joe echan a correr por la Quinta Avenida, atropellan a dos transe?ntes, derriban un tacho de basura y siguen corriendo como si los persiguiera un polic?a rabioso. Doblan a la izquierda en Lincoln Ave., casi son atropellados por un autom?vil, le pisan la cola a un gato y sin dejar de acelerar llegan al club Mix's, donde ya est?n reunidos los dem?s.
Adentro el club se ha convertido en una barah?nda de mercado, un laberinto donde todos hablan a la vez, gritan, juran, maldicen, gesticulan. Las voces se superponen en una escalerilla de ecos y en la densa oscuridad s?lo se distinguen sombras confusas, dientes blanqu?simos entre muecas de c?lera y breves fulgores del cristal de copas y vasos. Big Joe se abre paso hasta el inmenso mostrador de m?rmol, se encarama sobre ?l con la agilidad de un mono y tiene que agacharse para no golpearse la cabeza contra el techo. Grita, se desga?ita vociferando, pero no consigue imponer orden. Todos siguen hablando y gritando a la vez. Nadie le presta atenci?n.
--Dentro de poco nos prohibir?n respirar.
--Los cerdos han saqueado las tres tiendas del barrio. No dejaron ninguno. Todos los rompieron.
--Apalearon y encarcelaron a The Melodies. Dicen que al cantante le arrancaron la lengua.
--Mrs. Peabody fue arrestada por bailar en la calle. Ya no se puede zapatear.
--?Esto es una pesadilla! ?D?ganme que es un sue?o!
--?No seas est?pido, Willie! --en el s?bito silencio que sobrevino, las palabras de Big Joe explotaron como un ca?onazo--. ?Esto es real! ?Espantosamente real! Los cerdos quieren exterminarnos.
Todos dejaron de hablar. Venidas de lo alto, como una avalancha, las palabras de Big Joe tomaron la contextura del plomo. Aplastados, aniquilados, quedaron en silencio, arrojando humo o sorbiendo el ?ltimo trago. Insoportablemente cruel, corrosivo y picante como el ?cido muri?tico, Big Joe dec?a la verdad.
Nadie vio a Brownie cuando sac? la arm?nica. Al iniciar los primeros compases de My fair land, arreglos de Mike Storker, todos, tambi?n Big Joe, se sobresaltaron tocados por una anguila. Pronto los integr? la melod?a y cuando Brownie lleg? a la parte de

Bring it to me,
Bring it to me,
I would give my blood,
I would give my soul...

el blues, incorporado al aire, confundido con el bombeo de los corazones, era reforzado por el tarareo de voces anudadas por la pena mientras cabezas, manos y pies marcaban el comp?s.
Big Joe, aburrido de su postura inc?moda, sorprendido de encontrarse parado encima del mostrador, salt? al suelo, recibi? el vaso de cerveza que le ofrec?a el due?o del bar, Mix, y se uni? con su enorme cabeza al tenue balanceo como de olas que hab?a inundado el ambiente. Por unos instantes una melanc?lica alegr?a, una felicidad nost?lgica los transport? a un planeta desconocido, a a?os luz de distancia.
Brownie sopl? el ?ltimo acorde y ellos permanecieron callados, incapaces de romper el agradable silencio que sobrevino, agotados y satisfechos como despu?s de hacer el amor. Entonces Junior, que hac?a guardia en la puerta, entr? corriendo, atropell?ndose, visiblemente asustado.
--Est?n afuera --dijo, tartamudo--. Van a entrar.
Brownie escondi? la arm?nica como quien oculta un rev?lver y permaneci? inm?vil, con los ojos en el piso. Una torturante rigidez reemplaz? al ritmo embriagador y cadencioso que los hab?a pose?do. P?lidos, temerosos, preocupados, parec?an esperar el turno para la silla el?ctrica.
La puerta se abri? y por un momento se filtr? la luz del sol, deshaci?ndolos como a vampiros. Cuando los ojos se acostumbraron nuevamente a la penumbra, distinguieron a tres. Uniformes azules, casi negros. Estrellas plateadas, relucientes, de cinco puntas. Los brazos arqueados, cerca al cintur?n y las pistolas.
El m?s gordo, la gorra tirada hacia atr?s, encendi? su linterna, atac? varios pares de ojos, hizo una mueca de desagrado con la nariz, como si oliese a huevos podridos, y se dirigi? hacia la barra, donde permanec?an Mix y Big Joe. Los otros continuaron cerca de la puerta, fumando pero atentos a cualquier emergencia. El gordo ignor? a Big Joe y busc? con la linterna las pupilas de Mix. El halo de luz, en el ambiente oscuro, daba un matiz irreal a los movimientos del gordo. El rayo luminoso cortaba en pedazos cuerpos de estatua, rostros congelados, botellas a medio servir, volutas de humo y las fotos gigantes de las paredes. Un bistur? proyectado en la pantalla de ojos cerrados. Un rayo l?ser horadando los secretos de la noche diurna. El gordo emiti? un chasquido ininteligible que s?lo Mix pudo descifrar. Este se agach? y con esfuerzo, sin que nadie lo ayudara, coloc? sobre el mostrador de m?rmol varios paquetes, cajas de leche cubiertas con peri?dicos.
--?Est?n todos? --vocaliz?, ahora s?, el gordo.
Mix asinti? con la cabeza y el gordo, refunfu?ando, dijo:
--M?s te vale.
Los que hab?an permanecido en la puerta se acercaron y entre los tres, con sus manos rudas y gruesas, cargaron las cajas. Brownie, Pete, Big Joe y los dem?s sintieron que les arrancaban las v?sceras, los dejaban sin sangre, les extirpaban los cerebros y los corazones. Nulos, vac?os, desnudos, desolados los dejaban y ellos nada pod?an hacer. S?lo mirar como pacientes ag?nicos c?mo avanzaban el gordo y los dem?s con parte de sus vidas, con sus almas embaladas en esas cajas de leche donde Mix los coloc?, uno por uno y con mucho cuidado, como si no supiera que los iban a romper y a quemar. Les alis? las car?tulas. Los mir? por ?ltima vez, suspirando sin darse cuenta. Pas? los dedos en una ?ltima caricia por la superficie negra y lisa y de algunos tan rayada de tanto tocarlos o sin surcos ya. Desgarrados en el ?ltimo adi?s, condenados a muerte, desfilaban a cada paso irreversible de los guardias The Incredibles, Phil Aspen & The Cats, Lenny Blue, The Mot Stars, The Silver Rain, Madeleine & Sisters, Tony Fall, Dick Harlington, Joey Snowy, The Howling Wolves, Billy & The Honey Bees, The Rainbows, Ricky Lee Jones, The King Brothers, The Lucky Stars, The Teenagers, Pat & The Pastrys, The Mads, Bob Spider, Lynn & The Lightnings... Desfilaban hacia el pelot?n de fusilamiento la trompeta de Charlie The Bird, el piano de Jim Hickory, el saxof?n de Teddy Tumber y los tambores de Gene Southerland en un ?ltimo y l?gubre redoble acompa?ados de muchos m?s. Nunca existir?n Louis Armstrong ni B.B. King. Condenados a la absoluta inexistencia estaban Fats Domino, Clyde McPhater, Neal Oliver, Muddy Waters, Ray Charles, Chuck Berry, Little Richard. Por negaci?n de genes, por violaci?n de leyes naturales y abolici?n del tiempo se anulaban para siempre de la Historia a Miles Davis, Jimi Hendrix, Bob Marley...
Samantha, acurrucada en un rinc?n, no pod?a dejar de llorar. El ramo de rosas que Aretha sosten?a entre sus manos se marchit? no bien el gordo dio los primeros pasos. Brownie, en un arrebato de h?roe, intent? disparar con su arm?nica-rev?lver, pero Big Joe y sus manos enormes se lo impidieron. Cuando los polic?as salieron y nuevamente la luz del sol se filtr? por escasos segundos, para dejar paso a la oscuridad m?s densa e impenetrable, quedaron mudos, petrificados, como t?teres deshechos, sin hilos.
Mama Juana despert? sobresaltada, hab?a tenido una horrible pesadilla. Trat? de recordar los detalles, las im?genes, los rostros, pero apenas pudo rescatar una sensaci?n desagradable. Se esforz? por hacer memoria, como si el sue?o pudiese tener importancia, alg?n contenido prof?tico, sin embargo sus esfuerzos fueron in?tiles. Como burbujas que revientan, como volutas de humo desvanecidas, se esfumaban los recuerdos.
"Debo estar vieja", pens?. Ni ella misma sab?a su edad. Tal vez para un m?dico occidental sea imposible que ella contin?e viva. Un caso excepcional, un "milagro", como dicen cuando algo no encaja con sus leyes y mandamientos.
Mama Juana decide olvidar la pesadilla, a pesar de que no puede librarse de la sensaci?n que la embarga, como de un peligro inminente, y de pronto toma conciencia de que por fin ha llegado el d?a tan esperado por ella y los dem?s. S?, es 17 de Noviembre, d?a de San Marcelo. A?n est? oscuro; a su alrededor la negrada duerme en una masa confusa y ruidosa. Ya desde el d?a anterior se iniciaron los preparativos para la fiesta, y aunque han avanzado bastante, todav?a hay mucho que hacer.
--?Clorinda! ?Chabela! ?Rosalina! --grita Mama Juana--. ?Lev?ntense!
Los negros, sacados del sue?o por su voz, comienzan a bostezar, a refunfu?ar, a dar vueltas entre la paja y las colchas ra?das. Pero no hay raz?n para estar de mal humor. Mama Juana no los despierta para hacerlos trabajar, sino porque ya es hora de empezar la celebraci?n. Hoy es 17 de Noviembre, d?a de San Marcelo, el ?nico d?a en que podr?n olvidar su miserable existencia en tierras americanas.
Nadie duerme ya en el antiguo establo de don Zen?n. Todos los miembros del clan, de la tribu de los bant?es, se mueven como en un hormiguero y cada uno realiza la labor que tiene asignada. Unos barren el corral. Otros se encargan de los alimentos. Los m?sicos afinan sus instrumentos y la Chabela, la Rosalina y la Clorinda se encargan del cuidado personal de Mama Juana, quien por leyes inmemoriales es la encargada de presidir las fiestas.
Do?a Clotilde y otras damas principales de Lima han prestado sus joyas m?s valiosas, como hacen cada a?o, para que Mama Juana recobre su aspecto de reina.
Do?a Francisca Moncloa de los Cobos ha donado el vestido. Un precioso modelo de tafet?n p?rpura con encajes de tul, a la ?ltima moda de Par?s. Lo acompa?a un sombrero de seda de alas anchas y plumas de aves del para?so dise?ado por monsieur Carlin, para proteger a Mama Juana de los rayos del sol y a la vez darle un toque chic: elegante, distinguido, europeo.
El padre Agapito, asesor espiritual de la Cofrad?a, ha enviado ya el cetro de oro y piedras preciosas, s?mbolo del poder real, convenientemente custodiado por una escolta escogida de la Guardia.
Desde la semana pasada empezaron a llegar las provisiones para el banquete y en el nuevo establo, confundidos con los negros cimarrones, se cuentan 9 vacas, 15 becerros, 12 cabras, 25 chanchos, 37 gallinas, 19 corderos y 5 toneles de vino adem?s de 9 de aguardiente con los que los negros honrar?n a San Marcelo y a trav?s de El a Jesucristo y al Padre Dios.
Los tambores, tocados, golpeados, acariciados, azotados, palmeados, reblandecidos por manos afiebradas, esparcen su rumor hipn?tico por toda la ciudad, y el sol, despierto por el ruido, empieza a elevarse y a desparramar su luz tal como Mama Juana desparrama sus enormes carnes en la batea gigantesca rebosante de agua tibia para que las h?biles manos de la Rosalina y la Chabela la jabonen y refrieguen mientras la Pilarica se encarga del peinado.
Poco a poco todo va quedando listo. La Catedral, donde el padre Agapito oficiar? la Santa Misa, est? tan bien decorada e iluminada que parece la Capilla Sixtina. Las calles por donde pasar? la procesi?n est?n cubiertas de alfombras de flores, con dise?os dignos de artistas italianos y no de esclavos que al d?a siguiente, pasadas las fiestas, ser?n azotados hasta morir. El extenso pamp?n donde tendr? lugar el baile ha sido barrido y baldeado, y el trono de oro macizo donde la Reina Mama Juana depositar? sus extensas y reales carnes brilla tanto que los pulidores tuvieron que cerrar los ojos para no quedar ciegos. Las roncas voces de negras y negros se elevan como zumbido de abejas y el canto mon?tono, unido al incansable golpeteo de la percusi?n, sume a las dos veces coronada villa en una sombra de gallinazo, en un turbio tufo de alquitr?n que hace estremecer al resto de la poblaci?n: blancos, indios, cholos, criollos y mestizos.
--Deber?an prohibir estas fiestas --dice desde su calesa, sin dejar de abanicarse, do?a Remigia Colmenares viuda de T?cito--. Son horribles... Salvajes... Primitivas...
--Oh, no --responde, oculta tras su tocado de plumas, pero sin perderse nada del espect?culo, la se?orita Marcela del Castillo--. Las encuentro interesant?simas. Confieso que le quitan el aburrimiento a esta ciudad. Mira los vestidos, los adornos...
--?Indecentes!
--Y esos con el torso desnudo...
--Sudando. ?Asquerosos!
--Bailan todo el d?a, toda la noche. Hasta el amanecer.
--Pose?dos por el diablo. No s? c?mo la Iglesia permite...
--Es una manera de volverlos cat?licos, me explic? el padre Agapito. Son almas ganadas para Cristo. No importa que mezclen sus costumbres. Se ven contentos porque Dios est? con ellos. Por eso bailan.
--?Tonter?as! Vamos, cochero.
--Un momento. ?Mira! ?La reina! ?All?!
Doblando la esquina aparece el s?quito de Mama Juana, la Reina de la Cofrad?a de San Marcelo. En andas sobre los hombros de 16 esclavos musculosos, en la mano derecha el cetro real con orlas de oro, sobre su cabeza la corona que a?os despu?s habr?a de envidiar la Reina Victoria, Mama Juana se muestra orgullosa, soberbia, sonriente, dominadora en su posici?n privilegiada, pero incapaz de humillar a sus s?bditos en su reinado ef?mero de un d?a.
--?Reina, ?sa? --dice do?a Remigia--. ?Desde cu?ndo y por qu?? En mi casa, de cocinera no pasar?a.
--Mira el traje, las joyas, la mirada...
--Lo ?nico suyo es la mirada. El resto... No s? c?mo hay gente que se presta a este juego est?pido. Con raz?n no progresamos. ?Crees que en Europa...?
--?Ah! --la interrumpe suspirando la se?orita Marcela--. ?Qu? bien se le ve!
--Cochero...
El cortejo recorre las principales calles de la ciudad y se detiene para recibir el homenaje de las dem?s cofrad?as. De todas las reinas, de todas las que han habido y habr?n, Mama Juana es la m?s importante, la m?s poderosa y majestuosa, la m?s bella, la m?s justa y m?s querida. Los negros de otras cofrad?as, hotentotes, gan ganes, wagogos, zul?es, la miran como si fuese la reencarnaci?n de un dios, la presencia terrenal del Primer Antepasado, el Salvador que anuncia una mejor vida. A su paso se persignan, le arrojan flores y monedas, se arrodillan y besan el suelo hollado por los pies descalzos de los cargadores musculosos. Mama Juana, inmutable, apenas agita la cabeza y de sus ojos brotan fugaces chispas que iluminan el alma de los esclavos.
El s?quito llega al extenso pamp?n donde se desarrollar? el baile, en el terreno bald?o que media entre los dos establos de la hacienda de don Zen?n. Los negros que soportan el anda flexionan al mismo tiempo las rodillas, sin el menor trastabilleo, y lentamente, con precisi?n milim?trica, posan el trono en el suelo. Ninguna vibraci?n, ni el m?s peque?o golpe incomoda a Su Majestad. Ni ella misma se dio cuenta cu?ndo el trono pas?, de estar suspendido en el aire, a la tierra firme.
Mama Juana se pone de pie y eleva el cetro ordenando silencio. Ese silencio total como del mundo antes de ser mundo que se apodera de la ciudad s?lo una vez al a?o. Por unos instantes Mama Juana reverdece las estepas, afila las lanzas, destripa los venados y curte al sol las pieles que abrigar?n en el invierno. Suspira. Si Moki Loki pudiese verla... Luego recuerda los momentos posteriores a su propio nacimiento. Siente la lengua caliente de su madre limpi?ndola de la placenta y los jugos ventrales. Las manos callosas de su padre alz?ndola hacia el cielo, balbuciando su verdadero nombre, Amandakama, nacida entre flores. Peque?as l?grimas corren por las redondas mejillas de Mama Juana, pero nadie las ve. Tampoco nadie advierte que su rostro se contrae en una breve expresi?n de tristeza. Mama Juana nunca llora. La tristeza se la guarda muy adentro y los que la miran de frente a los ojos s?lo ven un rostro radiante de felicidad.
Mama Juana por fin baja el cetro, restableciendo el ruido, la bulla, el alboroto, y encomend?ndose a los dioses y antepasados para que su mente permanezca limpia y despejada, se dispone a hacer justicia con benevolencia e imparcialidad.
Los primeros en postrarse a sus pies son dos negros que trabajan de aguateros en las chacras del capit?n Alvarez. Mama Juana los ha visto dos o tres veces, en fiestas anteriores seguramente, pero no sabe o no puede recordar sus nombres.
--Casimiro --dice uno.
--Gualberto --dice el otro.
Mama Juana se?ala con el cetro a Casimiro y ?l comienza a hablar atropell?ndose, confundido, mezcla el castellano rudimentario con giros de lenguas africanas, tan r?pido que pronuncia dos palabras a la vez, vuelve a repetir si cree que Mama Juana no entiende y refuerza su discurso con movimientos de las manos, agranda los ojos y gesticula con la jeta abultada, gelatinosa. Al fin calla. Su frente arrugada, sus mejillas, sus labios, se han vuelto ostras de sudor.
--?Es verdad? --pregunta sin hablar, con los ojos, Mama Juana.
--?No! --dice Gualterio--. El es tramposo. Yo no enga?o con las cartas.
Mama Juana chasquea los dedos de la mano izquierda, y aparece la Chabela con un cesto de mimbre. Adentro, lo saben todos, est?n las Culebras de la Verdad. S?lo muerden al mentiroso.
La Chabela destapa el cesto y lo pone a los pies de Mama Juana. Gualberto no va a meter la mano, quiere irse, siempre le tuvo miedo a las culebras y en verdad trata de escapar, pero dos de los esclavos m?s musculosos lo levantan en vilo, lo acercan a la canasta, le hacen meter la mano izquierda, la que reparte las cartas, como en un pozo profundo, hasta el hombro indica Mama Juana sin hablar mientras Gualberto grita y la negrada no puede despegar los ojos de Gualberto y su brazo mutilado, perdido en un hoyo nocturno, una grieta de insondables profundidades. Pasa un minuto. Nadie respira. Mama Juana hace una nueva se?al y Gualberto puede retirar el brazo. Est? a punto de desmayarse, p?lido y asustado, nunca le gustaron las culebras, pero se controla y a gritos da gracias a Cristo y a los dioses por salvarlo, no es tramposo, las culebras...
Le toca a Casimiro ahora. Con paso vacilante, de quien no puede hacer otra cosa, se acerca al cesto. La mano derecha, la que recibe las cartas, se introduce en la fosa con un movimiento ondulante, en medio del m?s estrepitoso silencio. Pasan treinta segundos. Casimiro est? tranquilo, serio. Los negros se agitan inquietos, nerviosos, como si su c?digo de honor estuviese a punto de saltar en pedazos; un apagado rumor se escapa de los labios abultados, resecos. Ante el asombro de todos Mama Juana le ordena a Casimiro retirar el brazo. El obedece inmediatamente, est? ya por sacar la mano, resta apenas media falange, de pronto da un feroz alarido, termina de sacarla y todos ven en el dedo ?ndice dos puntos viol?ceos, chorreando gotas de sangre.
Casimiro, deformado por el p?nico, se apreta la mano que le duele en forma atroz. Los negros lo se?alan como culpable, con el dedo ?ndice. Dos esclavos musculosos se apoderan de ?l y lo conducen al viejo establo. Por unos minutos no se oye nada. Luego s?lo el chasquido de los azotes y los gritos desgarradores de Casimiro pidiendo perd?n.
Mama Juana coge el cesto para agradecer a las Culebras de la Verdad, pero adentro s?lo encuentra una cuerda enrollada. La cuerda con que se ata a las vacas por la noche...
Luego de unos instantes de alboroto reina nuevamente la calma. A los pies de Mama Juana, como deseando ser tragada por la tierra, una mulata joven no deja de sollozar. Es hermosa, a pesar de la nariz aplastada y los labios protuberantes. Los brazos y las piernas muestran grandes moretones. En la espalda, a trav?s de la blusa h?meda de sudor, se adivinan largos ara?azos, las caricias del l?tigo.
--Mi nombre es Consuelo --dice-- y trabajo como doncella para do?a Estefan?a de la Torre Alba. Mi problema es precisamente con ella, y vengo a pedirle justicia a usted, Mama Juana, sabia y bondadosa. Do?a Estefan?a me maltrata por cualquier motivo. Miren nom?s c?mo tengo el cuerpo de golpes y mataduras -se desabroch? dos botones de la blusa y mostr? el hombro, parte de la espalda, con cardenales y llagas-. Si la leche est? fr?a, 20 azotes. Si est? muy caliente, 20 m?s. Si tiene nata, 10. Si no la tiene, otros 10. Si en la noche no hay estrellas, 15 palazos. Si los perros ladran, pobre de m?. S? muy bien que no soy la ?nica con este problema. Todos mis hermanos atraviesan alguna insoportable situaci?n. Pero les aseguro que nadie sufre lo que yo. No el castigo por una falta, alguna mentirilla, un pecadito o algo que se nos peg? a las manos, sino siempre por capricho o un antojo de mal humor.
Consuelo dej? de hablar, pero no interrumpi? sus sollozos. Mama Juana levant? la vista y vio a su gente inc?moda, molesta, lejos de sentir compasi?n. ?Qui?n era esta Consuelo para hacerles acordar hoy, precisamente, 17 de Noviembre, d?a de San Marcelo, que s?lo eran esclavos, carne de abuso y de castigo, apenas diferenciados de los animales porque pod?an hablar? ?Qu? pod?a hacer Mama Juana, reina por un d?a, para oponerse a la voluntad de los blancos? ?Y contra do?a Estefan?a de la Torre Alba, una de las damas m?s ricas, poderosas e influyentes de la ciudad?
No, esta Consuelo se hab?a confundido, se hab?a equivocado. Mama Juana s?lo pod?a hacer justicia entre los negros, jam?s si el pleito era con blancos. Tal vez m?s adelante, si cambian las cosas. Tal vez jam?s cambiar?n. Nadie sabe. Pero si ella pudiera, si dependiese de su voluntad, claro que lo har?a. Como hubiese ayudado al Mameluco, que se ahorc? al no poder mantener a su familia. O a Mar?a Jos?, fusilado por no pagar los impuestos. O a la Maricucha, cansada de los abusos de su patr?n, se hizo saltar los ojos. Ahora vaga en las afueras mendigando pan, pele?ndose con los perros. Y tantos, tantos otros...
?Qu? se ha cre?do esta Consuelo? ?Cu?nta gente espera todo un a?o para que Mama Juana resuelva sus problemas? Y ahora viene una pelanduzca y qu? f?cil, ?no? Mama Juana hace un pase m?gico con las manos y desaparecen do?a Estefan?a de la Torre Alba, don Zen?n, el Capit?n Alvarez, do?a Remigia Colmenares viuda de T?cito... ?Por favor!
Sin abrir la boca Mama Juana ordena que le den una gallina a Consuelo, para que se le corten los mocos, y anuncia que s?lo atender? un caso m?s. Ya est? cansada de hacer justicia. Su gente tambi?n. Todos esperan ansiosos la hora de la danza y el banquete.
Mama Juana cierra los ojos por un brev?simo instante y al abrirlos ve a tres j?venes arrodillados ante sus pies. Dos varones y una muchacha de unos quince a?os. Su vientre muestra el abultamiento propio del embarazo. La chica no se atreve a mirar a Mama Juana. Cuando lo hace, de soslayo, en sus ojazos se adivina un rictus de verg?enza. Las mejillas no enrojecen, se tornan de un ligero color lila. Sus acompa?antes, muy serios, permanecen con la vista baja.
Mama Juana enarca las cejas y la muchacha es la primera en hablar:
--Flor de Rosa. Soy ayudante de cocina.
Los otros, como arreados por la mirada de Mama Juana, hablan tambi?n, con esfuerzo, casi con dolor.
--Tom?s. Me dicen "El Mono". Soy cargador.
--Alipio. Carpintero del padre Timoteo. Tambi?n toco la guitarra.
Mama Juana hace un gesto como diciendo "?Y bien?", y espera a que le cuenten el problema. Ninguno de los tres se atreve a hablar. Miran la tierra rojiza, ardiente por el calor matinal, y tambi?n los pies rechonchos de Mama Juana, las u?as negras, los callos en los costados y en las plantas. De buena gana le besar?an las ampollas, entre los dedos, las plantas blanqu?simas, sus juanetes.
Mama Juana empieza a impacientarse. Acomoda sus extensas y reales carnes en el trono de oro puro y con el cetro se?ala a Flor de Rosa. Ella tose, carraspea, se atora, se saca conejos de las manos y al fin empieza a hablar, sin atreverse a mirarla a los ojos, la vista clavada en el suelo.
--El problema, Mama Linda, es que no sabemos de qui?n es.
Flor de Rosa se toma el vientre con ambas manos. Por unos segundos desea hundirse en la tierra, desaparecer en una grieta profunda para no ver las miradas burlonas, p?caras, de los negros.
Mama Juana queda pensativa, inm?vil, desconcertada ante problema tan dif?cil. Mira a los tres como queriendo adivinar la verdad en sus ojos, pero s?lo ve manchas oscuras, charcos de barro, tinta derramada.
--?T? no sabes? --le dice a Flor de Rosa.
--No, mamita.
Los negros, incapaces ya de guardar silencio, han empezado a murmurar y a re?r. Comentarios ?cidos, ingeniosos, llegan a los o?dos de Mama Juana. Ella deja de lado la corona de oro y piedras preciosas que le oprime la cabeza, y para protegerse del sol coge el sombrero de seda dise?ado por monsieur Carlin. Gracias a las grandes alas del sombrero puede mirar al cielo, sin deslumbrarse, y ansiosa busca alguna se?al del rey Salom?n. Las nubes corren en direcci?n del atardecer, pero no le dan ninguna respuesta. Tampoco el color del cielo aporta alg?n indicio. Mama Juana, confundida, vuelve los ojos a la tierra y medita en silencio. Luego de unos minutos pregunta:
--?Qui?n desea ser el padre?
Alipio cierra los ojos y la boca. Tom?s se hace el desentendido, como si el pleito no fuese con ?l. Mama Juana asiente con su cabeza redonda, eran previsibles esas respuestas, y descompone la cara en una mueca como de quien ha ca?do en un callej?n sin salida. Mama Juana se exprime el cerebro buscando una soluci?n. El tiempo pasa, inexorablemente, y la negrada empieza a inquietarse. Mama Juana jam?s demor? tanto en arreglar un problema. ?Estar? perdiendo sus poderes? ?Ser? demasiado vieja ya? Y Flor de Rosa no puede casarse con los dos. La ley de Papa Lindo lo impide.
Mama Juana cierra los ojos, se transporta mentalmente a las infinitas planicies siderales, liberada de la gravedad, de los lastres terrenales, de los estorbos humanos. Deambula por un lapso intemporal en esa especie de limbo al que s?lo unos pocos pueden llegar. Y cuando vuelve a abrir los ojos, ya de regreso al planeta, la Luz se ha cobijado en su interior.
Con un gesto llama a Flor de Rosa. Ella se acerca t?mida, con paso vacilante, con miedo de quemarse. Mama Juana coloca su mano derecha sobre el vientre de la joven. Su blanqu?sima palma percibe un d?bil quejido; unas apagadas contracciones env?an un mensaje en una lengua que s?lo ella puede descifrar.
--El ni?o --dice Mama Juana--, porque ser? var?n, decidir?.
Mama Juana llama a Alipio y le ordena poner su mano sobre el vientre de Flor de Rosa, tal como ella hizo. Alipio obedece de mala gana, avergonzado. Luego se le ordena retirarse y el Mono Tom?s hace lo mismo.
Apenas Tom?s coloc? la mano sobre el vientre de Flor de Rosa, en todo el pamp?n se escuch? una aguda vocecilla como salida de las profundidades de la tierra, aunque en realidad nadie supo nunca de d?nde sali?. La escucharon los negros que, en los lugares m?s alejados, se hab?an quedado dormidos. La escucharon los blancos y blancas que siempre iban a las fiestas de las cofrad?as para curiosear. La escucharon tambi?n los soldados de la Guardia que en previsi?n de des?rdenes y sangrientas reyertas, como en ocasiones anteriores, estaban cuadrados a 200 metros del trono de Mama Juana. La escucharon todos, pero nadie crey? que la voz sali? de la barriga de Flor de Rosa.
--Pa p?... Pa p?...
Flor de Rosa, incr?dula, asustada, se desmay? en brazos del Mono Tom?s quien, incapaz de negar su paternidad, sonre?a a todos lados con esa mueca simiesca a la que deb?a su apodo. La negrada, ebria de alegr?a, se puso de pie y empez? a aplaudir y a aullar de felicidad, orgullosa de su Reina Mama Juana, la m?s hermosa, la m?s sabia, la m?s justa. Alipio salud? a los futuros esposos y se comprometi? formalmente a ser el padrino, tal como se lo impon?a el c?digo de honor.
Cuatro meses despu?s, Flor de Rosa dio a luz un robusto negrito a quien llamaron Renato, pero al que todo el mundo conoci? con el sobrenombre de "Parlanch?n". No s?lo por esos cuentos de que ya hablaba estando a?n en el vientre de su madre, sino porque ni en sue?os dejaba de parlotear. Su padre, el Mono Tom?s, muri? cuando ?l estaba por cumplir tres a?os, en una de las primeras revueltas de los negros que lucharon por la libertad, y del cuidado de Renato se encarg? su padrino Alipio quien le ense?? a tocar la guitarra y a improvisar letras burlonas y p?caras en las d?cimas.
Mama Juana levanta su cetro en se?al de que no resolver? m?s casos sino hasta el pr?ximo a?o. Es hora de iniciar la danza y el banquete. Los negros chillan de alegr?a y al comp?s de los instrumentos, en la d?bil luz del crep?sculo, comienzan a contornearse, a zapatear, a saltar, a dar vueltas, a retorcerse como el azogue y a cantar y a balancearse en un pie quebrando la cintura, agitando los hombros y las negras chocolatean los senos, temblando las caderas, haciendo un quite coqueto cuando una mano caliente se adhiere como ventosa y los cajones, tam tams, tambores, tumbas, timbales, cencerros, gemelos, bongoes, panderetas, maracas y quijadas de burro se compenetran en ese ritmo burbujeante que hace arder la sangre y hasta los cojos bailan mientras la Rosalina y la Chabela sirven tajadas de chancho, vaca, cordero, gallina, cabrito y el vino y el aguardiente forman r?os en el suelo y la Pilarica se escapa del Mandongo s?lo para que la persiga y la atrape sin dejar de bailar, el cuerpo a los costados, la cabeza arriba-abajo y el trasero pa'lante y pa'tr?s, sin cansarse, sudando, un barrial es el piso y qu? rico los pies en el lodo tibio con cosquillas como el roce de las plumas y el color de las guirnaldas y ya es de noche porque danzando no se siente el tiempo y los blancos que esp?an desde lejos c?mo quisieran meterse al baile, librarse de los prejuicios y la dureza del encaje y el almid?n pero no pueden por la verg?enza y el qu? dir?n y se quedan con las ganas de retozar desnudos en ese mar oscuro de olas suaves agitado por un ritmo terrestre y natural que se pega a la epidermis y cambia de lugar el cerebro con el coraz?n hipnotizando, embrujando, transformando, erotizando, fantasmeando, culebreando, zigzagueando, volvi?ndolos un solo ser que a?lla hasta perder la garganta el oeoeoee oeoeoee gua gua gua oeoeoee oeoeoee gua gua hasta el amanecer, oeoeoee oeoeoee gua, qu? l?stima, gua, s?lo hasta el amanecer...
M?s de un siglo despu?s, miles de kil?metros al Norte, en la comodidad de su residencia de Higgins Park, Mr. Douglas Gould encendi? un habano, bebi? un trago de whisky y sonri? satisfecho, con la sonrisa que dan la barriga llena y la conciencia limpia. A su lado, arrellanado en un c?modo sof? forrado en cuero, el senador McGover tambi?n sonre?a satisfecho, con la expresi?n de un cruzado que acabara de reconquistar Tierra Santa. El senador, aunque agotado por el trabajo, al l?mite de sus fuerzas por tantas noches sin dormir, planeaba ya la extensi?n de su proyecto a nivel nacional. Las noticias locales, ampliamente difundidas por la televisi?n, acababan de informar del ?xito de los operativos. Gracias a Mr. Douglas Gould y al senador McGover los j?venes blancos estaban libres ahora de demon?acas y perniciosas influencias.
Listos para ser incinerados, resguardados por agentes del FBI, se amontonaban en las diversas dependencias policiales 1'837,552 discos, 633,486 guitarras entre ac?sticas y el?ctricas, casi 400,000 saxofones, 323,586 trompetas, 845,239 piezas de percusi?n, medio mill?n de contrabajos, 699,413 pianos y otros n?meros kilom?tricos entre arm?nicas, rondines, mandolinas, acordeones y hasta silbatos que ya empezaban a crear problemas de espacio, pero que pronto se resolver?an con las ?rdenes a ser firmadas por el Primer Fiscal. ?Y s?lo en el estado de Alabama!
As? no era extra?o que Mr. Douglas Gould y el senador McGover sonriesen con la satisfacci?n del deber cumplido y la certeza de ser los principales benefactores del pa?s. En la Municipalidad ya se hab?a presentado una moci?n para erigirles un monumento, y aunque ellos pretend?an refugiarse tras los muros de la modestia, en realidad se sent?an m?s que complacidos con la idea. Minutos antes, al ver en el noticiero unas im?genes de archivo de uno de los clubes de baile negros (ya ninguno volver?a a funcionar), luego de quedar moment?neamente asqueados y horrorizados, suspiraron de alivio y se felicitaron por su labor. La siguiente meta era el pa?s entero. Y de ah? el mundo...
Las im?genes que vieron eran del club Mix's. Al comp?s de una m?sica atronadora, rebasado ya cualquier l?mite del volumen, oeoeoee oeoeoee gua gua gua oeoeoee oeoeoee gua gua, Big Joe, Brownie, Pete, Junior, Aretha, Samantha y los dem?s, se confund?an en un abrazo r?tmico amparados por la penumbra y cortados por el tableteo intermitente de las luces.
En el ba?o, tirado en el piso, un negro sin dientes se clavaba una hipod?rmica en la vena.
A un lado de la sala de baile un pusher y un pimp comenzaron a darse de golpes, sin raz?n aparente, en medio de la indiferencia de los dem?s.
Como gobernados por una potencia avasalladora e invisible, ninguno pod?a dejar de bailar. Contorneaban el cuerpo, giraban como serpientes, aullaban igual que lobos hambrientos y no parec?an gente civilizada sino salvajes y can?bales en un ritual pagano. Oeoeoee oeoeoee gua gua oeoeoee gua...
--Gracias a nosotros jam?s se repetir?n estas escenas --dijo, orgulloso, el senador McGover.
--S?, son de lo peor. Mira esos pobres diablos. ?Mira! Alguien ten?a que detener este c?ncer. La Humanidad entera estaba en peligro.
--Hemos hecho lo que deb?amos --dijo el senador McGover, con reflexi?n aristot?lica--. El futuro nos lo agradecer?. Jam?s existir?n el blues, el soul, el rock'n roll, el rythm & blues... S?lo con el tiempo se apreciar? nuestra labor en su verdadera magnitud. Brindemos, querido amigo.
--Salud...
Mama Juana abre los ojos y apenada, con un sabor amargo en la garganta, comprende que no era una pesadilla, no, no estaba so?ando. A su alrededor la negrada yace como muerta, sumida a?n en la inconsciencia del sue?o. Los primeros rayos del sol se filtran ya por el techo de paja, pero los esclavos, agotados por el cansancio, contin?an roncando en un amasijo de cuerpos sudorosos y ropas agujereadas. Mama Juana desliza sus ojos vidriosos por las bocas abiertas, las piernas llagadas, las mejillas con mocos, las moscas apare?ndose, y lentamente un dulce mareo va envolvi?ndola hasta que, a?n con los ojos abiertos, poco a poco todo va haci?ndose m?s oscuro, cada vez m?s oscuro, oscuro, muy oscuro.
Un gallo canta en el galp?n. Los p?jaros, borrachos por el amanecer, inician su concierto de chirridos y gorjeos. De pronto un violento puntapi? abre la puerta del cobertizo. Es el mismo don Zen?n, l?tigo en mano, quien con sus capataces se dispone a levantar a los esclavos.
--?A trabajar! --grita don Zen?n y al azar lanza seguidos chicotazos--. ?Lev?ntense, flojos! ?Es hora de trabajar!

Posted by jose-alberto at 12:47 PM EDT
Updated: Monday, 11 July 2005 2:14 PM EDT
Friday, 8 July 2005
Hacia el Sur XXIII
Jos? Alberto Bravo de Rueda

Y nuevamente huir, correr, saltar, doblar, esquivar, esconderse, agazaparse. El r?o, como un ser perfecto e inmutable, parece ser el mismo de siempre. El color, el volumen del agua, la velocidad de la corriente, los objetos arrastrados son id?nticos a los de tiempo atr?s. Podr?a jurarlo: el p?jaro amarillo que canta en la copa de ese arbusto es el que me asombr? hace algunos a?os. Su silbido agudo, intermitente, no ha variado en nada, ni en las tonalidades ni en la intensidad. Todo es igual: los rayos del sol, la forma y el color de las nubes, las ondas y los remolinos, la vegetaci?n de las riberas, el sudor resbalando por mi frente...
S?lo hay algo distinto en este cuadro: t?, Maria Carla. Eres el ?nico ser nuevo en este universo, sin embargo tu presencia ha encajado con tanta naturalidad que en estos momentos, recostada en la proa del bote, mir?ndome sin verme y con el pelo flotando en el vac?o, eres igual al fruto desprendido, a la hormiga atareada en su labor o al pez que, astuto, evita el anzuelo.
Juancho tambi?n nos acompa?a. A veces trata de enga?arme diciendo que se llama Efra?n, pero apenas lo vi reconoc? los ojos achinados, la tez color madera, el pelo negro y lacio, los bigotes ralos, filosos; su fastidio por abrir la boca. Juancho, hasta ahora no te doy las gracias por salvarme la vida, esa vez que naufragamos en el pongo.
--Qu? muerte para triste --dijo Dante--. En la selva, con los chanchos.
Fuiste valiente, lo reconozco. No dudaste en arriesgar tu vida por salvarme. Yo hab?a perdido el conocimiento, golpeado por un tronco o una roca al caer, y estaba hundi?ndome. Luchaste con los remolinos hasta agarrarme de los pelos y al salir del pongo me arrastraste hacia la orilla. Carg?ndome en brazos me llevaste a Camisea, donde el jefe Zorro Azul cur? mis heridas con hierbas milagrosas y pociones m?gicas.
Ahora est?s como antes. En la popa, aferrado al manubrio, oteas el cauce del r?o tratando de descubrir algo sospechoso. No te molestan ni el calor ni los insectos ni el hambre. Jam?s dices algo por ti mismo y ni siquiera miras a Maria Carla, que para ti debe ser una especie de gringa o europea.
?Cu?nto tiempo llevamos navegando, Maria Carla? Por nuestras ropas andrajosas, por nuestros aspectos deprimidos y caras aburridas, se dir?a varios meses. ?Pero no fue ayer al amanecer que salimos de Kiteni? Nos detuvimos al ponerse el sol. Partimos hoy d?a muy temprano y dentro de una hora llegaremos al pongo. En esta ?poca no ofrece peligros. No llevamos, pues, ni un d?a entero navegando; sin embargo... De esto no me atrevo a hacerte ning?n comentario porque no s? c?mo vas a reaccionar. ?Me dir?s loco, est?pido, paranoico esquizofr?nico? Aqu? no hay floreros para arrojarme, como en el hostal de Quillabamba; ni abismos a los que me puedas empujar como casi haces en el Huayna Picchu. En estos instantes hago un esfuerzo sobrehumano para controlarme y no botarte por la borda con una roca amarrada al cuello. Si Juancho no estuviese, si no fuera el ?nico testigo, hace tiempo que me habr?a librado de ti. La verdad, ya no te soporto. No aguanto m?s tus odiosas man?as de morderte las u?as y de fumar cigarro tras cigarro, como si fuera vital para ti tener siempre algo en la boca. Tus ojos verdes, que siempre me fascinaron, se me hacen ahora cruelmente antip?ticos. Como si ese bello color fuese un disfraz para ocultar algo repugnante escondido en tu interior. Tu cabellera negra, sedosa, ondulante, que all? en Lima tanto me erotizaba, ac? se me antoja la peluca venenosa de una gorgona. Tu risa inaudible, el tono de tu voz, tus movimientos, el perfil del trasero levantado, todo lo tuyo o relacionado contigo me provoca una c?lera sin l?mites y en cualquier momento, Kooona, en cualquier momento voy a perder el control.
Desde el Cusco nos siguen la pista los soldados, como un hechizo implacable nos acosa la sombra del Mayor Bertello y tus humores, alientos, sudores, tufos y emanaciones lo atraen como a un perro. En ese entonces cre? (?ingenuo!) que nos segu?a por ti. No pod?a saberlo: somos demasiado valiosos. Es soldado, pensaba, eso lo explica todo. T? guardabas silencio, tal vez tampoco comprend?as.
En Maranura estuvo a punto de capturarnos. La patrulla nos detuvo, el sargento chuto pidi? documentos, leyeron nuestros nombres en voz alta, silabeando, nos miraron fijamente -el sargento chuto y cinco m?s-, prepararon los fusiles y... nos dejaron ir.
En un principio no entend?, sorprendido y contento, crey?ndome astuto, pero en estos d?as, de tanto pensar, he llegado a la verdad. Bertello juega con nosotros como el gato con el rat?n. Atraparnos es lo m?s f?cil. Est? esperando que nos sintamos seguros, felices, perdonados, olvidado lo pasado y pensando en el futuro. En esos instantes de confianza y optimismo aparecer? con sus soldados desde cualquier parte, bajo el r?o, descolg?ndose de los ?rboles, disfrazado de nativo o de turista. Nos llevar? directo a la mesa de operaciones de la doctora Longa?o y repetir?n el tratamiento. Bertello no me permitir? cerrar los ojos cuando tengas que voltearte, usar la boca y todas esas cosas que aprendimos juntos, como ni?os inocentes, y que no haremos m?s. ?Qu? pasar? conmigo? No tengo la conciencia necesaria, los conocimientos suficientes ni la intuici?n debida para dar una respuesta. Si me matan ser?a un desperdicio. Por conversaciones con Dante y Wolfie me doy cuenta de alg?n motivo importante para no hacerlo, no s? por qu?. Todo parece tan absurdo a veces. Al final uno espera que acabe el libro o termine la pel?cula.
Lo sabemos, est?n muy cerca. En Quillabamba un tipo azotaba a su mujer en la Plaza de Armas. En Kiteni, un pastor arriaba a cuatro ni?as con cuerdas de cuero atadas a sus cuellos. En Bel?n una madre con el ni?o en brazos caminaba de rodillas. A veces tengo sue?os y te veo en una jaula como un animalito o amarrada a una cama. Quiz?s t? misma pones las cadenas, pero no quiero discutir. Ni siquiera voy a hablarte. Aunque estamos s?lo a dos metros y apenas debo elevar la voz -por encima del motor y del r?o- para llegar a ti, es como si estuvi?ramos a kil?metros de distancia. Si quisiera tocarte, mis dedos pasar?an a trav?s de ti, como por un esp?ritu. Si tuvi?semos deseos y el amor naciera nuevamente, ser?a in?til, transformados de pronto, sin saber c?mo, en un eunuco y una fr?gida. Todas las puertas est?n cerradas y no hay tel?fonos ni cartas ni autom?viles para destruir la distancia. Triste, ?no, Kooona?
--?Qu? c?mico! --dijo Dante, sin dejar de re?r--. En ese instante... Justo cuando...
--Ya c?llate, no me hagas acordar. Y no te burles. Le pasa a cualquiera.
--La cara que debi? poner... Me hubiera gustado verla. No, no creas, eso s?lo te pasa a ti.
Ya vamos a llegar a Mishagua, Kooona. S?lo falta cruzar el pongo que en esta ?poca no ofrece peligros. Ah? la vida es como hace siglos y espero cambien las cosas. Nuestra relaci?n, nuestras formas de pensar, nuestros rostros y cuerpos que aburren como novelas mil veces le?das.
Ah? se nos quitar? el gusto por el dinero, las comodidades, la ropa limpia y elegante. No habr? necesidad de cine, TV, revistas, libros, m?sica, helados, desodorante, reloj, drogas, porque bastar? el r?o, las estrellas, los insectos y los ?rboles. Viviremos en chozas de barro y paja y nuestros hijos se criar?n con chanchos y gallinas. Olvidaremos para siempre Lima, la Universidad, el Ej?rcito, el Hospital, la Iglesia y viviremos m?s de cien a?os sin temer a la banda de Wolfie. ?Ser? posible, Kooona?
Arrojas el humo desvaneciendo mis palabras y mueves la cabeza diciendo no. Ultimamente has perfeccionado tu capacidad para provocar mi c?lera. Desde un principio me desagrad? tu pesimismo; ?qu? pod?a salir bien si siempre dabas todo por perdido? En tus labios ten?as la frase que lo derrumbaba todo. Tus gestos eran de arrojar algo al water. Si ahora sonr?es despu?s de tiempo no lo haces de contenta, sino por burlarte de mis ideas, de mis actos, de m? mismo. S?lo el temor a volcar la lancha me hace controlarme y no ir donde ti para agarrarte a golpes. No quiero morir ahogado. T? ya no me importas, tal vez nunca me importaste. Pero yo...
--Siempre fuiste cobarde y ego?sta --dices sin abrir la boca--. Fuera del espejo en que te contemplabas no exist?a nada. Te cre?as autosuficiente, como si no necesitases de nadie m?s. Y mira c?mo has terminado. En una lancha a punto de hundirse, buscando un planeta fant?stico, junto a un hombre muerto. A m? no me cuentes. Yo estoy muy lejos. Lo que tus ojos ven es s?lo un espejismo para dar apariencia real a la funci?n. ?Quieres saber d?nde me encuentro en verdad? No, no voy a dec?rtelo, no me corresponde apresurar tu muerte. A?n te queda un poco de tiempo, pero ya no puedes hacer nada. Nunca hiciste nada. ?D?nde est? el art?culo? ?Y la tesis? Tus papeles han sido devorados por el r?o y pronto correr?s la misma suerte. Conv?ncete, Pablo Ernesto, siempre fuiste in?til. Hasta para el amor. S?lo pensabas en tu goce, tu placer, y nunca tuviste la delicadeza de controlarte o esperarme para que yo tambi?n pueda sentir. Confund?as el ardor con la brutalidad y mis gemidos no eran de satisfacci?n, como cre?ste, sino de dolor y pena. Ya ves, Pablo Ernesto; ahora sabes la verdad. No eres nada comparado con Jonathan. Ni siquiera con Bertello...
--Te la est?s buscando, Kooona, te la est?s buscando. Esta vez no va a ser como antes. No voy a golpearte con cari?o, como te gusta, sino de veras. No voy a jalarte el pelo simulando una conquista prehist?rica ni te voy a dar cachetadas para dejar leves marcas en tus mejillas. Te voy a dar con los pu?os, fuerte, y tambi?n con los pies. Pronto todo va a terminar para ti, Koona. Te lo prometo.
Dejamos de pensar, agotados, y por unos minutos nos distraemos contemplando la vegetaci?n exuberante, los nativos desnudos, s?lo tocados con penachos de plumas. Al dejar atr?s una curva distinguimos en las orillas kioskos de sandwichs y Coca cola helada.
--?Juancho, detente por favor! ?Para! ?Te doblo el sueldo!
Inflexible, sin inmutarse, sordo a nuestras s?plicas, Juancho no altera la mueca p?trea de su rostro y sin decir nada aumenta la velocidad. R?pidos como el rayo dejamos atr?s los loros multicolores, los ?rboles de pl?tano, los chifas del Barrio Chino, los jardines de la Universidad, las calles grises, los autos ruidosos, las tiendas con sus anuncios de ne?n y esa discoteca en Miraflores donde los tragos son malos, la atenci?n p?sima y la comida nauseabunda, pero donde todo el mundo va porque se puede fumar hierba y jalar coca?na. Desde las dos riberas, con taparrabos y pintura de guerra -verde, negro y amarillo- nos hacen se?as Miluska, Juanito, el doctor Revilla, el sargento Camacho, Mart?nez Laz?n y muchos m?s. Siluetas familiares, pero no alcanzamos a identificarlas por la rapidez con que se aleja el bote. Alguien me arroja un paquete de libros para entretenernos en el resto del viaje, pero sin fuerza suficiente. Aunque me pongo de pie y estiro los brazos, los libros caen a unos metros y se hunden con un apagado burbujeo. Nos miramos decepcionados, entristecidos, viendo c?mo quedan atr?s los ?ltimos recuerdos de la ciudad, las postreras manifestaciones de la nostalgia que pudieron -por un milagro, un acto incre?ble- librarnos de esta lancha angosta como una prisi?n; de las torturas del calor, los mosquitos, el hambre y la sed; del peor tormento: nuestros cerebros.
El paisaje ha vuelto a su mon?tona rutina y no queda ning?n vestigio de civilizaci?n, ning?n rostro conocido, ninguna reminiscencia que pueda alimentar nuestras esperanzas. El agua verde del Urubamba (ese verde lo tuvieron tus ojos alg?n d?a), fundida con el resplandor del sol, nos enceguece y confundimos las formas, los colores, los contornos, nuestras sombras y cuerpos. Extraviados, solos, indefensos, tratamos torpemente de juntarnos (como gatos reci?n nacidos), de darnos confianza, pero Juancho resucita en ese preciso instante y grita con voz de ultratumba:
--?No se muevan! ?Podemos volcar!
Quedamos in?tiles, inv?lidos, miedosos, amarrados. Nuestras vidas, nuestros destinos dependen de ese ser melanc?lico y taciturno que s?lo abre la boca cuando no debe. Estamos condenados a permanecer entre los bultos y costales, sin movernos ni cruzar palabra. ?Me oyes, Kooona? ?Puedo decirlo?: eres la culpable. ?Puedo asegurar que desde tu nacimiento, desde el divorcio de tus padres, desde que ese t?o empez? a chuparte los senos comenzaste a arrastrarme por el desag?e hasta dejarme morir entre cerdos?
Es in?til... No me escuchas. No quieres hacerlo.
--Qu? risa --dijo Dante--. Hasta las rucas te trataron como a un provincianito. Si en Lima eras lo m?ximo y te la dabas de pituco, en Puno la Carola te basure? como a un pedo del gringo Igor. Pobrecito. Qu? risa...
--No, Dante, eso no lo puedes saber. ?Qu? pasa? Hay algo raro aqu?. Hasta yo lo he olvidado, jam?s ocurri?, no hay manera de que puedas saberlo. ?Qui?n te lo dijo? ?Traici?n, traici?n!
Dante no para de re?r y cuando te le acercas dispuesto a cerrarle la boca se desvanece en ondas y volutas como si fuese un ser gaseoso. Quedas perplejo, desconcertado, buscando a tu alrededor, sonriendo como enfermo mental. Te pellizcas un brazo para comprobar que eres s?lido. Te rascas la cabeza, esos mechones erizados que apenas ocultan las cicatrices, y permaneces cabizbajo, triste, perdido en las preocupaciones.
A veces, cuando te veo as?, me dan ganas de abrazarte y de hacerte dormir acurrucado en mi hombro. Con ternura de madre secar?a tus l?grimas y susurr?ndote al o?do palabras incoherentes so?ar?as con angelitos y pajaritos de colores. Cuando estuvieras profundamente dormido tendr?a que hacer un esfuerzo enorme para soltar mi mano sin que te dieras cuenta. Caminar?a de puntas, apagar?a la luz y saldr?a de casa. Corriendo ir?a donde Jonathan para meterme a su cama y regresar al amanecer. Entonces abrir?as los ojos, so?oliento; te dar?a un beso y a dormir, toda la noche contigo.
Ya ves, Pablo Ernesto, todo cambi?. Lo pasado, lo construido con ilusiones, promesas, pactos y esperanzas ahora es polvo. Lo hemos perdido para siempre. Reci?n me doy cuenta: nunca perdonar? que hayas matado a Jonathan. No me enga?as con el tratamiento. Cuando lo hiciste actuabas por ti mismo. Te conozco. Vi tus ojos cuando clavabas el cuchillo una y otra vez. Estabas celoso. Ardiendo de rabia.
Siempre supe que morir?a pronto, era un hombre marcado, me cont? visiones: un gigantesco ?ndice lo se?alaba, pero jam?s se me ocurri? que t?... A ti tampoco se te ocurrieron algunas cosas. ?Ves? No se puede hacer nada. Tienes que seguir los movimientos nom?s. Ambos hemos sido sorprendidos y estamos por cometer el mismo error.
Si hubiera sabido que terminar?a en la selva, a tu lado, un chuncho m?s y tantas dificultades, no te habr?a buscado. ?Pero qu? pod?a hacer? Todo era tan distinto. Como si cosas que no han ocurrido en milenios sucediesen de pronto en segundos. A lo largo de la vida uno es varios seres diferentes, j?venes y adultos, humanos y animales, hasta plantas y objetos. Sent? el cambio cuando escap? de Bertello. Y despu?s en Machu Picchu. Lo s?, se siente en el aire, un nuevo cambio es inminente. No tengo miedo, aunque tal vez hay motivos para tenerlo. La selva es insoportable: me ahogo, la lancha es incomod?sima, tengo hambre, sed, sue?o y sue?o con un ba?o, el water blanco, fr?o, brillante, de m?rmol, mientras t? sue?as con el para?so al que nunca llegaremos porque el Mayor Bertello est? a punto de capturarnos.
La confusi?n hasta ahora te dura. En el C?rculo me viste sonriente, feliz, refulgente, orgullosa, y viste bien, pero no era cierto. Sabes bien de los experimentos de la doctora Longa?o. Est?mulos nuevos, reacciones in?ditas, actos jam?s imaginados. El trastoque del car?cter, la abolici?n de la iniciativa, el reinado puro del machismo. Te contaron que bailaba desnuda, me arrastraba en cuatro patas, tocaba la flauta. No hagas caso, Pablo Ernesto, quieren torturarte. ?Pueden tener culpa los t?teres? Ya no debes pensar en eso. Adem?s logr? recuperarme, lo enga??, pude huir y te busqu?. ?Por qu? no piensas en eso, mejor?
Crees saber la verdad, est?s seguro de muchas cosas, tomas las mentiras como si fuesen realidad. Cuando allanaron el departamento, se llevaron todo y quemaron los libros, yo ya estaba en poder de Bertello. Desde que me capturaron con Jonathan empez? la pesadilla. Lo del departamento fue para atraparte a ti; felizmente te hab?as retrasado. ?Felizmente? ?No fue prolongar la agon?a? Mejor hubiese sido que regresases antes, que nunca viajaras. Estas reflexiones no tienen ning?n sentido, lo s?, aunque quiz?s sirvan para el futuro, si se da una improbable situaci?n similar. Tampoco estoy perdiendo tiempo, el tiempo en s? ya es algo perdido. No intento convencerte de algo que nunca entender?s ni quiero justificarme. S?lo deseo hallar una raz?n l?gica para comprender c?mo he llegado a esta selva, a este r?o donde me siento tan absurda como un dinosaurio caminando por la Plaza San Mart?n.
Efra?n Juancho reduce la velocidad y acerca el bote a una peque?a playa de arena. El agua est? tan transparente que se ven los guijarros, las plantas, los pececillos y las ra?ces del fondo. El ruido ahuyenta algunas salamandras que, inmovilizadas por el calor, hab?an quedado incrustadas en el paisaje. El bote besa la orilla y se detiene suavemente, sin brusquedad.
--?Por qu? paramos, Juancho? ?Qu? pasa?
--Ya no aguanto. Aqu? me quedo. Quiero regresar.
--Mi nombre es Efra?n... El motor se ha recalentado. Comeremos mientras se enfr?a.
--?Falta mucho para el pongo?
--Me muero de hambre. Quisiera ?oquis, pizza, pastel de espinaca, vino tinto, queso gruy?re.
Son las once de la ma?ana. El sol, inm?vil en el cielo, clavado entre las nubes, perfora nuestros cr?neos con sus flechas. Avanzamos hacia un claro, sin alejarnos de la orilla, y los p?jaros y los insectos nos saludan con su concierto de gritos, cascabeles, sonajas y chillidos. El aire caliente, abrasador, nos impide respirar.
--?Falta mucho para el pongo?
--Pablo Ernesto, voy a orinar.
Maria Carla se interna en la espesura y de pronto tengo ganas de abandonarla, de obligar a Juancho a irnos en el bote y dejarla perdida para que se la coman las culebras o los j?baros reduzcan su cabeza. El motor est? tan caliente que no puedo ni tocarlo. ?Cu?nto deberemos esperar?
--?Falta mucho para el pongo?
Juancho me da la espalda sin responder y se dispone a preparar el almuerzo. Sobre la hierba extiende un trapo sucio a manera de mantel y distribuye en partes iguales la cecina, las yucas sancochadas y los pl?tanos. Luego enciende una fogata, no para hervir agua o cocinar algo, sino para librarnos de los mosquitos. Voy a la orilla con una cantimplora y en ese momento apareces t?, Maria Carla, abroch?ndote el pantal?n y acomod?ndote la blusa despu?s de dejar tu charco caliente al lado de un ?rbol, al instante capturado por las moscas. Juancho te mira de casualidad, sin inter?s; t? sientes su mirada y demoras exageradamente esos movimientos que alisan las arrugas y los pliegues del pantal?n. No te veo, pero s? que pasas la mano por el trasero con una calma exasperante. S? tambi?n que no lo haces para excitar a Juancho, que ni bola te da, sino para dejar esos rastros olorosos que Bertello encontrar? r?pidamente con su olfato de mast?n.
--El motor est? caliente --grito desde lejos--. Hirviendo.
Juancho no sonr?e y sigue distribuyendo las raciones del almuerzo. Sin escuchar mis palabras, te acomodas frente a tu parte y luchando con las hormigas negras, de potentes mand?bulas, devoras los sabrosos pero duros y salados trozos de carne. Parece llevas a?os sin comer. Chupas tus dedos y escupes con fuerza un trozo intragable. Cuando regreso con el agua ya has agotado tu raci?n y miras ansiosa la parte de Juancho. El come despacio, sin ganas, masticando interminablemente cada trozo con ese gesto de esfuerzo y dolor de cuando habla. Te mueres de ganas por quitarle un pedazo de carne o de yuca, pero no te atreves a estirar las manos. Me miras con esa expresi?n culpable que ahora s?lo me provoca risa y por un instante ans?o desaparecer entre el follaje. Dejarlos solos para que tomes la carne de Juancho y te la comas.
--No, Kooona, nunca m?s voy a darte gusto. Das risa con ese hilo de baba chorreando de tu boca y cogiendo con las u?as las migajas que disputas a las hormigas.
Yo tambi?n como lentamente, para darte m?s hambre, y compadeci?ndome de un mendigo te alcanzo la cantimplora para calmar tu sed y te laves esas manchas de sudor que te hacen parecer una india. Bebes dando largos tragos, haciendo un ruido como cuando pasa agua por el lavadero, y te refrescas la frente y la nuca. De nuevo buscas algo de comer, pero todo se ha acabado. Juancho, satisfecho, se ha recostado contra un ?rbol, protegido por la sombra del calor y por su piel dura, curtida, de los insectos. Quisieras caminar por la orilla, el r?o te llama con su suave murmullo, pero el sol te aplana y quedas junto a nosotros, a mi merced.
--Juancho... Juancho --insisto para sacarlo del sue?o--. ?Recuerdas esa vez con las nativas, en Monte Carmelo? Las que nos ofreci? el jefe para dormir bien.
Saltas hincada por un alfiler y, aunque quieres, no puedes dejar de escuchar mis palabras.
--Parece que fue ayer... Entraron y se desnudaron... Duras y suaves a la vez... Sumisas como orientales...
La rabia se te sale por los poros y no exploto en carcajadas s?lo porque deseo seguir hiri?ndote. Frunces el ce?o, tuerces la boca y las l?grimas brillan en tus ojos. Pobre, Kooona. Felizmente fuiste hija ?nica, si no tendr?as celos de tus hermanas. De habernos casado (?qu? optimista!), sospechar?as hasta de la sirvienta.
Me miras fijamente, esperando que contin?e, pero demoro en encontrar las palabras. Me es dif?cil reconstruir esos momentos, de pronto tan lejanos. Como si nunca hubiesen ocurrido... Aunque hace s?lo unos segundos tuve la impresi?n de...
--Por los menos quince a?os no voy a Monte Carmelo --dice Juancho, despertando de su letargo--. Desde que me peli? con el Mishcu por la Jacinta.
?Quince a?os! ?Tan viejos estamos? ?Qu? hemos hecho en este tiempo? Se ha ido sin sentir. ?No podemos volver atr?s, jugar algunos minutos de descuento?
Intento decir algo m?s, otro tiro de ballesta, pero se ha agotado mi arsenal. Tampoco es necesario. Te levantas tambaleando, trastabillando, cabizbaja, y te alejas hacia el r?o. En el frescor del agua alivias tus dolores. Permaneces unos segundos contemplando tu reflejo, gacela, cierva herida, y definitivamente no te reconoces en esa imagen movediza y vidriosa, de pelo alborotado y rostro sudoroso, hinchado por mordeduras de insectos.
"No soy culpable si algo nos persigue como sombras. El r?o transcurre incesantemente en un continuo fluir, no s? de d?nde viene ni ad?nde va, lo seguir? un trecho, ya lo he seguido antes, lo que hay despu?s no puedo verlo. Lo intuyo. Intentas aferrarte a algo, un amor, los hijos, dinero, libros, cualquier isla. En ambas orillas la vegetaci?n se sucede con precisi?n de rutina, como si el agua estuviese quieta y fueran las plantas las que avanzan sin cesar. En uno de los ?rboles Juancho se ha quedado dormido, los moscos modelan su silueta a diez cent?metros de distancia, incapaces de acercarse m?s. A veces, quiz?s por el calor, todo se detiene; hasta el horizonte se estanca en un vaho inm?vil. El cielo se junta con la tierra y nosotros dentro, el relleno del sandwich, el pescado entre rebanadas de pan. Ahora el viento silba una melod?a y sopla con fuerza, arrastra hojas secas, plumas perdidas, mechones, pelusas y semillas. Las nubes, en hilera rumbo al exilio, avanzan formando un sendero gris plomizo, como si fueran el rastro de un cigarro gigantesco. El mundo gira m?s r?pido. Siento claramente el envejecimiento de las c?lulas, el nacimiento de finas arruguillas. Las primeras canas brotan en mi pelo y la nostalgia de lo que se ha ido y no volver? jam?s comienza a aguijonearme. Mi ser se divide en im?genes superpuestas y cada reflejo emprende la carrera hacia adelante, ansioso por llegar al final".
--Juancho, ?falta mucho para el pongo?
Efra?n - Juancho - Palinuro se incorpora sobresaltado y de su boca se escapan todas las palabras que no ha dicho en su vida.
--Es tarde --dice--, hemos desperdiciado tiempo, no podemos atrasarnos, r?pido, r?pido, debemos recuperar lo perdido, ap?rense, mu?vanse, ?qu? esperan?, ?no me oyen?, ?r?pido, digo!
Incapaces de movernos vemos que Juancho, sin dejar de hablar, pose?do por la fiebre, se apura en llevar los bultos al bote, apaga el fuego con tierra, nos empuja para movernos entre gritos y exclamaciones.
"El motor debe estar caliente todav?a", pienso.
Me acerco, lo toco y quedo sorprendido pues mi mano toca hielo.
--?No puede ser!
--?Ap?rense! ?No podemos contrariar a la Historia ni al Destino!
--Quiero orinar.
--No, Juancho, ?qu? ocurre? As? no hablas t?. El Destino y la Historia no son nada para ti.
Urgidos por Juancho subimos al bote y cuando ?l enciende el motor comprendemos que las palabras est?n dem?s. Nos acomodamos entre los costales, como antes, y el paisaje -el r?o, la vegetaci?n- nos vuelve a tragar como p?ldoras. Juancho ha recobrado su calma natural. Los ojos le brillan con los rayos refractados en el agua, y escudri?a las curvas, las riberas, los remansos y remolinos. El bote avanza raudo, ni toca la superficie del agua.
--Vamos a llegar al pongo --dice Juancho.
--?Al pongo? ?No puede ser! ?No hemos pasado por Puerto Mainique!
Maria Carla ha encendido el ?ltimo cigarro con el ?ltimo f?sforo y de pronto rompe a re?r sin motivo alguno. Da pitadas profundas, consume cent?metros del cigarro, y r?e como hist?rica, a grandes carcajadas, abriendo la boca a m?s no poder y pareci?ndose a un drag?n por el humo que no deja de arrojar.
--?Loca! ?Loca! ?Siempre lo estuviste!
Las carcajadas retumban como una catarata y opacan el ruido del r?o y del motor. Su rostro se deforma en muecas horrorosas y todo su cuerpo se contorsiona en movimientos de epil?ptica.
--?C?llate!
Pero contin?a riendo. Sus u?as quebradas me se?alan y se r?e con tanta fuerza que de sus ojos brotan l?grimas. Trato de avanzar hacia ella, pero en ese instante Juancho grita, no s? si asustado o alegre.
--?El pongo! ?El pongo!
Incapaz de guardar el equilibrio, Maria Carla ha resbalado al fondo del bote y ah? contin?a retorci?ndose de risa y arrojando humo.
--?El pongo! --grita Juancho--. ?Justo al mediod?a!
Levanto la vista, impresionado por sus palabras, y compruebo con terror que el sol est? clavado en la mitad del cielo.
--?No puede ser! ?Nos demoramos m?s de una hora en almorzar! ?No puede ser!
Ahora la risa de Maria Carla parece un quejido y contin?a se?al?ndome con sus dedos sucios.
--T? tienes la culpa --le digo--. S?lo t?.
Ella contin?a burl?ndose y me le acerco furioso, decidido a estrangularla. No siento la velocidad, ni el viento golpe?ndome como tus pu?os, ni escucho la odiosa risa ni veo la angosta abertura frente a nosotros ni el agua turbia como la de una cloaca. Me arrojo sobre ti, incapaz de soportar tu risa, y nos golpeamos, nos pegamos, nos escupimos, me clavas las u?as en el rostro y yo te doy con las manos, con los pies y nos mordemos y nos insultamos odi?ndonos, pero nada de eso tiene importancia porque apenas entramos al pongo el bote se estrella contra un tronco y los tres volamos por el aire, caemos al agua y en el agua seguimos peleando hasta desaparecer y nuevamente aparecemos sin dejar de pelear y Juancho aparece y desaparece y vuelve a aparecer y nosotros sin dejar de pelear aparecemos, desaparecemos, desaparecemos...

Posted by jose-alberto at 11:03 AM EDT
Updated: Friday, 8 July 2005 11:05 AM EDT
Thursday, 7 July 2005
Hacia el Sur XXII
Jos? Alberto Bravo de Rueda


Manuel Ardiles Recavarren, (a) El Triturador, El Diablo Blanco, sigue caminando por calles grises y sucias; en invierno h?medas y difusas por la neblina, en verano ardientes y sofocantes por el calor. Ni primavera ni oto?o existen en Lima. Casi nunca llueve, por eso el cielo est? perpetuamente cubierto de nubes y tiene un color gris?ceo, de pelo de rata. Las nubes no son blancas, como en la sierra, sino plomizas; y tampoco semejan copos de algod?n sino una cortina vieja y ra?da que pretende ocultar intimidades de hotel. En las noches apenas se divisan algunas estrellas. La luna llena, cuando se ve, parece un forado en el cielo. Nunca hay arco iris, ni rayos o rel?mpagos, ni granizo ni nieve. S?lo algo de fr?o en invierno y algo de calor en verano. La neblina y la humedad persisten aun en los meses de calor, y las nubosidades bajas dan a la ciudad contornos de sue?o, de espejismo.
Manuel Ardiles Recavarren tiene calor, entonces debe ser verano. El sudor le chorrea por la frente y la garganta, deja negros surcos en la piel inflamada, rojiza, llena de ronchas por las picaduras de insectos. Lleva una casaca gruesa, color verde olivo, y quiz?s por eso siente calor. Sin casaca sentir? fr?o. Y si siente fr?o estamos en invierno. Si se saca la casaca sabr? en qu? estaci?n estamos. Pero si se la saca el Sargento Camacho lo castigar? por faltarle el respeto al uniforme. ?Qu? har?? Quedarse sin saber si es verano o invierno. Podr?a preguntarle a alguien pero... No, eso no funcionar?. Alza los ojos al sol y el astro le incinera las pupilas, lo ciega por unos minutos. Entonces estamos en verano porque en invierno no sale el sol. S?, en verano, definitivamente. Ha descubierto sus manos sucias, manchadas de rojo y naranja. Es la sangre que... No, no, es el jarabe de la raspadilla que acaba de engullir. Y s?lo en verano venden raspadilla. Hay hasta cinco colores diferentes de jarabe pero a ?l s?lo le gustan el rojo y el naranja. Como el sol en el cielo. Como el sol que poco a poco derrite su cabeza.
Manuel Ardiles Recavarren se remanga la casaca y en su antebrazo izquierdo se ve el tatuaje azul, casi oculto por las picaduras de los bichos. Cada noche, rendido de cansancio, busca alguno de los parques abandonados para tirarse a dormir. Esos parques que antes rebosaban de p?jaros y ?rboles y que ahora est?n resecos, llenos de yerba amarillenta y hormigas, chinches, zancudos, lib?lulas y garrapatas. Los insectos almuerzan con su piel. Dejan ronchas negras y moradas. Cuando ?l las hinca con las u?as segregan un punto de sangre.
Manuel Ardiles Recavarren est? rendido y se detiene un instante a descansar. Como siempre que llega a una bocacalle, una esquina o una intersecci?n, no sabe qu? rumbo seguir. Cuando puede pensar por s? mismo imagina una avenida gigantesca, recta, infinita. Una calle sin sem?foros, sin desv?os, sin subidas ni bajadas. Repleta de gente. Una calle como el Jir?n de la Uni?n, pero infinita. Lo que le aterra y le da p?nico es esa misma calle sin gente, s?lo para ?l. Sin nadie con quien conversar. Nadie para pedirle dinero o cigarrillos. Nadie a quien interrogar, acosar, asustar. Y luego, dominado por incomprensibles mecanismos, por fuerzas enigm?ticas y poderosas, su brazo se levanta, su pu?o se cierra en una masa s?lida, dura como granito, veloz como un jet. Gritos. Rostros tumefactos. Y el alivio final, como si orinara despu?s de meses. Manuel Ardiles Recavarren es un perro de ?sos que maltrataba Pavlov. Act?a por reflejo, por condicionamiento, s?lo que ?l no lo sabe. No sabe nada. Ni si es invierno o verano. S?lo conoce la ley del m?s fuerte. A punta de patadas el Sargento Camacho le ense?? que el que pega primero, pega dos veces. El mundo es de los poderosos, la mejor maestra es la Naturaleza. Si no quieres que te aplasten, ?apl?stalos t?!
?Apl?stalos t?! Inm?vil en la esquina; la barba y el bigote crecidos, disparejos; rasgu?ones y ara?azos en las mejillas; los ojos opacos y vidriosos; Manuel Ardiles siente la irreprimible necesidad de destrozar un rostro. Un rostro cualquiera, de hombre o mujer, de ni?o o adulto. Un rostro implorante, desfigurado por el terror, recorrido por las l?grimas. ?Apl?stalos t?!
Avanza decidido hacia una pareja que espera el ?mnibus. Ellos se han dado cuenta de sus intenciones. Lo miran con desconfianza y como ?l sigue aproxim?ndose cruzan la pista corriendo, sin soltarse de la mano. Manuel sonr?e, orgulloso de su poder. Los cobardes, los tontos y los d?biles le temen. No los persigue, no vale la pena. La necesidad de golpearlos no debi? ser real, no siente el menor indicio de un dolor de cabeza. Esos dolores le abren fisuras en el cr?neo y lo torturan hasta la n?usea. Se siente bien. Se siente bien a pesar del calor, la picaz?n en la piel y el mal olor que emana de su cuerpo como un esp?ritu nefasto. Sonr?e con los labios cuarteados y cruza la pista. Tuerce a la izquierda y contin?a caminando pegado a las paredes, para rescatar un poco de sombra.
Cuando ?l se acerca, la gente cruza a la otra acera. Lo se?alan con el dedo. Lo insultan. Le lanzan piedras. Los perros ladran. ?Enfermo! ?Loco! ?Comunista! Polic?as y militares le responden el saludo. Disc?pulo del Capit?n Bertello con los m?s altos honores, cuando el Ej?rcito asuma legalmente el Gobierno ser? Ministro, Diplom?tico o Agregado Militar.
Manuel Ardiles Recavarren sonr?e y prosigue caminando por las calles sucias y grises, casi desfilando ante una tribuna levantada de pronto, saludando a un arbusto de una sola flor y marcando el paso como un paral?tico o un gordo con polio, sin saber que marcha sobre una banda sin fin, inflexiblemente, por un camino trazado de antemano. No es casualidad. Una abeja revoloteaba desde hace un momento en su cabeza. Al fin pic?. La calle que tom? -o ella a ?l-... ha logrado reconocerla. Es la que bordea la Urbanizaci?n Residencial, camino al Parque Japon?s. ?C?mo ha podido recordarlo, ?l, que a veces tiene dudas sobre su propio nombre? Algo inusual le ocurre. F?siles extra?dos del Paleol?tico de su memoria est?n saliendo a flote; como icebergs, ocultan m?s de lo que muestran. Cree rememorar (?o fue s?lo una lectura, escena de alguna pel?cula?) una noche c?lida, de luna llena, en el Bosque de la Meditaci?n. Una mano suave y c?lida aferrada a la suya, crisp?ndose a cada croar de los sapos. El canto ululante de p?jaros nocturnos. Los d?biles crujidos del puente de madera; abajo el estanque con plantas flotantes y pececillos dorados.
No puede ser. Alerta roja. Toneladas de desmonte y desperdicios han destrozado y ocultado para siempre esas absurdas p?ginas rosadas. Si intentan revivir, los dolores de cabeza abren rajaduras en el cemento de la l?pida. Selvas enteras sepultadas. Ciudades gigantescas yacen sumergidas bajo oc?anos de aceite. A veces un fugaz perfil, un perfume familiar o una casual combinaci?n de detalles, que aislados ser?an insignificantes, despiertan remotos circuitos de vida, activan mecanismos antes normales, ahora prohibidos. Entonces toneladas de arena y roca caen sobre esa flor que, se da cuenta ahora, se resiste a morir. Y es ?l quien debe pisotearla cada vez que se mueven los p?talos o se insin?a su turbadora fragancia. Contradicci?n. Elementos opuestos, anulados. Intuye una revelaci?n en un lenguaje extra?o y desconocido. Como tratar de reconocer un rostro en un espejo que deforma y confunde las im?genes. Nuevas siluetas, nuevas sombras conforman el universo de su memoria. Un rumbo desconocido marca el mapa de su existencia. Terrores, fobias y p?nicos in?ditos han logrado desarrollarse como animales despu?s de un largo proceso de evoluci?n.
Y cuando los tiene enfrente, nerviosos, asustados, diminutos, sus brazos act?an solos, avanzan y retroceden para volver a avanzar con m?s fuerza. Primero ?l. Despu?s ella. Algunos no oponen resistencia, destruidos por el terror. Otros se defienden desesperados y responden m?s fuerte a?n, golpe por golpe y ?l tambi?n ojo morado; patada por patada, moretones en las canillas. Hasta el cansancio ese juego cruel y est?pido del dame que yo tambi?n te doy. Al final, si tuvo ?xito, es premiado con una agradable sensaci?n. Su vejiga no estallar?; sus ri?ones descansan. Ya no aguantaba. Despu?s de meses por fin puede orinar.
Como un moderno Frankestein, como un maniqu? hecho de diferentes cuerpos y distintas voluntades se sinti? por primera vez Manuel Ardiles Recavarren, (a) El Triturador, El Diablo Blanco, esa tarde en que se encontr? caminando por la calle gris y sucia rumbo al Parque Japon?s. Aunque no lo sab?a, iba hacia el parque. El caparaz?n que cubr?a y ocultaba su conciencia empezaba a resquebrajarse (imposible saber por qu?) y una luz tenue, a?n demasiado t?mida, empezaba a limpiarle el ?xido a esos engranajes que hab?an dejado de funcionar. Con temor supuso lo inevitable: una nueva transformaci?n era inminente. Un batracio h?brido metamorfoseado ?en qu?? Cambios totales lo asolar?an esta vez: piel, forma, cerebro, hasta quedar convertido en un nuevo ente.
La naturaleza, el medio circundante, juegan papel primordial en la evoluci?n (o involuci?n) de los seres. ?De qu? forma lo afectar?an los cambios bruscos de clima, la variaci?n brutal de fr?o y calor? ?Y la ausencia de flora y fauna? ?Esos monstruosos edificios de la Urbanizaci?n Residencial, gigantescos, color cemento, exactamente iguales, hogar de millones de millones de habitantes hacinados en cuartuchos del tama?o de una prisi?n?
Ya puede ver los rascacielos, ropa tendida en las ventanas y dramas de radionovela en cada piso. A la entrada de los edificios se hacina la basura, precioso bot?n para ratas, perros vagabundos, pordioseros y mendigos. Esos edificios lo oprimen, lo alteran, lo vuelven s?lido, concreto, p?treo, inhumano. ?La gente c?mo puede vivir? Y ?l, distinto, transformado, otro. Esto como una intuici?n solamente porque ah? estaba el problema, en apariencia imposible de salvar. ?C?mo hacer una comparaci?n? Es decir, con ?qu?? No hay una imagen n?tida, s?lo visiones confusas, imprecisas, falsas. En este nuevo devenir, en este flujo constante, no existe el pasado.
Y ya su cerebro gira alrededor de un mismo punto, como un disco atrapado en una raya. Y en la Escuela Militar el Sargento Camacho a punta de patadas le ense?? la regla n?mero uno: no es conveniente pensar. Y ?l -algo dentro de s?- estaba pensando ahora. Y pronto tendr?a su castigo.
Una violenta punzada le perfora el cr?neo y lo hace retorcerse de dolor. Tiene que sujetarse de la pared para no caer al suelo. Muy lejos, con un control remoto, el Capit?n Bertello manipula sus ondas cerebrales. Practica una especie de magia moderna patentada por la Doctora Longa?o. Como esos mu?ecos del vud? que, con alfileres clavados, hacen trizas al elegido a kil?metros de distancia. El Capit?n Bertello ha detectado un uso excesivo de las c?lulas pensantes y lo castiga con descargas el?ctricas y rayos l?ser. El Triturador tiene que arrodillarse y pedir clemencia, incapaz de soportar el suplicio. Los curiosos se arremolinan en torno a ?l, lo confunden con un epil?ptico. Lo se?alan; algunos intentan ayudarlo; otros esperan a que no se mueva m?s. El Triturador los odia a muerte. Cuando desea golpearlos, secuestrarlos, torturarlos, exterminarlos, el dolor cesa. Ya puede incorporarse. Persigue al m?s cercano, logra aplicarle un pu?etazo, un puntapi?. Los dem?s huyen despavoridos, incapaces de hacerle frente. Sus ondas cerebrales ahora marcan la frecuencia modelo. El Triturador r?e a carcajadas. El Capit?n Bertello le rasca las orejas y le da una palmada cari?osa en la frente.
Manuel Ardiles Recavarren, (a) El Triturador, el Diablo Blanco, contin?a caminando por esa calle gris y sucia que lleva al Parque Japon?s. No ve gente ni autos ni la mole de los edificios ni cemento ni nada. Enviadas desde el control maestro percibe las im?genes que el Sargento Camacho inoculara en la etapa de adoctrinamiento. Muchachas jud?as y cirujanos nazis. Pat? de ni?os para los cerdos. Un gordo cocinero corta los deditos de los esp?rragos, ?deliciosa ensalada! Hachas y bistur?es vs. pezones sin edad para el brassiere. Hipod?rmicas de aceite caliente. Concurso de qu? hueso desollado se infecta m?s r?pido. Ojos vaciados en copas de huevos duros. Molinillos. Sierras. Alaridos encajonados en el aire, concretos, corp?reos.
Manuel Ardiles Recavarren sonr?e, embriagado por una sobredosis de adrenalina, refrescado por la brisa que llega del mar y entretenido con los gallinazos: puntos negros, circulares, en el cielo de Lima. Desea seguir viendo los gallinazos, pero las proyecciones contin?an:
Miles de prisioneros esperan turno para una limpia y veloz decapitaci?n en la guerra chino-japonesa. A veces los cuerpos, descabezados ya, segu?an agit?ndose y revolvi?ndose en el suelo. Los guardias ten?an que rematarlos con enormes sables de samurai.
Filas interminables de condenados gozando con el aroma de los cerezos en flor y el reflejo de la luna en el r?o. Agujas y varillas ardientes de sauce, de la hoguera donde hirvi? el t?, clavadas en los ojos de quienes se negaron a ver la ejecuci?n de padres, hijos, esposa, esposo o hermanos. Los sapos que inspiraron los m?s hermosos haikus a los poetas de la dinast?a Hung, metidos vivos en bocas de soplones y delatores, obligados a ser engullidos entre riadas de v?mito. En el est?mago contin?an brincando.

Noche estival.
Sobre la flor del pantano,
Aletea una sombra.

Estacas de bamb? incrustadas en el vientre de mujeres embarazadas; el feto, las v?sceras, se descuelgan como sogas de pr?fugo. Cuerpos atravesados por las ratas. Tizones en las plantas de los pies. Descuartizamientos...
Manuel Ardiles Recavarren no puede reprimir las carcajadas, sepultado por una ola de verdadera felicidad. R?e con la estridencia, con el sadismo con que un curtido carcelario viola a un ladroncillo arrestado al robar por primera vez.
?Sensacional primicia! Im?genes de la prisi?n de San Fernando, California, U.S.A., c?lebre por esos casos que tanto llaman la atenci?n.
Un domingo, d?a de visita, Clarisse Bronx, de 18 a?os, hermana de uno de los presos, Phil Bronx, fue secuestrada por cinco reos de m?xima peligrosidad. La muchacha, retenida en una de las celdas, permaneci? en el penal hasta el mi?rcoles, cuando la encontr? uno de los vigilantes -casi muerta de asco e indignaci?n. En ese lapso soport? los caprichos y canalladas no s?lo de sus cinco captores, sino de todos los presos (previo pago, por supuesto). Tambi?n de su hermano. A Phil lo hac?an entrar de noche, sin luz, para que no la reconozca. Clarisse no pudo soportar el shock y termin? loca, adem?s contagiada de ven?reas. Phil jur? vengarse, pero un amanecer lo encontraron colgado de los barrotes de su celda. Se ahorc? con el fust?n de su hermana, fust?n que le arrebat? cuando estuvo con ella, y que guardaba como recuerdo.
Manuel Ardiles no puede dejar de re?r. Se le doblan las rodillas y hasta le duele el est?mago. Sus carcajadas son tan fuertes que atraen a gente de los edificios, amas de casa en ruleros, sirvientas de mandiles sucios, j?venes vagos, desempleados. El circuito que controla su jocosidad debe haberse averiado. Quiz?s el Capit?n Bertello se equivoc? de bot?n...
Otro caso, uno de los preferidos del Sargento Camacho. Pete Goodwin, m?s conocido como Butch (por "Butcher"), un veterano de Vietnam. En las selvas de Saig?n se acostumbr? al LSD y a esas mu?ecas t?rmicas que en el Ej?rcito tuvieron tanto ?xito. Al terminar la guerra recibi? la Cruz de Honor por defender su posici?n ante oleadas de enemigos. Parece que una noche se le fundi? el cerebro. Fue a casa de sus padres, donde adem?s viv?a su abuela materna. Salud? a todos muy cari?oso y le dijo a su viejo:
--Pa, ven conmigo, quiero hablarte.
Bajaron al s?tano. Apenas Mr. Goodwin dej? el ?ltimo escal?n, Butch le clav? en el vientre su cuchillo de reglamento. Sigui? acuchill?ndolo, por lo menos 20 veces m?s. Luego, con el lado aserrado, le cort? los brazos y las piernas.
La madre de Pete, extra?ada por el silencio y la demora, tambi?n baj? al s?tano. Lo que vio la hizo caer desmayada. Cuando despert? estaba en manos de su hijo. En su cuello el cuchillo aserrado empezaba a trabajar. Butch descuartiz? a su madre y ech? los restos a la estufa. Durante la reconstrucci?n, mientras "degollaba" a la mujer polic?a que representaba a su madre, Butch dec?a, llorando:
--I love you, mummy, I love you...
Pero ah? no acab?. Despu?s de dejar a sus padres, Pete se tom? un trago en "The White Whale" y de ah? fue a casa de su hermano. Jack Goodwin viv?a con su esposa y sus dos hijos, var?n y mujercita, en uno de esos apartamentos de Hill's Ave., frente a Tennyson Square. Cansado de usar el cuchillo, Pete, The Butcher, les dispar? a los cuatro con su fusil de asalto. A todos les dio en la cabeza (por su excelente punter?a tambi?n ten?a una medalla); aun as? vaci? la cacerina. Luego prendi? fuego a la casa.
A las pocas horas la polic?a lo captur? en su departamento. Lo encontraron haci?ndole el amor a Ginny, pelirroja y ojos azules, su mu?eca favorita.
Durante los interrogatorios le preguntaron por qu? hab?a dejado con vida a su abuela Dorothy.
--Ella tiene c?ncer --dijo.
Manuel Ardiles se revuelca de la risa. Sus carcajadas y chillidos espantan a los perros, los hacen aullar de terror. La gente, atemorizada, ya no se le acerca. Los curiosos de los edificios han cerrado ventanas y cortinas y ?l puede dar salida libre a su alegr?a. Nada como las ocurrencias del Sargento Camacho para levantar el optimismo. Ten?a raz?n, pensar hace da?o, malogra el h?gado y pone de mal humor. Por eso les proyectaban las pel?culas de los campos de concentraci?n. Para distraerlos.
Poco a poco, espaciadamente, como un tartamudo, va dejando de re?r. El calor sigue fuerte y despu?s de re?rse tanto le ha dado sed. Quiere tomar otra raspadilla. Busca a su alrededor, pero no ve a nadie. Misteriosamente, las calles han quedado desiertas. Apenas cada diez o quince minutos pasa un bus atestado de pasajeros. En los horribles edificios color arena s?lo ve ropa sec?ndose al sol, flameantes banderas de colores, ondulantes, pidiendo auxilio. El viento golpea las ventanas. Un beb? llora desesperado, tal vez de hambre. Pero no ve a nadie. Ni a un raspadillero. Tiene la boca seca, la garganta arenosa, los labios cuarteados. Las botas le pesan como plomo y cada paso aumenta su fatiga. Pero su ?nimo no ha deca?do. Por algo en la Escuela Militar lo hicieron marchar horas de horas, kil?metros de kil?metros con equipo de combate por el desierto. Elevaciones imposibles, montes verticales en los que deb?a sujetarse con la boca, incrustando la cabeza en la arena y casi siempre la ca?da de espaldas, el golpetazo, las risas del batall?n. O suaves dunas que de pronto tragaban soldado y fusil, violenta succi?n de pantano que dejaba arena hasta en los huesos. Kil?metros de kil?metros. De sol hasta despu?s de ponerse el sol cantando un elefante se balanceaba sobre la tela de una ara?a... Mont?culos y depresiones y siempre ese mismo color, el mismo color de los edificios de la Urbanizaci?n Residencial. Los mismos arenales de su infancia, asfixiantes, el sabor de la arena sentido hasta en los sue?os. Edificios iguales o muy similares a los de esa zona de Barrios Altos, s?lo que de distinto color, sucios y descascarados, con desconchaduras de cal y pintura antigua de un matiz irreconocible, manchados. Edificios de treinta familias por piso; ascensores malogrados; escasa luz; porteros ladrones y cucarachas en las cocinas. El ladrido de los perros en la noche y las discusiones cada ma?ana, con el mal humor del sue?o interrumpido por estridentes despertadores y la angustia del colegio y del trabajo en la oficina hasta entrada la noche. Los edificios de la Urbanizaci?n Residencial exactamente iguales a los edificios de Barrios Altos exactamente iguales a los edificios del Asentamiento Humano Micaela Bastidas exactamente iguales a los edificios de... ?Barrios Altos? Pero ?acaso ?l...? No, no, prohibido pensar. Los superiores siempre tienen la raz?n. De frente, ?march!
Despu?s de dar los cinco primeros pasos de ganso, saludando a un jefe imaginario, los dedos estirados hacia la sien derecha, como le ense?aron en la Escuela, Manuel se vio asaltado por un sentimiento inc?modo y extra?o. Algo potente e impreciso que lo hizo interrumpir su desfile, dejar de saludar, mirar a todos lados buscando aquello que lo molestaba. No es algo f?sico. En todo caso, invisible. Como una nube de gas t?xico que lo marea y trastorna; le provoca sensaciones desconocidas u olvidadas; lo hace sentir como en la convalescencia de un cambio de piel. No es un dolor cerebral provocado por orden del Capit?n Bertello. Ni un mal efecto del calor y la sed. Tampoco esa necesidad de golpear que lo asalta a diario, a la vista de determinados est?mulos, poderosa como la voluntad, angustiante como el corte brusco de alguna droga. Es algo distinto, m?s sutil, inexplicable, algo a la vez conocido y a la vez no. ?El recuerdo de un sue?o? ?Impresiones de una vida anterior? ?Telepat?a?... Algo que le impide seguir caminando. Que lo obliga a girar lentamente la cabeza bordeada de cicatrices hacia la derecha. Mirar hacia arriba. Descubrir que est? a las puertas del Parque Japon?s.
Cumpliendo ?rdenes ancestrales, repitiendo antiguos movimientos, volviendo a marcar las huellas en algo borradas sobre el suelo del laberinto, Manuel empuja lentamente la cerca de troncos y da el primer paso sobre el c?sped cuidado con verdadero primor por jardineros con manos de amantes perfectos. Si hubiese la posibilidad de un refuerzo musical se escuchar?a el trino de una flauta sugiriendo la tranquilidad en suspenso. Continuando por el pasto, evitando apoyar las botas sobre las piedras planas que organizan la senda, llega al Bosque de la Meditaci?n. Aqu? la grava menuda y las rocas pulidas, adem?s de los arbustos Zwiho, ayudan a liberar el esp?ritu de pasiones y deseos turbulentos. El alma, inundada de paz, revolotea en las alturas. ?Alerta roja! Se encienden y apagan las luces de un panel lejano. Primeros y segundos violines se unen a la flauta de la obertura y juntos retoman con mayor br?o la melod?a inicial. Atr?s quedan pinos, lirios, jazmines, ciruelos, nen?fares, crisantemos. Con inusitada delicadeza aparta de su rostro los mosquitos, empe?ados en a?adir su m?sica. Llega al sagrado aposento de la Casa de T?. Ha olvidado el calor y la sed; ansioso por cumplir el ritual de la absoluci?n, moja los labios en la Fuente Pura. Tiene que agacharse para cruzar la Puerta de la Humildad. Contin?a por la senda que marcan las farolas, ahora apagadas, y dominado por una imprecisa emoci?n llega al Recinto Principal. Qui?n pudiera librarse de las pasiones que atormentan, y dejarse iluminar por la Luz de las Virtudes de otro mundo. S?lo entonces, burlando la Muerte, se restablecer? la Pr?stina Armon?a. La alarma zumba como abeja ebria. El panel gui?a luces de todos los colores, como arbolito de Navidad. La percusi?n y los vientos entran insensiblemente, confundidos con el aire entre los ?rboles de hojas rojas y el chisporroteo de los p?jaros. Otra vez tiene que agacharse para cruzar la Puerta de la Humildad. Retoma la senda pisoteando el pasto, evitando las rocas planas y pulidas. Cruza el puentecillo, barandas curvas, pintado pero como si fuera de madera amarilla. A cada paso cruje. En el suelo faltan tablas y el agua se ve oscura, inm?vil. Pero est? clara, casi celeste, y una tenue corriente dibuja ondas en la superficie. Por entre las victorias regias y las hojas ca?das mira los peces color de oro. No. Los peces lo miran a ?l. Sus bocas protuberantes expulsan burbujas que explotan en la superficie, un mensaje en una lengua extra?a, tal vez un aviso, una advertencia, alguien despidi?ndose, una premonici?n. No entiende, y aunque sabe que es algo importante, no se desespera. De pronto, tan absorto en la contemplaci?n que ya no ve?a nada, queda desligado del mundo, desconectado de la realidad, fundidas sus turbinas cerebrales, desenchufado del tiempo, zafado como un hueso fuera de lugar. El viento se hace ahora huracanado, muy lejos estallan los circuitos de un computador, la orquesta explota en una violenta sinfon?a y entonces una mano caliente, suave, conocida en sus caricias, se aferra a la suya y una voz, una voz de pronto recobrada (nerviosamente tr?mula) triza y resquebraja sus o?dos:
--Sab?a que te iba a encontrar.

Posted by jose-alberto at 2:30 PM EDT
Updated: Thursday, 7 July 2005 2:38 PM EDT
Wednesday, 6 July 2005
Hacia el Sur XXI
Jose Alberto Bravo de Rueda

Iba a ser una semana de la visita a Zenon cuando Wolfie, muy nervioso, encontro a Dante en la biblioteca de la Universidad despues de una busqueda infructuosa por el "Solitario", la rotonda, las cafeterias, los salones de la Facultad y los talleres de Artes. No lo saludo. Le cerro en las narices el libro que estaba leyendo y lo hizo recoger sus apuntes. Luego lo arrastro hacia los jardines aleda?os a la capilla, esquivando a los diversos grupos de estudiantes.
--?Que tienes? ?Estas borracho?
Wolfie no respondi?. Continuamente volv?a el rostro hacia atr?s, asegur?ndose de que nadie los segu?a. Sus labios temblaban. Fum? dos cigarros seguidos. Despu?s de arrojar el segundo pucho y la ?ltima bocanada dijo:
--He descubierto algo importante.
Luego, ante la desesperaci?n de Dante, volvi? a guardar silencio. Soport?, sin pesta?ear, sin intentar una respuesta siquiera, las innumerables preguntas que Dante hizo. No por terco o un af?n infantil de mantenerlo con la duda, sino porque no ten?a en claro lo que iba a decir.
Dante empezaba a molestarse y lo amenaz? con irse.
--No, espera, es muy importante.
La curiosidad lo aguijone? y Wolfie lo condujo hacia la playa de estacionamiento. Caminaron hacia el carro de Lul?.
--Sube.
--Tengo clase.
--?Sube, huev?n!
Salieron por Riva Ag?ero y doblaron a la izquierda en La Marina, como yendo hacia Magdalena. Tantas cosas y ?l pensando en las clases. De repente le est? fallando la cabeza o ha tenido una pelea con Lul?. El sol, ya por caer en el horizonte, te??a el cielo de un intenso color rojizo, color que ir?a desti??ndose lentamente para dejar paso a las primeras sombras. Deb? quedarme en clase, ?por qu? le hice caso a este loco? Despu?s de todo, ?habr? sido buena idea traerlo?
--?Entonces fuiste donde Jackie? --pregunt? Dante.
Sin abrir la boca, Wolfie asinti? con un movimiento de cabeza. Sus ojos estaban fijos en el volante; de vez en cuando miraba por el espejo retrovisor.
--?Y bien?
Han entrado a Javier Prado. El tr?fico es tal que apenas pueden ir a 40 k.p.h. Wolfie, desesperado, enciende cigarro tras cigarro. Cada 30 segundos, con precisi?n cronom?trica, vuelve a consultar el reloj.
--Ojal? no lleguemos tarde.
--?Ad?nde?
--Ya ver?s.
Los detuvo una luz roja. Como si lo hubiese recordado de pronto, Wolfie dijo:
--El lunes empieza el receso.
--?Seguro?
--S?, es un hecho. Y t? sigues pensando en las clases...
Luz verde. La interminable hilera de autom?viles avanza a paso de tortuga. Las bocinas y los claxons graznan como p?jaros enloquecidos. Dante ha tenido mucha paciencia, demasiada, pero ya est? bien.
--Wolfie, ?d?nde vamos?, ?qu? pasa?, ?qu? has descubierto?, ?se trata de una broma? ?Habla ya!
Reci?n en Monterrico, en la Panamericana Sur, Wolfie dijo:
--Los he visto...
--?Visto? ?A qui?nes?
--Los fantoches...
--No entiendo.
--Capuchas blancas. T?nicas blancas. Todo blanco.
--Ah... ?De veras?
Parec?a tan absurdo, tan irreal. ?Y qu? hac?an ellos meti?ndose de cabeza al fuego? ?Cu?ndo aprender?n a no meterse en asuntos de otros?
--?Le has dicho algo a Zen?n?
--No.
--Debemos avisarle.
--?No! --repiti? Wolfie, esta vez molesto.
--Est? bien, c?lmate.
No hablaron m?s hasta pasar la garita. Kil?metros m?s all? Wolfie detuvo el carro y apag? las luces. Comenz? a observar detenidamente los autos que ven?an. Sus ojos azules chisporroteaban con fuego de kerosene. Estaban por acab?rsele los cigarros, y esto lo pon?a de mal humor.
--?Qu? hora es? --pregunt? Dante.
Wolfie volvi? a mirar el reloj, aunque segundos antes lo hab?a consultado.
--Siete y media --dijo.
Luego agreg?:
--Con un poco de suerte llegar?n a las ocho.
Dante solt? un ruido extra?o, como un globo desinfl?ndose o una culebra a punto de morir. Una vez m?s se arrepinti? de haberse dejado convencer. Estar?a en clase, justo un tema de inter?s. Y si van a suspender las clases con m?s raz?n. Wolfie est? loco. Lul? lo tiene trastornado. Imagina cosas, inventa historias, igual que los ni?os. Hab?a quedado con el Cojo en encontrarse en "El Solitario". Estaba tan concentrado en sus pensamientos que no se dio cuenta: Wolfie hab?a empezado a hablar. Sus primeras palabras se perdieron para siempre.
--... a casa de Jackie. No s? por qu? lo hice; recuerdo haber decidido que no iba a ir. ?Qu? me importan a m? los problemas de los negros? Pero ese d?a, m?s o menos a las seis, comenc? a sentirme intranquilo y nervioso, y eso que estaba con Lul?. A las seis y media la situaci?n era insoportable, como si un ser extra?o hubiese ocupado mi cuerpo y ya no hab?a lugar para m?.
"--?Qu? te pasa? --me pregunt? Lul?.
"--No s? --le dije--. Es extra?o. Me siento como... como ustedes las mujeres con la menstruaci?n.
"Lul? se ech? a re?r, me sirvi? un trago e hizo lo imposible por cambiarme el humor. Fue in?til. Estaba pose?do, te digo. Alguien manipulaba mis movimientos, hasta mis ideas; una fuerte interferencia anulaba mi voluntad. A un cuarto para las siete le ped? las llaves y corr? a casa de Jackie. Tuve suerte: la encontr? justo cuando iba a salir. Estaba apurada y se sorprendi? mucho, demasiado, al verme.
"--?Wolfie! ?Qu? haces aqu??
"--Jackie, tiempo que no nos vemos... ?Qu? tal si conversamos?
"--Ohhh... ?ahora? Imposible. Ven otro d?a, ?s??
"--?Vas a alguna parte? Te acompa?o.
"--?Nooo! Quiero decir... gracias, Wolfie, pero es un asunto personal, ?entiendes? Ma?ana... Cuando quieras... Ll?mame por tel?fono.
"Se acerc? a la ventanilla --yo ni siquiera hab?a bajado del auto- y cari?os?sima me dio uno de esos besos h?medos y carnosos que ponen est?pidos a los hombres.
"(Dicho sea de paso, Jackie es de esas mujeres que consigue lo que quiere con los besos, y hasta lo que no quiere con algo m?s).
Dante, que tantas veces se hab?a encerrado mentalmente con ella en uno de esos salones de la Facultad de Letras, asinti? silencioso, muri?ndose de la envidia.
"Cuando reaccion? ya ella hab?a subido a su auto, un Volvo de ?sos que ahora han prohibido importar. No me di por vencido -es decir, el ser que me gobernaba- y la segu? hasta ac?. Al rato lleg? otro carro, un Mercedes blanco. Sonaron los claxons, pesta?earon las luces y partieron. Entonces...
Wolfie dej? de hablar, un cami?n sin luces le hab?a llamado la atenci?n. Permaneci? observ?ndolo, los ojos azules iridiscentes, hasta que se alej? traqueteando, chirriando, desarm?ndose. Wolfie volvi? a mirar el reloj.
--Y... --dijo Dante.
--Nada. Los segu? tambi?n, pero al rato los perd?. Sin que me d? cuenta entraron en una de las playas...
--?Y eso es lo importante? --lo interrumpi?, molesto por su clase de Antropolog?a.
--Escucha: esa vez los perd? pero el martes, no, otro d?a, segu? a Jackie hasta ac?. Tambi?n vino el Mercedes y los segu? hasta una de las playas de Lur?n. Por momentos cre?
estar so?ando. La cruz en llamas... las capuchas... igualito que en el cine. No me qued? ni cinco minutos porque me dio un miedo terrible. Solo no puedo hacer nada. Por eso te ped? que me acompa?aras.
--?Me pediste?
--As? me siento m?s seguro.
Con las ?ltimas palabras Wolfie ha deslizado la mano hasta la guantera. Ahora empu?a un rev?lver plomo, antiguo pero aceitado y pulido, de ocho tiros. Dante mira el arma fascinado y sorprendido. Se lo pide con ese gesto suplicante con el que un ni?o le pide un juguete nuevo a su compa?ero. Ya con el rev?lver en sus manos lo pes?, lo acarici?, hizo girar el tambor, apunt? a un enemigo imaginario.
--Wolfie, ?es cierto cuanto dices?
Qued? paralizado por unos segundos antes de responder:
--?C?mo no va a ser cierto, est?pido? ?Qu? crees?
Le arrebat? el rev?lver, volvi? a guardarlo en la guantera y se pas? la mano por la frente para secarse el sudor.
--Aqu? vienen --dijo.
Llegaron casi al mismo tiempo. Primero el Volvo celeste que Dante tantas veces hab?a visto en la Universidad, y al que tantas veces -sin lograrlo- dese? subir. Luego el Mercedes blanco de lunas polarizadas. Sobrepar?. Se escucharon las bocinas y reanudaron la marcha. Wolfie encendi? el motor y fue tras ellos.
--?Crees que ir?n al mismo lugar?
--No. Son muy cuidadosos.
--?Cu?ntos viste?
--No s?... treinta, cuarenta, quiz?s m?s.
--Acelera. Se est?n alejando.
Imposible saber cu?ntos van en el Mercedes. Jackeline s? va sola. Seguro lleva la t?nica y el capuch?n escondidos en la maletera. Son fan?ticos, capaces de todo; habr? que tener cuidado. Qui?n hubiera pensado que Jackeline... la hermosa Jackeline... la despampanante Jackeline...
S?bitamente paranoico, Dante observa angustiado los veh?culos que circulan por la carretera. Son autos grandes, lujosos, car?simos. Toman las curvas con las llantas chirriando, sin disminuir la velocidad.
--Tal vez todos sean de la secta --dijo Dante.
--Puede ser... Son gente de plata. ?No hay m?s cigarros?
--Se acabaron.
--Si nos descubren nos matar?n.
--No es necesario que lo digas, Wolfie.
--?Tienes miedo?
--Me cago de miedo.
--?Quieres regresar?
Dante lo mir?, comprendiendo la trampa.
--Quiero, pero ya es tarde. Vamos nom?s.
--?No hay m?s cigarros?... Nos matar?n como a jud?os, como a chinos, como a indios. En Estados Unidos herv?an en aceite a los negros para que se les aclarase el color... ?No hay m?s cigarros?
--?Crees que Jackie ser?a capaz de matarnos?
Wolfie lo mir? asombrado.
--Ni lo dudes. Sus leyes son claras. Matar?a a su propia madre.
--?C?mo sabes tanto?
--Me he estado informando. Estamos con la soga al cuello.
Dante trag? saliva.
En los kil?metros que dur? la persecuci?n, no volvieron a intercambiar palabra. Wolfie continu? pidiendo cigarrillos, pero Dante, los ojos fijos en los veh?culos, no le hizo caso. Imperceptiblemente el temor hab?a ido gan?ndolos. Ya no jugaban a polic?as y ladrones; ahora el riesgo eran sus vidas. Si bien no les costaba nada olvidarse del asunto y dar marcha atr?s, no consideraron nuevamente la posibilidad. ?Para demostrarse a s? mismos que eran valientes? Quiz?s. O todo este enredo era una farsa que ellos deseaban desenmascarar. O una espina en la planta de sus pies.
Sea como fuere, meses m?s tarde, cuando crearon sus propias organizaciones, separados por diferencias insalvables, tuvieron que agradecer la experiencia que les dio el combatir al Klan. Ya para entonces eran pr?cticamente enemigos. No llegaron al enfrentamiento f?sico, con pu?os o armas, quiz?s eso hubiese enfriado los ?nimos. La tensi?n se concentr? en el plano de las ideas. Un antagonismo intelectual que no pudieron superar.
Tambi?n es cierto que Dante, asombrado por la iniciativa de Wolfie, herido en su orgullo al ser relegado a segundo plano, comenz? a incubar cierto resentimiento que quiz?s fue el germen de la posterior escisi?n.
Dante, desde que vio y toc? el rev?lver de Wolfie -que a su vez lo hab?a heredado de su abuelo-, dese? tener el suyo propio. Pronto logr? satisfacer este anhelo, ayudado por misteriosas conexiones que nadie -ni Pablo Ernesto- pudo descubrir. Al desear un rev?lver, Dante no actuaba por capricho o moner?a, como Wolfie crey? en un prinicipio, sino -como ya lo hab?a intuido- por verdadera necesidad. Aunque muy pocos lo sab?an, hab?a empezado la guerra sucia. Dante tendr?a verdaderos motivos para sentirse en peligro. Por sus ideas, por sus palabras, por sus acciones. Un rev?lver no era mucho, pero daba algo de seguridad.
--Ah?. Han doblado.
--S?. Los veo.
El Volvo y el Mercedes se internaron por uno de los senderos que conducen a la playa. Ellos siguieron de frente, luego dejaron el auto. Avanzaron hasta la orilla del mar y, borde?ndolo, arrastr?ndose por la arena h?meda y escondi?ndose entre la rala vegetaci?n, buscaron el lugar donde se celebrar?a la ceremonia. Estaba tan oscuro que apenas se distingu?a la espuma blanca en la reventaz?n de las olas. El viento h?medo y la brisa marina les golpeaban los rostros, raj?ndoselos con finos y aguzados latiguillos.
--Hace fr?o.
--Shhh.
--?Qu? playa es ?sta?
--Baja la voz.
--?Qu? playa es?
--Conch?n... creo.
--?La misma de la otra vez?
--No. Ya no hables.
Dos siluetas silenciosas, algo torpes, reptando por la arena impregnada de algas, yuyos, guijarros, malaguas destrozadas y caparazones descascarados. No hay luna; mejor. Las estrellas son puntos diminutos, demasiado lejanas, imperceptibles. El mar ronca como un viejo durmiendo. Las dos siluetas han llegado al pie de una loma. Ocasionalmente les llega el ruido vibrante de alg?n motor. Son autos que transitan el sendero; nuevos invitados llegan a la reuni?n. Wolfie le ordena esperar a Dante y sube por la peque?a loma. Inmediatamente est? de regreso.
--Ah? nom?s --dice--. Todav?a en los preparativos. Tendremos que esperar.
--?Qu? hora es?
--Shhh. No hables.
Dante debi? quedarse dormido porque de pronto Wolfie estaba jalone?ndolo del brazo. Crey? escuchar el mar, pero no, imposible, el mar no canta. Y era un canto lo que percib?an sus o?dos. Grave, oscuro, l?gubre, aunque melodioso. La lengua parec?a extranjera. Detr?s de la loma, que Wolfie est? ascendiendo, se adivina un intenso resplandor que ilumina parte del cielo. Por la orilla deambulan las ara?as de mar. Dante se siente indispuesto.
--Pssst. Sube.
Es la voz casi inaudible de Wolfie.
--Ap?rate.
Con arena hasta en los ojos, Dante sube donde Wolfie. Le est? comenzando a doler el est?mago.
--Mira --dice Wolfie--. Con cuidado. Es alucinante.
Dante contiene una mueca de dolor y asoma la cabeza, los pelos trinchudos, por encima de la loma. No puede ser. Todav?a est? durmiendo. Con ojos desorbitados ve la cruz en llamas. Los fantasmas cantan, tomados de las manos, formando un c?rculo perfecto. Son bastantes; nunca imagin? que pudieran ser tantos. Dentro del c?rculo una silueta alta, blanqu?sima, ocupa el centro. A sus pies apenas se distingue un bulto oscuro, informe, movedizo.
--Incre?ble --dice Dante, moment?neamente olvidado del dolor--. Incre?ble.
--Y Jackie con ellos...
Se miraron a los ojos, sin hablar, como si de pronto hubieran descubierto algo m?s terrible que el espect?culo ante sus ojos. Entonces Dante record? esos rumores esparcidos en la Universidad el a?o pasado. Un alumno de Derecho organizaba fiestas donde todo el mundo iba disfrazado, perd?n, vestido de nazi. En una pared colgaba una bandera gigantesca con la sv?stica. Adem?s retratos de Hitler, Franco, Mussolini, Hess, Borman, Eichmann... toda la galer?a de hombres ilustres que injustamente condena la Humanidad. En ese entonces no lo crey?. Sonaba tan absurdo. ?Y ahora? Ahora cre?a en los ?ngeles, en la sangre de Cristo, en el himen intocado de la Virgen.
--All? --se?ala Wolfie.
El bulto amorfo se revuelve en la arena, a los pies del L?der. Ahora lo ven, es un ni?o o una ni?a. Est? desnudo. Su cuerpo oscuro parece una sombra. En los breves momentos en que el c?ntico se aplaca es posible escuchar sus gemidos, su llanto implorante que enardece m?s a los verdugos. Con los pies atados y las manos a la espalda, se revuelve como gusano tratando de librarse de sus ligaduras.
--Es el sacrificio --dice Wolfie--. Infaltable en cada ceremonia.
--?Sacrificio? ?D?nde estamos?
--Shhh. Silencio.
--Debemos hacer algo. No podemos permitir...
--Quieto, imb?cil. ?Quieres que nos maten tambi?n?
El rostro de Dante se contrae en una mueca de dolor; siente que le est?n perforando los intestinos. Los calambres en el est?mago le provocan n?usea. La cabeza le zumba y una fuerte opresi?n le contrae la cabeza.
--Quiero vomitar.
--Calla. Est? hablando el L?der. ?Esa voz!
Confundidas con el romper de las olas y el crepitar del fuego, aisladas, esparcidas, alejadas por el viento, les llegan las palabras del L?der. No habla. Es un c?ntico, una oscura letan?a la que sale de su boca. Una melod?a lenta, de escasas notas en las que se asientan las palabras, t?trica como un sepulcro, con la profundidad de las entra?as de la tierra.
Mientras el L?der contin?a su pr?dica y su capa ondea victoriosa en el aire, un espectro act?a como su reflejo. Imita sus movimientos. Alza los pu?os amenazadores. Proyecta a la sombra emanada del fuego la cruz de su cuerpo y sus brazos. Muy cerca a ?l Wolfie cree reconocer la figura de Jackie, a pesar de la t?nica y la capucha. Esos movimientos de bailarina los reconocer?a con los ojos cerrados. Como con rayos X penetra la tela blanca y distingue el pelo rubio, los ojos claros, la piel de un tono lechoso. Su expresi?n, absorta, est? concentrada en el L?der. La respiraci?n agitada revela su impaciencia por comenzar el sacrificio; impaciencia que consume a todos los miembros del Klan. Junto a ella se advierte un ser extra?o, big?nere, marimacho, mitad tit?n mitad ninfa; los ojos como peque?as canicas a trav?s de la capucha, fijos en la cruz que arde sin consumirse. Mientras, el L?der contin?a su mon?logo.
--Esa voz --repite Wolfie.
--Ya no aguanto.
Dante se hace a un lado, se coge la frente y entre arcadas y convulsiones arroja un l?quido espumoso y amarillento que se empoza en la arena. Suda fr?o. El esfuerzo por seguir arrojando lo hace quejarse, retorcerse, tiritar.
--?C?llate! ?Qu? te pasa?
Dante se mete el dedo a la boca.
Entonces un silencio impresionante, m?s potente que cualquier estr?pito, absorbe todo ruido y anula las ondas sonoras. Ya no se oye el canto del L?der, ni los quejidos de la presa, ni el silbido del viento, ni el crepitar de los le?os ni la reventaz?n del mar. No se oye nada. Ni la respiraci?n acelerada de Wolfie ni los esfuerzos guturales de Dante.
Extra?ado por tan profunda calma, Wolfie se asoma lentamente. Un balazo casi le destroza la cabeza.
--V?monos --grita, verde de terror.
Coge del brazo a Dante, que apenas escuch? el disparo se sinti? mejor, y juntos se deslizan bajando la loma, se arrastran por la orilla moj?ndose y corren tratando de llegar al carro. Wolfie mira hacia atr?s y ve una mancha blanca que los acosa con gritos, insultos y ahora disparos y objetos indefinidos que zumban muy cerca y se estrellan en la arena, salpic?ndoles la cara con restos de conchas y cangrejos. El agua est? helada. Los demonios puntiagudos, veloces, implacables como una pesadilla, desplegados en forma de abanico, les pisan los talones. Los matar?n peor que a negros y reci?n a la semana el mar varar? sus cuerpos hinchados, morados, irreconocibles por la descomposici?n y los mordiscos de los peces.
--La pistola --dice Dante, apret?ndose el h?gado.
Dominado por el p?nico, Wolfie ha olvidado por completo el rev?lver. Las palabras de Dante fueron como una revelaci?n. Mete la mano al bolsillo del saco y el peso del arma le devuelve la confianza. Se detiene. Gira. Sin apuntar, dispara. Otra vez contra ese bulto blanco que le dispara tambi?n. Algo le alborota el pelo casi rubio. Se agazapa. Sigue disparando, esta vez con m?s cuidado, tratando de controlar el temblor. Dispara y dispara. La oleada blanca se detiene; algunos dan marcha atr?s. Wolfie busca a Dante, pero no lo encuentra, est? solo, ?lo ha abandonado! Un disparo m?s contra ese fantoche que sigue avanzando. Maldito Dante. Cobarde y traidor. Otro tiro. Los fantasmas se aproximan y ese ruido, ese ruido tan familiar que conoce muy bien... ?La bocina! Dante no ha huido. Ha prendido el motor y lo llama desesperado con el claxon. Dante, bendito seas. Empieza a correr. Sin detenerse dispara el ?ltimo tiro y se zambulle por la ventanilla en el auto que Dante ya ha hecho avanzar. Saltan en segunda como un potro desbocado, el fierro a fondo y 100 kil?metros por hora, derrapando en las curvas, a punto de desbarrancarse, a punto de estrellarse contra un poste, contra otro carro, contra las cruces a un lado de la carretera, contra esas casas de quincha y adobe que nunca terminan de construir...

Posted by jose-alberto at 1:36 PM EDT
Updated: Wednesday, 6 July 2005 1:45 PM EDT

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