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Monday, 20 June 2005
Hacia el Sur X
Jose Alberto Bravo de Rueda

Salimos del hotel en la calle Suecia y caminamos dos cuadras hasta la Plaza de Armas. En el reloj de la Catedral iban a ser las once. El cielo tenia ese color celeste estampa de angeles, santos, apostoles y querubines. Las nubes blancas, muy bajas, como helados de crema, coronaban los peque?os cerros que rodean la ciudad. El sol brillaba intensamente y te hacia cerrar los ojos, confiar en mi como lazarillo, protegido y oculto tras los lentes oscuros.
Como siempre, deseabas detenerte en los portales para ver los aretes, los collares, los chalecos, las chompas, las pinturas, -incapaz de reprimir ese impulso turistico que te dominaba, como si no tuviesemos ningun problema, ninguna preocupacion- pero yo no te deje.
--Debemos tener cuidado --dije.
Te lleve por Plateros y una y otra vez fuimos y vinimos por esa calle, sin decidirnos adonde comer. Tu solo querias un cafe y un pan con queso, otra vez asaltada por esa repentina falta de hambre que ultimamente te devastaba. Yo, en cambio, deseaba menu completo: sopa, segundo, pan, postre y te porque la noche anterior no habia comido nada y en esos momentos me moria de hambre. Deambulamos hasta ver dos soldados que patrullaban la ciudad. Entonces entramos al restaurante mas cercano y buscamos la mesa mas apartada.
Estabas triste. Quizas extra?abas Lima; quizas ansiabas algo que yo no te podia dar. Hablabas poco, menos que nunca, y ya no sonreias. En cualquier parte, en el tren, los restaurantes, los hoteles, en la calle, las tiendas, pe?as, mercados, iglesias, pollerias, discotecas, quedabas repentinamente inmovil, la mirada perdida, fija en algo que solo tu veias; hipnotizada por esa realidad ajena a todo, menos a ti, permanecias como muerta quince o veinte minutos; quizas hubieras permanecido asi una eternidad si yo no te toco un brazo o te doy un beso que los dos sentimos mas frio que el agua de los nevados.
?Que pasaba por tu mente en esos momentos? Llegue a ofrecer una pierna, un ojo, por saberlo. Quizas no te habias recuperado del todo y tu cerbro aun sentia los efectos del tratamiento. Porque yo tampoco estaba restablecido. Los terribles dolores de cabeza, esos insoportables aguijones en las sienes, aunque con menos frecuencia, aun se repetian. Y esas horribles visiones de judios en Treblinka, los interminables desfiles de los ejercitos o el hedor de carro?a humana se confundian con la realidad inmediata y verdadera (la que parece serlo), como me paso al bajar del tren, cuando llegamos de Arequipa.
Eran las ocho de la noche y despues del viaje de veintidos horas solo queria comer y dormir. Te arrastre como un paquete hasta la puerta del vagon y me hice a un lado para que bajes. Al poner el pie en la escalerilla, sujetandome para contrarrestar el peso de la mochila, no vi viajeros ni maletas ni guardias ni cargadores ni taxistas ni vendedores ni empleados de Enafer. Claramente (no tenia necesidad de tocarlos) vi hombres esqueleticos, de apariencia reptil; mujeres huesudas, rapadas a coco; ni?os morados de hambre, ccon rostros de pesadilla, desfallecientes, incapaces de tenerse en pie. Todos desnudos, esperaban la clasificacion para ir a las duchas, los campos de trabajo o a las camaras de gas. Los nazis con metralletas y perros imponian orden. Mordiscos, culatazos, disparos. Musicos de la S.S. ejecutaban una pieza de Mozart. Los oficiales del Kommando daban las ordenes mordiendo las palabras y hasta el horizonte se veian las enormes filas de gente polvorienta, desahuciada, empavorecida; hasta el horizonte se escuchaba ese quejido sordo, en apariencia lejano, desprendido como cinta adhesiva de las miles de bocas pastosas, cuarteadas y sin dientes.
Estuve a punto de caer. Tu, sin darte cuenta, ta habias alejado ya unos metros. Sin darte cuenta, viajaste en un furgon de reses y ahora ibas a trabajar en las fabricas de colchones de pelo o a calentar, por dos o tres noches solamente, las camas de los oficiales. Quise gritar, llamarte, advertirte, pero en ese instante un soldado me empujo con su fusil y yo voltie para escupirlo porque repentinamente me senti heroe, sin embargo al dar la vuelta, con el escupitajo entre los dientes, no vi soldado alguno sino solo un comerciante y tampoco me empujaba con un fusil, que no tenia, sino con su maleta mal cerrada llena de cachivaches y cortes de tela. Atras de el aguardaban varias mamachas con sus bultos, molestas porque yo no terminaba de estorbar.
--Baje, pues.
--Apuray, papachu.
No, no estabamos en Polonia ni en Checoslovaquia ni en la Alemania de 1942. Estamos en...
Salimos del restaurante. Yo, satisfecho y de buen humor por el almuerzo suculento. Tu ni tomaste el jugo de naranja que te pedi especialmente y apenas si remojaste el pan con mantequilla en la taza de cafe. Desde hace dias no querias comer. Ni el frio ni la lluvia te abrian el apetito y yo no me preocupaba. "Mejor. Asi ahorraremos". Pero lo que no gastabas en comida lo despilfarrabas en postales, aretes, llamitas, dioses de piedra, mu?ecos de ceramica, pajaritos de metal, medias de alpaca, fotos de Martin Chambi, falos de hueso, ceniceros policromos, mu?ecas de trapo, cuentas de mostacilla, replicas de Machu Picchu o Sacsayhuaman, amuletos para la buena suerte (crrucifijos, huayruros, astas de taruca o colas de zorro) o cualquier otra tonteria que un ni?o traposo o una chola apestosa te ponia frente a los ojos.
--No podemos gastar tanto, Maria Carla.
Pero no me hacias caso. Sorda y ciega a mis ruegos, advertencias y amenazas, con una confianza y un dominio de ti misma que jamas tuviste o que nunca te conoci, caminabas con rapidez asombrosa, sin sentir la altura, dejandome rezagado y exhausto. Entrabas y salias de las tiendas y los campos feriales, te internabas por estrechos callejones, girabas como un remolino alrededor de los parques y te metias entre la gente con el afan del ciego que recupera la vista y quiere verlo todo. Sin pensar en los soldados ni en los policias te exhibias como si compitieras con las gringas, brasileras e italianas. Movias el trasero como si caminaras sobre goma. Inflabas el pecho para que crezcan tus senos diminutos. Mirabas a todos (menos a mi) agitando las pesta?as, pololeando; y sin darte cuenta cambiabas por momentos tu forma de hablar. El dejo de tu voz se convertia en una mezcla del chileno y argentino, contagiada seguramente por los cientos de turistas que conocimos desde Arequipa, y hubieron dias, dias enteros en que estuve convencido de que no me acompa?abas tu, sino un ser nuevo y desconocido. Sin embargo jamas senti la alegria que esto hubiera podido depararme, sino el hastio y el cansancio que agobian a una pareja despues de cuarenta a?os de matrimonio.
--?Te acordai onde queda la tienda de artesania esa, onde vimo el sombrero negro de pa?o, ese sombrero tan exquisito? --preguntabas.
Yo torcia los ojos, luchando por controlar el mal humor, y sin mirarte por miedo de no reconocer tu rostro, respondia:
--Aqui a dos cuadras. En la feria de la calle Sol.
Pensabas unos segundos, mordiendote la u?a del dedo indice, y luego decias:
--Tenei razon, che. Vamo al tiro.
Y caminabamos y caminabamos. Es decir, tu eras la que caminabas, yo solo te seguia como la cola al cometa o el vagon a la locomotora. Tu animo estaba cada vez mas cambiante e indeciso; de una cuadra a otra, de un lugar a otro, pasabas de la mas sincera felicidad a la mas aniquiladora depresion. Yo paulatinamente iba tornandome mas desconfiado y paranoico. Me aterraba la idea de que a la vuelta de cada esquina pudiera encontrarme con el doctor Revilla.
--?Ya esta listo el articulo? Actualidad Historica sale en quince dias. ?Cuando presentara su tesis?
O, lo que era peor, con el capitan Bertello, quien sin decir palabra me meteria un balazo entre los ojos.
--Maria Carla, regresemos al hotel.
--No.
Sabias que queria lavarme los dientes, incapaz de superar esa mania, y te complaciste negandote, dejandome con el sabor aspero y pegajoso en la boca. Me conforme con un chicle de menta y luego de absorberle todo el dulce te dije para visitar la Catedral.
--No, quiero ir al Koricancha.
--A la Catedral.
--Al Koricancha.
--A la Ca te dral
--Al Ko ri can cha
Casi una hora estuvimos peleando. Esa fue otra de tantas discusiones estupidas porque muy bien pudimos haber ido a ambos lugares. Ademas a esa hora (veinte para la una) todos los sitios de interes estan cerrados.
Exhaustos, incapaces de ponernos de acuerdo, terminamos por molestarnos y entristecernos. Esa fue la primera vez, a los cinco dias de haber llegado, en que me dieron ganas de abofetearte y abandonarte para siempre. Provocar la separacion definitiva que ya desde hace tiempo va anunciandose y recuperar mi libertad. Romper de una vez las cadenas que me atan a ti y me condenan a ser un esclavo.
Me aleje unos pasos como si tuvieses lepra y ya no vi que tus ojos verdes se pusieron liquidos ni el temblor de tus mejillas que es sintoma de un nudo amargo en la garganta. Para distraerme lei los titulares de los periodicos que una serranita ofrecia en el suelo:
"Criminales queman viva a familia de chinos".
"Noche de terror en Lima: 9 atentados dinamiteros".
"Las universidades continuan cerradas. Ministro de Guerra propone receso indefinido".
"Otra vez eliminados del Mundial de futbol".
Mi animo mejoro un poco al leer estas noticias y ya casi empezaba a sonreir, pero levante la mirada y te vi, Kooona, inmovil como una estatua, soportando el peso terrible del mal humor. Tu no me mirabas, como si yo no existiese, y en esos momentos comprendi que habias empezado a odiarme. Ya lo nuestro era cosa del pasado, tan solo sobrevivian los recuerdos, pero nosotros, tercos, porfiados, con algo de capricho y obsesion, nos esforzabamos inutilmente en tratar de revivir un cadaver.
Me aleje de los periodicos y avance hacia ti como si fueses un verdugo. El cielo habia empezado a nublarse y amenazaba con llover. Los transeuntes portaban paraguas aun sin desplegar y avanzaban velozmente, examinando con desconfianza las nubes negras que aceleraban el atardecer. Llegue a tu lado y nos miramos a traves de una pared de concreto coronada por alambre de puas, mas extensa que la Muralla China, mas cruel que el Muro de Berlin. Hasta que empezo a llover permanecimos sin hablar, ajenos, deprimidos, distantes.
?Que ha pasado, Kooona? ?El tiempo ha podido descomponernos tan rapido, cambiarnos, hacernos otros? Porque esos seres que se despidieron como personajes de novela, hace poco mas de un a?o, no tienen nada que ver, ni un peque?o parecido, ni la mas minima relacion, con estos que ahora ni se soportan.
Y sin embargo, ?no hemos estado distanciados todo el tiempo? ?No son apenas doce dias desde que volvimos a encontrarnos y decidimos huir a la selva? No cuento aquel momento fugaz en que te vi en el Circulo porque entonces tu no eras tu (confio en lo que me has dicho) y yo actuaba de acuerdo a las circunstancias. O el tiempo pasa mas rapido ahora o, despues de todo, hemos sido invadidos, penetrados, suplantados por seres extra?os que imponen sus propios sentimientos y sensaciones. Culebras que ademas de cambiar de color y de escamas, han cambiado lo que tenian dentro, eso que creimos nadie podria descubrir.
--Calla --dijiste--. Me distraes. Dejame ver.
Despues no fui yo, sino un collage, un rompecabezas, un Frankestein hecho de mil retazos sobrantes, como el traje de un mendigo o el disfraz de un payaso. Pero eso ya paso, Kooona, !ya paso! Ahora somos Maria Carla y Pablo Ernesto y todo debe seguir como antes de viajar. Nadie debe impedirlo. Tu y yo en cualquier lugar: Lima, Cusco, Kiteni, eso es lo de menos, ?no entiendes?
--No, Mario Humberto, un dia no es igual a otro. La vida no es como un disco que se pone una y otra vez.
--Y esa cancion que tanto te gustaba, ?recuerdas? "Ciudad solitaria". Aunque cuando escuchamos bien la letra nos parecio un poco cursi, pero a fin de cuentas que... ?no debia de gustarnos por eso?
Quise besarte pero estabas concentradisima y retiraste el rostro escondiendolo entre las crenchas negras y onduladas. Encendi un cigarro para tranquilizar los labios y trate de que me contagies un poco de tu interes.
Cuando empezo a llover y los gruesos goterones nos empaparon en menos de un minuto, nos miramos sorprendidos, como si nos encontraramos despues de tiempo, y entonces mis ojos se reflejaron en los tuyos y sonreimos, embelesados en nuestra propia contemplacion. Tan abstraidos estabamos que no atinamos a guarecernos. La lluvia se metia hasta los huesos; yo parecia un pollo entumecido y tu polera estaba tan empapada que se distinguian claramente los senos diminutos. Nos abrazamos como si nunca hubiesemos abrazado a nadie y ahora si nos besamos, Maria Carla, sin pensarlo, sin quererlo, como algo irremediablemente natural nuestras bocas se atrajeron con fuerza magnetica y mientras arriba retumbaban los truenos, entre nosotros el beso ya no fue frio como el agua de los nevados, sino como en Aguas Calientes, donde dos dias mas tarde nos ba?amos desnudos, luego de quedar deslumbrados con las ruinas de Machu Picchu.
Adolescentes, recien casados, echamos a andar por el centro de la pista, sin sentir frio, dejando que la lluvia nos limpie y se lleve por las alcantarillas los temores, fastidios, prejuicios, coleras, mal humores, desconfianzas, celos, irritaciones, mal entendidos y aburrimientos que han crecido como la vegetacion en la selva: de un dia para otro. Dejamos atras la Plaza de Armas; llovia tanto que no se veia el Cristo Blanco cerca a Sacsayhuaman. Ese mismo Cristo que mis ojos confundieron con una aparicion la primera noche que estuve en Cusco, solo, es decir sin ti. Llegamos a la calle Suecia y nos refugiamos en el hotel. El cuartelero me gui?o un ojo, pero yo estaba demasiado lejos y no le preste atencion.
Y ya cuando estabamos desnudos, Kooona, ya cuando estabamos desnudos en ese cuarto de una sola cama y una sola mesa y una sola silla y la ropa humeda se escurria en un rincon, ya cuando estabamos desnudos senti de pronto un deseo profundo de golpearte. De solo verte metida en la cama, cortada por las frazadas a la altura del ombligo, tus senos analizandome como microscopios, senti nacer en lo mas hondo de mi un odio incontenible y un ansia casi homicida por lastimarte.
--Quedate tranquilo. Dejame escuchar.
--Pero si es un bodrio. Vamonos de aqui.
--Si no te gusta, puedes irte.
--Con razon no progresa el cine nacional...
Me acerque a ti, Kooona, las manos sudorosas, los ojos brillosos, la lengua empapada en saliva. Ya te habias dado cuenta de mis intenciones porque los nervios se te salian con la risa y no mirabas mi sexo como haces siempre, sino mirabas mis ojos tratando de ver si la pupila se confundia con el iris. Yo seguia acercandome despacio, despacito para hacerte sufrir y esperes muerta de ganas el primer golpe en las mejillas; despacito para hacerte llorar de verdad porque me las ibas a pagar todas, toditas las perradas me las ibas a pagar y de pensar nomas que iba a escuchar tus gritos, de pensar nomas que me ibas a dar la razon y aceptar que eras lo que siempre dijiste no ser, de pensar eso nomas se me irguio y prolongo mas largo que nunca, pero tu no lo miraste. Ni por un segundo lo miraste, sino a mis ojos seguro llenos de chispas y a mi brazo ya en lo alto.
--No soporto mas. Es peor que un melodrama.
-- ...
--Me voy, ?no entiendes?, me voy, !me voy!
--Chau.
Desperte con una fuerte picazon en la mano. Antes que intente precisar la razon te senti junto a mi. Dormias abrazada a mi cintura; tus mejillas aun estaban rojas. La sonrisa no se habia borrado de tu rostro, y es que habias sido feliz. Por primera vez, despues de cientos de veces de hacer el amor conmigo, pudiste atravesar las barreras de la frustracion y cabalgaste en las constelaciones, bebiste la miel del cielo, te pulverizaste en el polvo cosmico que barren los vientos huracanados del universo.
Pero yo no pude compartir tu alegria. En esos momentos dificiles en que se confunden el dolor y el placer, el deseo y la repulsion, el amor y el odio, yo no era el que te amaba. El Capitan Bertello... El pastor Jonathan... Cualquier otro... Por eso fuiste feliz.
--Tengo hambre --dijiste al abrir los ojos, y sin ir al ba?o para lavarte comenzaste a vestirte rapido. Tuviste que sacar ropas de la mochila porque las otras todavia chorreaban agua.
Ya estabas lista. Solo te faltaba echarte perfume y cepillarte el cabello, sin embargo yo no me decidia a hacer el mas peque?o movimiento, como si esperase la orden de un cerebro lejano para empezar a ponerme los pantalones, los zapatos; a abandonar la cama que aun conservaba tu forma y tu olor. Solo un miedo atroz, un miedo atroz a que te vayas sola y me dejes abandonado en el cuarto peque?o, que empezaba a llenarse de sombras, me hizo vestirme en un santiamen y alcanzarte en el umbral de la puerta, sublevada, liberada de mi, como si yo fuese tu apendice o un trozo de tu hihgado extirpado, por inservible, en una operacion.
Salimos del hotel y sin abrazarnos, extra?os, difusos, incompletos, caminamos nuevamente hacia la Plaza de Armas. Ya no llovia. El sol terminaba de ponerse y el cielo ofrecia todas esas tonalidades de azul que toma al atardecer, desde el celeste mas tenue hasta el azul marino, pasando por el a?il, el indigo, el ceruleo y esa variacion de matices casi infinita que toma con las nubes, la distancia, la altura y, recien lo comprendi tiempo despues, ya en Lima, segun los ojos que lo miran.
Permanecimos inmoviles en la Plaza, centro del mundo, contemplando extasiados ese espectaculo que con truenos lejanisimos reclamaba un fotografo o un pintor. La tierra olia a musgo, a hongos de colores y cabezudos. Por unos segundos desaparecio el desasosiego que me embargaba y me senti una especie de complice o de hermano tuyo al compartir ese goce olvidado de contemplar el cielo, dejando que la Naturaleza nos limpie de malas vibraciones. Pero el hechizo se rompio, Kooona, cuando con acento colombiano volviste a decir que tenias hambre y con pasos de alemana virgen empezaste a caminar.
Fui tras de ti con temor de hablarte, con temor de perderte entre la gente que circulaba por las calles, incapaz de acomodarme a tus pasos menudos y rapidos que devoraban infatigablemente la distancia. Quizas te hubiese perdido de no haberte detenido frente a una pe?a, una de tantas de la ciudad. Dirigiste una rapida mirada hacia atras, comprobando que aun te seguia, y entraste sin esperarme.
En esa peque?a mesa frente al estrado, a media luz, al compas de la musica, rodeados de extranjeros que terminan de quitarte la personalidad, nos hartamos de pizza, spaghetti y cerveza como si nos acabaramos de sacar la loteria o fuesemos herederos de algun petrolero arabe.
Aunque todavia se metia en tu carne la musica folklorica con charango, quena, zampo?a, bombo y guitarra, y seguias el compas con el pie y tarareabas la melodia, me di cuenta de que tu transformacion, tu metamorfosis, estaba llegando a su punto culminante. Lo que me intrigaba era saber como seria tu reaccion hacia mi despues de completarse el cambio. ?Me abandonarias? ?Volverias a Arequipa, en donde quedaste enamorada del Monasterio de Santa Catalina, de la celda de Sor Ana de los Angeles Monteagudo? ?Me matarias quizas, con un cuchillo, como vengando al Pastor Jonathan? Por mas que pense y pense no pude hallar la opcion que se adecuara a tu forma de ser. Es que tu ya no eras tu. Aunque brindaras con cerveza cusque?a, "la mas peruana de las cervezas", y vistieras chompa de alpaca y escarpines haciendo juego, y tu partida de nacimiento atestiguara que habias nacido en Lima, la Ciudad de los Reyes; clasificarte con algun rotulo regional o nacional hubiera sido errado. Lo poco que te quedo de peruana luego de leer los Comentarios del Inca Garcilaso o de comer cebiche o de cantar "Somos libres..." lo perdiste quien sabe como y cuando, incapaz de aceptar el mestizaje, envenenada por la alienacion y el cosmopolitismo que han inundado Lima y que, curiosamente, te hicieron sentir su efecto letal al alejarte de ella. Tampoco eras, como creias, chilena, argentina o brasilera, a pesar que cuanto te hubiera gustado, aunque sea por unos dias, y tampoco francesa o italiana que de haberse dado la oportunidad quizas te hubieran confundido con una campesina mas, una aborigen, como me sucedio en Puno con Carola y con el gringo Igor. Pobrecita, Kooona. Has quedado convertida en una mu?equita de plastico sin nada en el cerebro. No sabes lo que eres y lo peor es que no sabes que quieres ser. Si tuvieras la chance de choisir pensarias y pensarias hasta fundir los sesos y al final quedarias desconectada, desarticulada, esperando en una fabrica clandestina de Tacna, muerta de ansiedad, que te estampen en el trasero el sello de "Made in Japan". Que lastima, Kooona. Te fregaron los del ejercito. Conmigo no pudieron, pero contigo si. No importa. No es momento para ocuparse de problemas, particulares o nacionales. Estamos en una pe?a y ya comenzamos a sentir el efecto de la mas peruana de las cervezas. Si quieres reir, riete; no importa que te rias en ingles. Yo me dejo ganar por la musica y canto con mis paisanos que en realidad no lo son:
Perdonaria cualquier ofensa,
pero olvidarte jamas jamas
Arrastrados por el ritmo vertiginoso salimos a bailar y ya estamos saltando, un pie y despues el otro, las manos enlazadas a la espalda y luego las unimos en lo alto para un giro y despues otro, brincando y zapateando como matando ratones. Que exotico, ?no, Kooona? Felices bailando esta musica vernacular y solo te falta tu pollera y a mi el chullo para ser hijos legitimos de Manco Capac y Mama Ocllo. Eso, dale, sigue, toma, silba, abajo, arriba, grita, canta, chilla, lleva, gira, rie, salta, aplaude, no importa que bailemos mal, no importa que nos movamos duros y tiesos como los europeos, nada importa, no importa nada, al final, Dante, nada es importante.
Perdonaria cualquier ofensa
pero olvidarte jamas jamas
Es cierto, Maria Carla, yo te quiero. Maria Carla, yo te estimo. No importa lo que hayas hecho, no importan las ofensas, siempre te perdonare, siempre te perdonare.
Pitagoras y Clarinha, los brasileros que conocimos en el tren, se acercan a nuestra mesa y brindamos con ellos. Por la unidad americana y la abolicion de ejercitos y fronteras. Por la paz mundial. Por la erradicacion de la estupidez. Por la legalizacion de la marihuana. Nos cuentan cosas de su pais y quedamos encandilados con ese modo de hablar tan melodioso, casi cantando, y sin darnos cuenta competimos para ver quien lo imita mejor, que diablos si no sabemos nada de portugues. Belha menina, o melhor futebol do mundo, molto obrigado, filho da pluta, ordem e progreso, cafe carioca. Tenias razon, Kooona. Que bien se siente uno hablando una lengua extranjera. Como estar en el Maracana viendo a Pele o bailando calato en el Carnaval de Rio, o maior do mundo, toa la vida para sambar, pero de pronto me enamoro perdidamente de Clarinha y no puedo resistir las ganas de besarla. Que hermosa es, blanca y no morena como tu; con los pelitos ordenados y no como un espantapajaros como tu; con esos senos abundantes y redondos y no diminutos como los tuyos, que se quedaron asi porque te los chuparon de ni?a. Maria Carla, vas a tener que perdonarme estas ofensas asi como yo perdone las tuyas. No frunzas el ce?o ni apretes los dientes. Riete nomas, toma tu chela y no me mires con cara de sabor de kion. Pero Pitagoras se da cuenta que le estoy acariciando los muslos a Clarinha y seguro piensa que saldria perdiendo si hacemos intercambio, asi que la saca a bailar eso de por que vivir tan separados si la tierra no tiene final y sabemos que ya no van a regresar, se van a ir a otra mesa, se van a ir al hotel a reforzar su amor y nuevamente estamos solos y casi casi empezamos a deprimirnos, pero ya Javicho se sienta en la silla calentada por el hermoso trasero de Clarinha y con los vasos rebosando espuma empezamos a conversar.
De Lima, ?no? Si, tenemos que mentir. Tenemos que mentirte, Javicho, porque nos persigue el ejercito y si nos atrapan nos fusilaran. ?Tu eres peruano? Haces artesania. ?Como podiamos saber que nos encontrariamos en Aguas Calientes, dos dias mas tarde? El futuro existe en funcion del presente. El olvido procede por acumulacion de recuerdos. !El tiempo! El tiempo es nuestro peor enemigo, ?lo habias olvidado? Pero a ti no te importa nada de esto, Javicho. Para ti Aristoteles es un imbecil mas. Tu naciste en la selva, a orillas del Ucayali, casi igual que Juancho. Llevas un cascabel en el tobillo para espantar a las culebras y aun asi te han picado dos escorpiones. Has recorrido toda America vendiendo aretes y collares, y como vegetariano te salvaste de la alimentacion cadaverica. Te salvaste del aburguesamiento tambien. Y del complejo de cholo que afecta sobre todo a los lime?os. No te pica la cabeza cuando no te la lavas y esa tranquilidad en tus actos y palabras como te la envidiamos, Javicho, como quisieramos tenerla para decirles a los soldados, policias y alumnos y profesores de las universidades clausuradas, tranquilo, todo esta bien, no pasa nada, tranquilo, todo se va a arreglar, cuando ya suenan los primeros acordes de "Valicha" y Javicho se entusiasma y te saca a bailar. Tuerces la cara en una mueca porque no es gringo, pero igual aceptas y desde mi silla los veo confundirse con los turistas nacionales y extranjeros. Me dejo flotar y vuelo con el ritmo subterraneo del bombo, con el violento relampago del charango, con el susurro femenino de la guitarra, con el ulular de viento de las zampo?as, con el trino dulce de la quena y con esa voz especialmente hecha para el canto que tienen los provincianos. No puedo negar que esta musica me llega profundamente, se introduce en mi carne y en mis huesos y yo tambien quiero bailar, moverme, brincar como aquellos ni?os que hice danzar por unos centavos, pero de pronto la aterradora lucidez critica se enciende en mi cerebro y me siento falso, artificial, inautentico, porque la musica con que he nacido y se ha confundido con mi sangre no es la andina, sino el rock, la estridencia de las guitarras electricas, el caos acompasado de la bateria y mas el ingles que cualquier otro idioma asi que aunque toquen "El condor pasa" yo voy a cantar It rather be a sparrow than a snail...
Termina la cancion y la pista de baile se despeja. Todos van a sus mesas a refrescarse con la mas peruana de las cervezas o se repliegan a las paredes fumando sus cigarros o van al ba?o a orinar y reanimarse con cocaina, orgullo de la exportacion nacional. Tu vienes hacia mi como atrapada por el anzuelo mientras Javicho desaparece entre una nube de hippies y artesanos que acaba de llegar. El cantante del grupo coge el microfono no para anunciar otra cancion sino para saludar a esos lindos hermanos que con su alegria y entusiasmo hacen de esta noche otra noche inolvidable en esta su pe?a, la mejor pe?a del Peru. ?De donde son los queridos hermanos?
--!Argentina! --grita una de las muchachas mas bulliciosas.
--!De Argentina! !Un fuerte aplauso para los hermanos de esa hermosa tierra del tango y de la pampa!
Aplausos, silbidos, gritos, vasos y botellas que se entrechocan, salud con todos y abrazos y besos. "Viva Peron" dice una voz muy borracha y alguien contesta "Maradona presidente". El alboroto se prolonga unos minutos y cuando ya nos olvidamos de los argentinos el cantante-animador pregunta nuevamente de donde son esos lindos hermanos, tan alegres y simpaticos, tan bullangueros y reilones, dos parejas altas, rubias, muy blancas, que ni cuando bailan dejan de comer choclo con queso y de beber inmensos jarros de cerveza.
--!Alemania! --dice el mas corpulento, el mas barbudo--. !Germany!
--!Un gran aplauso para los hermanos alemanes! !Un cordial saludo para esa hermosa tierra de las salchichas y los Mercedes Benz!
"De Hitler" pienso, temblando, sintiendo que es inminente otra de esas crisis con dolores de cabeza y alucinaciones tan reales como tu mano en la mia, Maria Carla, pero ya no puedo preocuparme porque ahora el cantante-animador nos mira fijamente, si, a nosotros, nos mira sonriente y sus labios se mueven y escuchamos que dice y esa linda parejita, esa parejita tan feliz y amorosa, esa parejita encantadora ?de donde viene?, ?de donde son los hermanos? Y no se esta burlando. Aunque nos parezca no se esta burlando y nosotros tardamos en contestar. ?Que hacemos? ?Que decimos? ?De donde somos, Maria Carla? ?Cual es la verdad? ?Que podemos responder?
Demoramos demasiado en contestar. Todos nos miran, no fusilandonos o lapidandonos con los ojos, sino simplemente observandonos con curiosidad porque es imposible que alguien tarde tanto en decir de donde es, en que lugar ha nacido. No es conveniente que llamemos la atencion, Maria Carla, alguien podria sospechar. El silencio es absoluto. Nadie se mueve. Desde hace unos minutos todo gira a nuestro alrededor.
--!De Oxmio! --gritas jubilosa, repentinamente iluminada.
--!De Oxmio! !Un fortisimo aplauso para los hermanos de Oxmio! !Esa noble tierra de la compenetracion perfecta y el amor verdadero!
Todos rien, aplauden y brindan por nosotros. Se acercan a la mesa y nos piden monedas de nuestro pais. Muchos conocen Oxmio y quedaron encantados y algunos piensan radicar ahi asi que por unos instantes todo es confusion, desorden y alegria y otra vez la musica, la juerga, la jarana, el zapateo y nos empujamos mas cerveza y bailamos "El pajaro campana" y gritamos y nos reimos tanto que al dia siguiente no podiamos ni hablar, no de miedo, sino de tan irritadas que teniamos las gargantas.
Pero la fiesta continua. Nos separamos como un satelite de su planeta y mientras la gravedad te atrae hacia los alemanes, yo soy absorbido por los argentinos. Bebo del vaso de la mas rubia y de golpe conozco todos sus secretos. Asi es, se?ores, les presento a los mas conspicuos representantes de la pituqueria argentina. Los unicos latinoamericanos que pueden competir con los europeos. Extremadamente vulnerables a los olores del ba?o y a los perfumes de las cholas. Susceptibles hasta el llanto cuando el mozo no los atiende como es debido o cuando encuentran pelos en las sabanas que les juraron acaban de cambiar. Con el ultimo sorbo que bebo del vaso de Veronica veo como en un televisor su infancia, sus costumbres, sus temores. Se escandaliza al ver en las calles y mercados a las mamachas dandoles la teta a las guaguas y que verguenza hacer eso frente a todos cuando mas sensato es darle los pechos al amante -ese patilludo de anteojos, alto como un mastil-en el cuarto oscuro y con cortinas cerradas del hotel. Capaz del aborto mas no de la sodomia, solo usa los anticonceptivos que le receta su medico, y cuando cree tener sintomas de frigidez consulta al psicoanalista. Le causan repugnancia los chanchos y gallinas que se le acercan y le rozan las medias de nylon (!medias de nylon!), pero muertos y cocinados que ricas las chuletas y sabrosisima el alita a la brasa. Cada ma?ana se depila las axilas y adora al desodorante como a Cristo. Si se olvida de lavarse la boca antes de acostarse, en la noche tiene pesadillas y para calmarse lee un poema de Borges, uno de los menos complicados, claro. Ay, Veronica, lo que pasa contigo y con la mayoria de tus compatriotas es que estan demasiado europeizados. Aqui en esta parte del continente todavia conservamos un poco del primitivismo "salvaje" de nuestros ancestros y no sentimos ningun escrupulo al escupir o mear en las calles. Creemos en espiritus, animas y aparecidos y si nos echan el mal de ojo nos amarramos una cinta roja en la mu?eca o vamos donde un curandero para que nos pase un huevo de gallina negra. Si los perros aullan como locos sabemos que alguien va a morir y para evitarlo le damos vuelta a un zapato. Derramar sal o aceite, poner sombreros en la cama, barrer de noche, recostar un bebe sobre la mesa, trae mala suerte, y rapido hay que alejar las desgracias con ramas de ruda. Ah, y en los pueblos y caserios mas alejados se sacrifican ni?os para atraer las lluvias o detenerlas. Ya ves, Veronica, las diferencias. Ya ves como Maria Carla, que se ha cnsado de los alemanes, se esfuerza ahora por imitarte y le pregunta a tu flaco, che, ?y vos como te llamas? Tambien pesta?ea como tu y fuma como con boquilla y desde ma?ana es capaz de cambiarse diario de calzon y quizas empiece a usar guantes para no contaminarse las manos. Ay, Veronica, dame una noche nomas y te prometo que te vuelvo uno de los nuestros. Rapidito vas a recobrar la gracia natural que se te fue al educarte en Buenos Aires, al pasear por el barrio de Florida y viajando por Paris y Londres. Una noche nomas para vomitarte en la cara y huelas mis pedos y tomes mi leche despues de lavarte los dientes. Vas a ver como cambias. Santo remedio... Pero todo es tan absurdo como el desvario de un personaje de Pirandello. Ya los argentinos se han cansado de mi asi como Maria Carla se canso de los alemanes y nuevamente estamos solos, en la mesa peque?a frente al estrado que ocupamos en un principio. Todo continua igual; lo unico que ha cambiado somos nosotros: estamos completamente borrachos. Falta poco para la una de la ma?ana.
--!El toque de queda! --digo asustado--. !Tenemos que volver!
--Eso es en Lima, estupido. Aqui no hay.
--!El doctor Revilla! !El articulo!
--!Imbecil!
--!El Capitan Bertello! !El pastor Jonathan!
Quedas en silencio, odiandome, sin atreverte a lanzar un nuevo insulto. Estas perdida, Kooona, te tengo en mi poder. Me perteneces por derecho de conquista. Eres como un pais misero y subdesarrollado bajo el dominio de una potencia. Esclava. Chola sirvienta. Si quiero, esta noche te agarro a patadas, te rompo la cara a pu?etes, te boto calata a la calle.
Tus ojos verdes brillan; me miras con dureza y con furia; copmprendes perfectamente mis pensamientos. Permanecemos asi, perro y gato, cobra y mangosta, cernicalo y condor; meses, a?os, siglos. Todavia hay bastante gente en la pe?a, la alegria no ha decaido, pero misteriosamente hemos sido cubiertos por una cupula de vidrio que nos aisla del exterior. ?Que podemos hacer? ?No tienes la impresion de que lo nuestro depende de un hilo, delgado y firme a la vez, como un hilo de ara?a? Maria Carla, siento que el suelo se cae, las paredes se derrumban, poco a poco la oscuridad nos rodea y esta vez es para siempre, para siempre.
Decidimos irnos, ya nada tenemos que hacer aqui. Bajamos las escaleras buscando la salida y una vez afuera el frio nos sacude con un latigazo, el viento gelido golpea nuestros rostros y claramente sentimos como se forma la escarcha en labios y orejas. Desesperados sacamos las bufandas, los guantes, los chullos, pero aun asi seguimos tiritando. Las tres cuadras que nos separan del hotel nos parecen larguisimas, interminables. En uno de los portales de la Plaza un vendedor de comida, totalmente aterido, quema papeles y periodicos para calentarse los pies. Las llamas se alzan confusas, irreales, atrayendonos con el hechizo del canto de las sirenas. Pero seguimos de frente.
--Tengo frio --te quejas, herida, a punto de desfallecer.
Transformado y excitado por tu voz, mezcla de ruego y deseo, te abrazo como en los primeros dias, ?recuerdas? Te abrazo con fuerza pero sin hacerte da?o y despues de tiempo vuelvo a sentir esa embriaguez que me consume de pies a cabeza y no es el alcohol, Maria Carla, estoy seguro, estoy borracho pero no es el alcohol. Es como si el tiempo se mordiese la cola y ya no estamos entrando a la calle Suecia, sino estamos en la Universidad y yo te persigo hasta la cafeteria de Artes para hablar contigo pero se me traba la lengua y despues en el jardin, ?recuerdas?, en el jardin...
Nos besamos, ya sin sentir frio. Te miro a los ojos que son lagunas de Llanganuco y se que no corro peligro de ahogarme. Ahora tu expresion no es la de una gata escaldada sino la de un pajarito recien nacido. Tu tambien has cambiado, sujeta como yo a esas leyes desconocidas, crueles e imprevisibles que nos gobiernan, moviendonos a su antojo como titeres, llevandonos y trayendonos del amor al odio, de la alegria a la tristeza, del entusiasmo a la depresion. Pero esta vez nos vamos a liberar, Maria Carla. Esta vez no habra nada que nos haga actuar en contra de nuestros deseos o intenciones. Ya estamos llegando al hotel y continuamos abrazados, felices, impacientes por estar en la cama abrigada que conserva aun nuestros olores. Golpeo fuertemente la puerta y cuando el cuartelero nos abre, despeinado, so?oliento, entramos sin mirarlo y todavia abrazados subimos hasta el segundo piso y de tan nervioso y apurado no puedo abrir el cuarto, la cerradura se ha trabado parece, pero tu me dices con cuidado, ten calma, no te preocupes, y entonces soy poseido por una paz de marihuana y un vigor de ciclope y sin darme cuenta abro la puerta sin ningun esfuerzo. Quedo mirandote asombrado, agradecido, arrepentido de mis errores y de habernos tratado tan mal.
Entramos a la pieza pero no encendemos la luz. Flota un aroma a ti y a mi; nuestros secretos deambulan por el aire, suben desde el piso hasta el techo y vuelven a bajar. Nos desnudamos ya completamente olvidados del frio y otra vez tu cuerpo suave y flexible. Tu piel tibia y abandonada empieza a segregar su humedad.
Ya estamos listos para clausurar el mundo, olvidarnos de todo y concedernos el paraiso; ya estamos listos para fundirnos y volvernos uno solo y navegar en nosotros mismos, pero subitamente se rompe la armonia y estalla el caos, la confusion, el desorden. Como un eructo bestial en plena sinfonia de Beethoven, llegan a nosotros los pasos inconfundibles de las botas militares, el ruido espeluznante de las culatas derribando una puerta, las horribles voces de mando, los insultos como en hocico de gorila y tambien las otras voces, apagadas, suplicantes, llorosas, incapaces de comprender. Estamos a punto de morir de infarto, petrificados por el panico y el horror de ser capturados, pero no, nada ocurre en nuestra habitacion. El alboroto es en la de al lado. Los gritos y los golpes nos llegan como hachas de carnicero.
--!Silencio! !No se muevan! !Las manos a la nuca!
--Pero, se?or...
--!Callese, carajo!
Chasquidos de bofetadas; golpes sordos de puntapies; quejidos entrecortados y balbuceos de llanto.
--?Son ellos, sargento? ?Esta seguro?
--Si, mi teniente. Concuerda la descripcion. El, alto, tatuado, cicatrices en la cabeza; ademas le encontramos el carnet de la Universidad.
--Y ella morena, ojos verdes, casi escualida...
--Bien. !Llevenselos!
--Pero, teniente...
--!Silencio! El Mayor Bertello se encargara de ustedes.
--Es un error...
Luego mas ruidos de golpes, cuerpos que ruedan por las escaleras, insultos, pasos como galope de caballos, el portazo final y despues el silencio y el miedo consumiendonos, aniquilandonos, derritiendonos igual que a esas velas que ponen los devotos para obtener milagros imposibles.


Posted by jose-alberto at 5:39 PM EDT
Updated: Monday, 20 June 2005 5:43 PM EDT
Saturday, 18 June 2005
Hacia el Sur IX
Jose Alberto Bravo de Rueda

Al sur de Lima, en las afueras, en uno de esos cerros arenosos que alguna vez fueron invadidos por familias humildes (chozas de estera y cartones, banderas peruanas deste?idas, perros escualidos y sarnosos) y posteriormente desalojados a sangre y fuego por policias y soldados, se desarrolla un extra?o ritual.
Una gigantesca cruz envuelta en llamas resplandece en la oscuridad. El fuego ofrece bastante luz, pero ciertas figuras permanecen en las sombras, inmoviles, vagas, difusas, inconsistentes como espectros. Junto a la cruz ardiente, con una antorcha en la mano, destaca el Lider, totalmente oculto bajo sus vestiduras blancas. La capucha puntiaguda, los guantes, la tunica y la capa que le da un aspecto diabolico ocultan su piel por completo; apenas por dos peque?os agujeros se adivina el fulgor reflejado en sus ojos. A poca distancia, de rodillas en el suelo, como siniestros unicornios, se agolpa una multitud difusa, vestida igual que el Lider, aunque sin capa. El murmullo de una confusa letania brota de los labios, ininteligible, fragmentada, en un lenguaje secreto. Poco a poco la letania se transforma en canto, subiendo de volumen, destacandose las diferentes voces como en un coro barbaro, en un contrapunto escalofriante en el que los gritos de la turba responden a las estrofas entonadas por el Lider.
De improviso, salido de la noche, el silencio absorbe cualquier ruido: el crepitar de los le?os, los silbidos de los grillos y siseos de las lagartijas, el quejido del viento y los bocinazos, lejanos, de los automoviles en la carretera. El himno tenebroso, el cantico espeluznante, por fin ha cesado. El Lider hace una se?al imperceptible y la muchedumbre enmascarada, unas 30 o 40 personas, se pone de pie, sin quebrar el silencio. Lo miran con respeto y veneracion, admirados, como corresponde a un patriarca. El Lider hace una nueva se?al y todos, en perfecto orden, como piezas aceitadas de una maquina, forman un circulo a su alrededor, encerrando tambien la cruz que arde sin consumirse. Se toman de las manos y al unisono, como si realizaran el mismo ritual desde hace siglos, las elevan al cielo negro, impenetrable, salpicado de estrellas. Bajan las manos, pero no se sueltan; asi, unidos, formando un solo ser, se disponen a escuchar al Lider que habla con la boca de la Verdad.
--!Hermanos! !Hermanos por siempre! !Hermanos de sangre y de ideales! !Hermanos en la muerte! !Hermanos despues de la muerte!
Sus ropas son las mas blancas. En ellas se han fundido el algodon, el armi?o, la nieve, la espuma del mar, el azucar, las nubes del verano, las plumas del cisne y el vellon de conejos y corderos escogidos. Junto a las suyas, las demas vestiduras, aunque blancas, parecen sucias, cremas, palidas como el marfil o amarillentas de papel quemado por el sol. Su capucha es la mas alta y puntiaguda. Su sombra es impresionante. Su aspecto, el de un angel rebelde y maligno.
--!Hermanos! Otra vez los cielos contemplan nuestro ritual. Nuevamente la Naturaleza se rinde ante nosotros y espera la consumacion del sacrificio. El destino de la Humanidad esta en nuestras manos. La pureza del mundo depende de nuestro esfuerzo y coraje. Solo en el futuro se apreciara la verdadera importancia de esta sagrada mision.
La turba asiente sin proferir palabra. Uno de los encapuchados ha empezado a imitar los movimientos de su jefe, como si fuese su sombra o un reflejo. Levanta las manos al cielo, estira los brazos formando una cruz, cierra el pu?o como amenazando o da algunos pasos sobre su sitio en una especie de danza guerrera.
--Cada dia somos mas, hermanos --continua el Lider--. Como semillas fecundas, como una estirpe prolifica, crecemos y nos multiplicamos. Nuestro numero es grande ya, pero aun asi somos pocos comparados con el enemigo, muy pocos para la gran tarea que nos ha sido encomendada. Somos fuertes, tenaces, valerosos, y nada podra quebrar nuestra fe en el triunfo. Cada uno de nosotros vale por miles de los seres inferiores. La Justicia y la Verdad estan con nosotros. Hace mal quien duda de nuestra Santa Hermandad y de su sagrada mision.
Instigada por el fantoche que imita los movimientos de su Lider, la multitud ruge un coro de alabanzas en el que se adivinan timbres de hombres y mujeres, de adultos y jovenes, casi adolescentes, delatados en esas voces todavia inseguras, cambiantes, gallosas, en las que se alternan en una misma palabra los tonos bajos y graves con los altos y agudos, los anuncios de una madurez inminente con los rezagos de una infancia que se aleja cada vez mas rapido. Voces fanatizadas, poseidas, fantasmales; desgarradoras en las gargantas de mujeres, tenebrosas en las de los hombres.
El Lider levanta los brazos para imponer silencio. Su capa ondea con el viento y su sombra se confunde con los reflejos de la cruz que arde sin consumirse. El fantoche que copiaba sus movimientos se ha reintegrado al circulo y ahora es imposible reconocerlo, confundido entre las replicas exactas de los demas encapuchados. Solo el Lider destaca entre los demas, en el centro del circulo, por sus ropas inmaculadas y la capa que flamea aun sin aire.
--!Hermanos! --retumba su voz--. Nuevamente el cielo es testigo de nuestro crecimiento. Asi como se propaga el fuego, que todo lo purifica, asi nos multiplicamos nosotros, sin que nada pueda detenernos. Esta noche nos hemos reunido para dar la bienvenida a cuatro nuevos hermanos que compartiran nuestros ideales, nuestras luchas y nuestros triunfos. Esta noche su sangre se mezclara con la nuestra y perteneceran para siempre a la Santa Hermandad.
El circulo se rompe por un instante para dejar paso a los nuevos miembros de la secta. Con las cabezas gachas avanzan hacia el Lider; se arrodillan ante el y la cruz que arde sin consumirse. Permanecen inmoviles, esperando el rito de iniciacion. Sin lugar a dudas, dos son hombres. Los delata su contextura, su robusta complexion, las anchas espaldas y los brazos y piernas vigorosos. Junto a ellos, en hieratica inmovilidad, se reconoce a una mujer. Bajo la tunica y la capucha se adivinan rasgos finos, delicados, suaves como el cuerpo de una bailarina. Su porte esbelto indica juventud. Un peque?o bulto a la altura de la nuca sugiere los cabellos, tal vez rubios, anudados. Majestuosa como una estatua griega, impresionante como un dios prohibido, permanece con los ojos fijos en el suelo, casi sin respirar. El ultimo es un ser androgino de naturaleza imprecisa. Hermafrodita o epiceno, en su figura se entremezclan movimientos femeninos, ondulantes, sugerentes; con atributos atleticos y viriles. De fisico recio y solido, sus desplazamientos son como de mariposa huidiza o de gata en celo. Su sexo impreciso le da una apariencia grotesca, rechoncha y ridicula a la que, sin embargo, nadie presta atencion.
--Estos hermanos han demostrado que son dignos de nosotros --dice el Lider--. Han pasado satisfactoriamente las pruebas que exige la Hermandad. Han probado su total identificacion con nuestros ideales. Podremos confiar en ellos, asi como ellos confiaran en nosotros. La Cofradia se fortalece con su presencia. El cielo y las estrellas son testigos de que esta noche los aceptamos como hermanos.
El Lider sostiene entre sus dedos un aguzado alfiler de oro. Sin sacarles los guantes, el Lider perfora los pulgares de los iniciados. La sangre ti?e los guantes de seda; gotea lentamente hacia el suelo. El Lider eleva sus manos a las alturas y el tambien, sin sacarse los guantes, perfora una vez mas su pulgar izquierdo y hace gotear la sangre sobre la cruz que arde sin consumirse.
--!Hermanos! --grita el Lider--. ?Juran cumplir las leyes de la Cofradia, ayudar al hermano en dificultades, luchar hasta la muerte por el triunfo del sagrado ideal?
--!Juramos! --responden ellos.
--!Bienvenidos a nuestra Santa Hermandad!
El Lider mezcla su sangre con la de los nuevos hermanos consolidando el pacto que no podra romper ni la Muerte. Las manos hacia lo alto, tratando de penetrar la boveda celeste, muestran la sangre que es se?al de sacrificio y compromiso, de alianza irreversible que no admite infieles ni traidores y en la que la primera debilidad, la primera vacilacion, se castiga con el tormento eterno.
El circulo ha comenzado a oscilar lentamente, de un lado a otro, todos tomados de las manos mientras entonan un himno gozoso, un canto de alabanza en honor de los nuevos miembros de la secta. Estos se han puesto de pie y unen sus voces al coro, orgullosos por el honor conferido.
Pero la ceremonia no ha terminado. Cuando el himno cesa y todos vuelven al silencio, hace su ingreso al circulo un encapuchado de figura obesa, eliptica, que arrastra un bulto con una cadena. Jadeando y resoplando tira de su carga hasta arrojarla a los pies del Lider; luego la inmoviliza con uno de sus enormes pies. No, no ha traido un perro ni ningun otro animal. A la luz del fuego destaca una muchacha negra, desnuda, amordazada, las manos encadenadas a la espalda. Esta consciente, aunque en su rostro se observan las huellas del hambre, la fatiga, el dolor y el panico. Sus mu?ecas estan ensangrentadas. Moretones verdes y azules cubren sus caderas. Los ojos casi ocupan todo el rostro, desorbitados por el terror.
El Lider le afloja la mordaza y la mujer se desfonda en gritos y alaridos, chillidos que surcan el cielo como flechas igneas y dan en el centro del escalofrio. Loca de panico, trastornada por el alucinante espectaculo que la rodea, incapaz de aceptar que no sufre una pesadilla, da un alarido que le brota de las entra?as y cae desmayada sobre los zapatos blanquisimos del Lider.
--He aqui la ofrenda que sellara nuestro pacto --dice este, mientras saca un latigo de sus ropas--. El sacrificio de homenaje para los nuevos hermanos.
El latigo es de cuero trenzado, de tres puntas, y ondula como serpiente. El Lider lo entrega a la mujer que acaba de realizar el juramento. Ella lo extiende en toda su longitud, estira el brazo, esta lista para descargar el primer golpe...
Tres dias despues, a las seis de la tarde, un muchacho moreno de unos veintitantos a?os aparecio en el umbral del "Solitario" cuando Dante, Wolfie y Martinez Lazon empezaban a tomar otra cerveza. A diferencia de otros dias, no habia nadie mas en el restaurante, y los tres quedaron mirando, como si lo hubiesen acordado previamente, esa figura desconocida, envuelta en ropas coloridas y de peque?o african-look. Era alto, robusto, de rostro redondo, y ocultaba sus ojos con lentes oscuros. De primera impresion provocaba risa, pero a los pocos segundos emano de su aspecto un aire grave y serio que obligo a Dante y a los otros a mirarlo con respeto, casi con temor.
Inmovil en la entrada, sin intencion de aproximarseles pero mirandolos fijamente, dio a entender que queria hablarles. Ellos se miraron; dudaron entre reirse o tomar una actitud amenazante. Deliberaron durante unos segundos y, comprendiendo que no podian ignorarlo, decidieron invitarlo a la mesa.
--?Un vasito? --le dijo Wolfie, haciendole salud.
El desconocido -aunque ahora a Dante le parecia conocerlo, no supo de donde- torcio la boca en una mueca que solo despues interpretaron como su sonrisa y se acerco lentamente para que lo miren bien; se sento en una silla que trajo de otra mesa y dijo con voz lejana, como si estuviese a kilometros de distancia:
--Me llamo Zenon.
--Hola. Yo soy Wolfie. El, Martinez Lazon y el...
--Dante --dijo el moreno.
Dante quedo con el vaso a medio camino, sin atinar a seguir llevandolo a su boca o a apoyarlo sobre la mesa. Tenia razon, lo conocia, ?pero de donde?
Los dos quedaron mirandose fijamente, estudiandose, reconociendose, preguntando sin hablar y tratando de recordar, uno, donde habia visto antes esos dientes como diamantes pulidos, el pelo de resortes, el rostro chocolateado; mientras el otro comparaba la imagen alojada en su memoria con ese rostro de ojos achinados, rasgos duros y teluricos, como los de un huaco; mejillas hundidas y el pelo negro, erguido y brillante.
Dante seco su vaso de un trago y escupio en el piso de aserrin, intentando parecer agresivo.
--Si, soy Dante --dijo--. Pero...
--Ya se, no importa... La fiesta en casa de Marcelo, ?recuerdas?
--Dos mas --pidio Martinez Lazon.
Dante quedo pensativo y aunque la claridad empezaba a hacerse en su cerebro, aun reinaba la confusion. Recordo fragmentos, retazos, pedazos de esa noche que fue una noche mas. El frio de Barranco, el baile, el regreso en colectivo, pero ?que tenia que ver?
--Griselda --dijo Zenon--. Yo fui con ella... y con Augusto.
--Griselda --repitio Dante--. Griselda.
Ahora si recordo. Sus manos calientes, sus senos puntiagudos, su pelo que lo apreso como una telara?a y esa cancion que le empezo a gustar despues de bailar con ella. Si, ahora si.
--No entiendo --dijo--. De eso hace ya como un mes. Fue algo asi... Nada serio.
Zenon bebio un segundo vaso y nuevamente descompuso la boca en una sonrisa.
--No te preocupes --dijo--. No estoy aqui por ella. He venido para hablar de Augusto.
--?Augusto? --preguntaron los tres.
--Si, Augusto. El que bailo con esa rubia despampanante y luego...
--!Claro! --lo interrumpio Dante--. Ya se.
--No me acuerdo --Wolfie prendio un cigarrillo.
--Estabas borracho --dijo Martinez Lazon.
--Augusto... pobre. Al dia siguiente lo encontraron muerto en el parque de Barranco. Le clavaron un cuchillo de cocina en la espalda.
Guardaron silencio, sin saber adonde mirar, distrayendose con el amargor de la cerveza. Dante habia olvidado por completo ese asunto; quizas nunca le presto atencion. Pero ahora, mientras observaba el rostro prieto que a su vez lo examinaba a el, fue recordando los detalles, las fotos, los titulares de los periodicos, la escasa informacion que se dio. Al fin y al cabo, ?a quien le importa un negro muerto?
--Esto ya parece cuento policial --dijo Wolfie--. Mucho suspenso, mucho misterio. ?Por que no hablan claro?
--Si --dijo Martinez Lazon--. No entiendo nada. Parece que en todo esto hay algo, ?pero que es?
--Bien --Zenon se limpio la espuma de los labios--. Los hechos son los siguientes. Primero: un joven negro muere apu?alado en circunstancias hasta ahora no esclarecidas. Segundo: casi un mes despues aparece una muchacha, tambien negra, cruelmente torturada, azotada, vejada; le molieron el cerebro a patadas, ?no vieron el noticiero?
--?Y?
--Hasta aqui podriamos hablar de simples coincidencias, hechos circunstanciales sin ninguna relacion entre si; pero, en el primer caso, ?no es sospechoso que una chica de la Universidad, de dinero y buena familia como ya averigue, rubia, hermosisima, cuerpo de bailarina, se deje besar y manosear por un negro a quien recien conoce, y delante de sus amigos y amigas? ?No es todo esto muy sospechoso?
Por unos minutos nadie dijo nada. Bebieron de sus vasos, fumaron sus cigarros, espantaron las moscas que insistian en pararse sobre la mesa. El primero en hablar fue Wolfie.
--Puede que si y puede que no --dijo--. Hay mujeres que solo se excitan con verduleros, basureros, limpiapisos... Quizas sea una de estas.
--Si --dijo Dante--. Nunca se sabe como va a reaccionar una mujer. De repente estaba en tragos o huiros y le parecio algo exotico, extravagante, fuera de lo comun.
--En la Universidad hay hijos de diplomaticos y millonarios que buscan perritas en la Parada, San Cosme, Villa Maria del Triunfo... y si apestan les gustan mas. De hecho esta aficion se da tambien en las mujeres.
--Si --intervino Martinez Lazon--. ?Se acuerdan de Cuchi, la vieja pituca, la profesora de Artes? Un dia la encontraron...
--!Ya, ya! --lo corto Zenon, verdaderamente molesto--. No estamos hablando de eso. ?Estan de acuerdo en que la actitud de esa chica, por una razon u otra, es algo sospechosa? ?Si o no?
Nadie respondio. Como si el tiempo hubiese retrocedido, se repitieron los movimientos anteriores. Bebieron de sus vasos, fumaron sus cigarros, espantaron las moscas que insistian en pararse sobre la mesa. De vez en cuando miraron a Zenon a traves del humo, intentando adivinar adonde apuntaba.
--Bueno --dijo Zenon--, olvidemos eso y concentremonos en el segundo asesinato. En el lugar se encontraron huellas de por lo menos veinte personas, restos de una hoguera y por el estado en que quedo el cadaver se cree que se trato de una especie de ritual satanico, como esas ceremonias en que se practican sacrificios humanos.
--No se --dijo Dante--. No hay nada seguro. Sabemos que en la policia no se puede confiar. Quizas contaron sus propias huellas.
--Si --lo apoyo Wolfie--. Crimenes como ese ocurren a cada rato y en todas partes. De repente fue el ejercito o una banda de buitres del amor.
--!No! --Zenon comenzo a exasperarse--. Los medicos determinaron que no hubo violacion. Simplemente la azotaron y luego la masacraron a golpes.
--Entonces no fue un ritual satanico.
--Lo dije solo como ejemplo.
--?Y que importa todo esto?
--No entiendo nada. Mejor tomamos dos mas.
--Vivimos para morir. ?Por que preocuparnos? ?Quienes son los que han muerto? No los conozco, ergo, no me importan. !Salud!
--!Que estupidos! --grito Zenon, levantandose--. Crei que eran mas inteligentes, que les funcionaba el cerebro.
--Oigan al Einstein, oigan a la luminaria, a la computadora.
--Tranquilos, solo estamos conversando.
--Sientate --dijo Dante--. Habla claro de una vez. ?Que es lo que estas tratando de decir?
Zenon suspiro, fastidiado, y volvio a sentarse, practicamente se derrumbo sobre la silla. Su rostro mostraba un tinte morado, por la sangre concentrada y el mal humor. Antes de hablar tomo un vaso al seco; la espuma le chorreo por la barbilla dejando una estela blanca.
--Lo que quiero decir es muy simple. No tengo pruebas, solo hablo por intuicion. Dos asesinatos de negros en circunstancias muy confusas me hacen pensar en un complot, en discriminacion, en racismo.
--?Una especie de Ku Klux Klan? --pregunto Wolfie, burlandose.
--Si, eso mismo.
--?Aqui? ?En Lima, Peru?
El silencio se hizo total, absoluto, de miedo, de otro mundo, antes de que los tres explotaran en una carcajada que hizo temblar los vasos y las botellas y apretar los dientes a Zenon, esos dientes brillantes, blanquisimos, casi pulidos. La colera deformaba su rostro, hacia incontrolable la risa de los tres que tuvieron que agarrarse los estomagos y ponerse de pie, patear el suelo, apretarse el higado y cuando se calmaron un poco le palmearon un hombro compadeciendolo y pobrecito, no sabes donde estas, seguro tiene algo en la cabeza.
--Estas loco, zambito, deliras.
--El Peru es casi negro --dijo Dante, ya sereno--. ?Te olvidas de Chincha, del lando, del frejol colado, de San Martin de Porres, del Alianza Lima?
--?De donde has sacado eso? ?Crees que somos idiotas?
Zenon no respondio. Se limito a servirse otro vaso y a mirarlos con una rara seguridad mezcla de lastima e incredulidad, impotencia y colera, desprecio y ofuscacion. Inexplicablemente, por una extra?a confusion de realidades o un sutil artificio del que lo sabe casi todo y gobierna su cerebro, sus ojos ya no ven los tres rostros burlones, chinos de tanta cerveza, de labios trabados y humedos de donde cuelgan los cigarros; sino, proyectados hacia atras por una catapulta, con esa fuerza que poseen algunos recuerdos, a traves de las lunas negras de los lentes oscuros, ven el cuerpo estremecido de la chica que se convulsiona a cada latigazo propinado por ese fantoche de sexo indefinido, fantasma hibrido de vigor increible que con cada azote corta el aire como con navajas y dibuja surcos profundos y purpureos en la carne tumefacta.
Al principio, cuando la joven de graciles movimientos comenzo a flagelarla, ella desperto de su desmayo con leves gemidos, ahogados quejidos como cuando se asfixia a un gato o se le despanzurra luego de aturdirlo a golpes. Despues la fragil ballerina dejo su lugar a uno de los hombres, quien con furia incontrolada la hizo desgarrarse en alaridos de entra?a, gritos viscerales como dardos de escalofrio que pusieron la carne de gallina. Al azotarla el otro los gritos se opacaron, como cubiertos por una cupula de vidrio. Y con el ultimo de los verdugos, ese espectro marimacho de cuerpo atletico y movimientos de peluquero frances, ya ningun quejido sale de la boca de la negra. Quizas ha muerto o ha vuelto a caer inconsciente, desvanecida por los latigazos de fuego.
Entonces todos quedaron inmoviles, paralizados, asustados y silenciosos, hipnotizados por esas ululantes sirenas que los amenazan y ya se pueden ver las luces cortando los cerros, acercandose y buscandolos, rodeandolos.
--!La policia! !Vamonos!
Corren hacia los autos, encienden los motores, arrancan, huyen sin estorbarse ni chocar y preparando por si acaso las pistolas, los fusiles, las metralletas. La cruz se desmorona convertida en cenizas...
Zenon mueve la cabeza como diciendo no y guarda sus lentes en la camisa. Tiene ojos de pescado. Su boca es una mueca que esta vez no es su sonrisa.
--Estupidos --dice--. No estan ciegos, pero igual no ven nada. Pobrecitos. Aunque explote el mundo no se darian cuenta.
--Esta hablando el profeta --dice Wolfie--. El nuevo Martin Luther King. ?Debemos ponernos de rodillas, se?or? ?Nos condenaremos por no escuchar sus palabras?
Los tres rien, aplauden, se carcajean ya borrachos y tienen que agarrarse de las sillas para no caer al piso. Zenon se ha molestado y ya esta de pie para irse, pero ellos continuan chinos de risa, el Ku Klux Klan aqui en el Peru, jamas oyeron algo tan comico, que ocurrencia y ya no se podra bailar festejo ni tomar champus.
--!Ba?ate en lejia! --grita Wolfie levantandose--. !Asi no tendras problema!
Mientras ellos rien Zenon da un giro, se estira como un gato y aplica un cabezazo a Wolfie que cae para atras, enredado en su silla. Zenon intenta darle otro golpe, pero ya Dante y Martinez Lazon se han puesto de pie y entre los dos comienzan a pegarle, lo patean, le aplastan un ojo y la nariz, lo derriban junto con la mesa y las botellas y ya cuando esta vencido, inconsciente entre los puchos, los salivazos y el aserrin, Wolfie, con la boca ba?ada en sangre, le incrusta el zapato en las costillas.
--Negro de mierda --dice.

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Updated: Saturday, 18 June 2005 10:34 AM EDT
Friday, 17 June 2005
Hacia el Sur VIII
Jos? Alberto Bravo de Rueda

La iglesia se ahogaba de gente. Ademas de las bancas, los pasillos, el centro de la nave, alrededor de las columnas y la parte de atras. En los rincones, sentados en el suelo o de rodillas, se api?aban invalidos, mendigos y penitentes. Oraban en silencio, sin rumores, sin distraerse, poseidos, mirando hacia lo alto o al altar. Con los ojos cerrados la iglesia parecia desierta. Un tenue olor a incienso flotaba en el aire frio y humedo; se adivinaba la grandeza del vacio; reinaba la paz que pueden dar los lugares santos. Al abrir los ojos la muchedumbre se integra sin violencia, como si formara parte de los cuadros que hubieran podido adornar las paredes lisas y desnudas, planchadas de blanco. Al frente el altar, muy severo, y la Biblia luminosa, como si encerrara fuego.
Nadie tuvo necesidad de ver su reloj para comprobar que eran las ocho porque ya el Pastor Jonathan salia de una de las puertas laterales y se instalaba ante el altar; abrio la Biblia y se dispuso a hablar con esa voz como de instrumento de viento. Todos se habian levantado para verlo mejor, aunque sin empinarse ni estorbar a los demas, sin estirar las cabezas ni encaramarse en las bancas. El los miro con esa sonrisa que ocupa todo el rostro y les permitio sentarse. Entonces pudieron observarlo mejor, incluso los ni?os, porque varias veces durante su sermon dejo el altar, se aproximo y miro a todos con expresion de indulgencia benevola, suficiente para otorgar la gracia. El vaiven de su cuerpo, los dibujos que en el aire trazaban sus manos, los gestos, su figura y su sombra ejercian un efecto hipnotico. Su pelo tenia ya un color gris, aunque todos sabian que era joven. Sus ojos azules, fuentes de energia laser, brillantes como los de un gato en la leve penumbra, dominaron conciencias y voluntades. En su rostro palido se adivinaba el encierro voluntario y la consagracion al estudio. Habl? con una hibridez de orador alem?n y adivino de Oriente que electriz? a todos. No, a todos no. Sus palabras, r?pidas y l?cidas, podr?an sonar extra?as a alguien que entr? en la iglesia por casualidad, como quien no tiene otra cosa que hacer; porque los otros, los dem?s, no parec?an asombrados: encontraban gusto en la costumbre de escucharlas. Y m?s parec?a un discurso pol?tico que un serm?n religioso. Condenaba el sexo, las drogas, la violencia no por s? mismos, sino como si formasen parte del programa de un partido opositor. Fustig? al gobierno, a los que lo condenaban, a los militares, terroristas, sacerdotes, maestros, ricos, comerciantes; nadie escap? a sus cr?ticas ni a sus amenazas del Infierno. El Fuego Eterno es inevitable para aqu?llos que se entregan al vicio y a los falsos placeres que encadenan al Perro. Una mezcla de Cristo y Che Guevara al ultramoralismo. Algo as? como que en nosotros viven los gusanos y la pudrici?n y con el sexo s?lo aceleramos el proceso. Muy curioso, porque en esos momentos en que el Pastor Jonathan llegaba a esta parte del discurso, yo me esforzaba por recordar los pliegues, las durezas y las suavidades del cuerpo desnudo de Pablo Ernesto.
Despu?s de una ausencia de tres meses, acostumbrada por m?s de un a?o a sentir su piel junto a la m?a, la nostalgia y el vac?o--sobre todo en las noches--se van haciendo insoportables. En lapsos tan peque?os como una o media hora (quiz?s menos) pueden sucederse--el orden no es exacto--el mal humor, la soledad, la tristeza, la indiferencia, el aburrimiento, el deseo, la frustraci?n manual y, ocasionalmente, una neurosis depresiva t?pica de los d?as previos a la menstruaci?n.
En un af?n inconsciente de aproximarme a ?l me imaginaba ser uno de esos santos de los cuadros de la Escuela Cusque?a que siempre aparecen tortur?ndose, lacer?ndose, martiriz?ndose, y que tanto llamaban la atenci?n de Pablo Ernesto como para describirlos en sus cartas y mostr?rmelos en lac?nicas postales.
Hubo noches en las que, creyendo tenerlo todav?a a mi lado, estiraba el brazo esperando encontrar la curva de sus caderas; su espalda abandonada; sus muslos delgados, interminables; pero el fr?o que cercenaba mi mano al chocar con la pared o al arrugarse con las s?banas congelaba todo el cuarto, la ciudad, el mundo entero, y terminaba ahog?ndome en la angustiosa realidad de la excesiva distancia, el nunca m?s, la lentitud exasperante del correo, otro d?a sin ganas de ir a clases adem?s de esos pensamientos de los que jam?s me he podido liberar (ni aun en la iglesia) con entrecruces de arequipe?as, cusque?as, chilenas, argentinas, gringas, francesas, alemanas, suecas, y yo quedo en un min?sculo rinc?n, ya casi para caerme de la cama.
-No s? por qu? la gente va a la iglesia -dijo Pablo Ernesto alguna vez, cuando reci?n and?bamos juntos.
Ahora yo podr?a darle una respuesta. Podr?a decirle tantas cosas, sinceras casi todas, aunque no las creas, pero seguro que al escucharme tus labios formar?an esa sonrisa esc?ptica que no sabes cu?nto me disgusta, y provocando el aburrimiento bostezar?as como los hipop?tamos que vimos en un documental e inmediatamente me besar?as en la boca no porque me quieres o deseas, sino para que no siga hablando y cans?ndote con esas est?pidas explicaciones de por qu? la gente va a la iglesia.
Y yo no s? qu? me atrajo, desde el primer momento en que la vi. ?Sus paredes de ladrillo, su arquitectura moderna? ?Las plantas, las enredaderas, los arbustos de rosas, los mosaicos de los vitrales? Quiz?s la c?pula alt?sima, que parec?a alcanzar el cielo, en donde revoloteaban los p?jaros.
Entr? insegura, sin decisi?n, algo indiferente, como quien entra a un museo aburrido o a una pel?cula mala s?lo para pasar el rato. Exactamente igual como cuando entrabas a la iglesia de la Compa??a o a la de San Francisco no para rezar, sino para resguardarte de la lluvia y el fr?o o s?lo para contemplar los cuadros, los retablos y los p?lpitos. Con esa curiosidad tur?stica prohibida de tomar fotos, mas no de acariciar, con los ojos cerrados, cuando nadie vea, un lienzo de Diego Quispe Tito. Pero aqu? no hay nada de eso, no te entrometas, Pablo Ernesto. Aqu? s?lo las anchas escaleras de m?rmol, ni un mendigo en la puerta y una pizarra de tela verde con avisos a los hermanos. La penumbra de la parte trasera era balanceada por la iluminaci?n que rodeaba el altar. Resbal? como sobre hielo por el centro de la nave, de pronto invadida por una absoluta tranquilidad. Reinaba el silencio, aunque la gente ocupaba ya la mitad de los asientos. Reci?n iban a dar las siete. Continu? avanzando hacia los primeros lugares impulsada por una fuerza irresistible. Molestando, pidiendo permiso, pisando los pies de los creyentes, logr? ubicarme en un espacio reducido, en la banca m?s cercana al altar, entre una anciana gorda con amplias aureolas de sudor en los sobacos y quiz?s un vendedor ambulante que no se cansaba de rogar por el ?xito de sus negocios.
?Te das cuenta? Esper? m?s de una hora muri?ndome de calor, soportando los m?s diversos olores, sin fumar ni mascar chicle, tan inc?moda que ni pod?a estirar las piernas. ?Y qu? esperaba? ?Un milagro? Ni yo misma lo sab?a... Tal vez s?lo te esperaba a ti.
Mientras tanto el Pastor Jonathan segu?a pronosticando calamidades. En un principio me cost? comprender d?nde me encontraba. De golpe lo identifiqu? (como una repentina iluminaci?n) gracias a las fotos que por esos d?as sal?an cada vez con m?s frecuencia en los peri?dicos. S?, era ?l, aunque no sent? emoci?n alguna. Sus palabras, posiblemente importantes, sonaban huecas y vac?as para m?. La mujer pronto ser? est?ril (mejor; no habr? necesidad de p?ldoras ni espiral). Las guerras arrasar?n el planeta (siempre me fascinaron las pel?culas de violencia). Los ni?os, embrutecidos por el alcohol y las drogas, se alzar?n contra sus padres (de ni?a, previendo quiz?s el posterior divorcio de mis padres, sent?a que no pod?a quererlos a ambos a la vez), hasta que sonar?n las trompetas, se abrir?n los cielos y entre rayos, truenos y terremotos (imagin? fuegos de artificio) ser?n exterminados aqu?llos que no respetaron las ense?anzas y se apartaron del buen camino.
La muchedumbre lo escucha extasiada, enmudecida, incapaz de perderse una palabra. Los cuerpos inm?viles, las bocas abiertas, la respiraci?n pausada y profunda, la mirada fija en el Pastor, indican la paz que sienten todos, contagiados por la gracia milagrosa del Pastor Jonathan. La paz que sienten todos al olvidar su pobreza, sus problemas y preocupaciones. La paz que sienten todos al creer en algo que no pueden ver. La paz que sienten todos menos yo, porque extra?o como a una parte de mi cuerpo (igual que si hubiese perdido un brazo o una pierna) el sexo duro y caliente de Pablo Ernesto horad?ndome sin dolor, teji?ndome en una delicada filigrana con bordados de oro y elev?ndome a los cielos que ellos pueden tocar ahora: la vieja gorda, la madre y sus cuatro hijos, la cholita con las compras para el patr?n, el chino mal afeitado y de u?as largu?simas, esa pareja que nunca hace el amor los primeros viernes y el se?or de anteojos que ni mira los abundantes pechos que sin querer le muestra la muchacha de al lado. Todos, todos est?n transportados en el v?rtigo del ?xtasis y es imposible romper la uni?n entre el pastor y su reba?o. Si gritase, aullase, tirase golpes o me desnudase parada en la banca jurando que esta iglesia no me da la paz que encontraba en Pablo Ernesto, nadie se dar?a cuenta, nadie me mirar?a, absolutamente nadie se fijar?a en m? porque no podr?a interrumpirlos y es que su comunicaci?n no se realiza con palabras ni miradas, sino a otro nivel que nosotros ya est?bamos alcanzando, y no ignoro que este teatro: el Pastor Jonathan gesticulando en el altar, el auditorio simulando prestarle atenci?n, es s?lo un truco para enga?ar a los advenedizos como yo.
S?, tienes raz?n, Pablo Ernesto, nunca me import? la iglesia, ni el Pastor, ni la gente ovina que lo escuchaba. Es decir ese primer d?a que ?el viento, la casualidad, el destino? me empuj? hacia las anchas escaleras de m?rmol. Me importaban un pito las promesas que seduc?an, las amenazas que atemorizaban a todos. ?Hasta cu?ndo, Se?or, Santo, Verdadero, no juzgar?s y vengar?s nuestra sangre en los que moran sobre la tierra? Llegado el d?a los hombres buscar?n la muerte y no la hallar?n, y desear?n morir, y la muerte huir? de ellos. Cristo, el Cordero, el Viviente, puede hacer milagros militares y electorales. Los jud?os son culpables de todas las desgracias y deben ser confinados en Israel. La Ley de Cristo no tiene l?mites ni fronteras y, como Verdad, se impone a las leyes del pa?s. En esos instantes pude ver, como si alguien proyectara diapositivas en mi cerebro, los cilicios de Santa Rosa; el l?tigo con que se azotaba San Carmelo; las brasas que quemaron los pies de San Zabul?n, lapidado por incestuoso y luego rescatado de las garras de Satan?s por gracia de Dios; la cama con clavos de la beata Delmira, a quien todos deseaban; las agujas que el m?rtir Malquiel clavara en su carne y la corona de clavos que ci?? el rey Berequ?as en su noche de bodas. ?Estar? yo entre los 144 mil elegidos que seguir?n al Pastor Jonathan a la Salvaci?n Eterna? Estos ya no tendr?n hambre, ni tendr?n ya sed, ni caer? sobre ellos el sol ni ardor alguno, porque el Cordero, que est? en medio del trono, los apacentar? y los guiar? a las fuentes de aguas de vida, y Dios enjugar? toda l?grima de sus ojos. Los homosexuales son embajadores del AntiCristo. La m?sica rock confunde y trastorna los sentidos (?y los Beatles?). Los humanistas, comunistas y socialistas son enemigos de la Guerra Santa y contra ellos se repetir?n los milagros del Mar Rojo, de Jeric?, de Baal, Beteida, Jer-sulm-gahd, Carna?m, Tiro, Og, Se?n y Harmaged?n. Ser?n aniquilados como el ej?rcito de Senaquerib. Vencidos por un enemigo m?s peque?o aunque m?s fuerte, como lo fue Goliat por David. Llegado el d?a de la C?lera, el d?a grande de la Ira, ?qui?n podr? tenerse en pie? Porque justo eres T?, el que es, el que era, el Santo, el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Ay?denme, sangre de Malaqu?as, huesos de Pin?n, carne pura de Betsab?, cr?neo roto de Joaqu?n, cicatrices de Zemira y Sasac, ojos vaciados de Telamec, nervios congelados de Manas?s, el casto. Al?jenme de los cobardes, infieles, abominables, homicidas, fornicadores, hechiceros, id?latras, herejes, ricos, mezquinos, corruptos, falsos, miserables y otros embusteros que tendr?n su lugar en el estanque que arde con fuego y azufre y que es la segunda muerte. Pero no nosotros, Soldados de Cristo, elegidos, bienaventurados; porque para nosotros no habr? ya noche, ni tendremos necesidad de luz de antorchas ni de luz del sol, porque el Se?or Dios nos alumbrar? y reinaremos con El por los siglos de los siglos...
Parec?a que no iba a hablar m?s, pero nadie se levant?, nadie lo aplaudi? tampoco aunque a m? me dieron ganas porque en esos momentos ya no estaba pensando tonter?as, sino me hab?a dejado llevar por la m?sica que brotaba de las palabras del Pastor Jonathan. Todos permanecieron en sus asientos, silenciosos, reflexionando, como gozando del descanso despu?s de la furia del amor. Y para entender esto, para comprender que no exagero y no hablo por hablar, hubieras tenido que verlo. Totalmente transfigurado, ubicuo, suavemente persuasivo, melodioso y convincente como un monstruo simp?tico de mil bocas a quien es imposible dejar de escuchar. Y yo no vine por la publicidad que empezaban a hacerle los peri?dicos y la TV. Ni siquiera sab?a que ?sta era su iglesia. Simplemente me dej? arrastrar por las paredes de ladrillo, las escaleras de m?rmol, las plantas, la c?pula alt?sima donde revoloteaban los p?jaros. Sabes muy bien, Pablo Ernesto, c?mo act?o a veces, casi siempre. Corazonadas, p?lpitos, intuiciones; caprichos dices t?, aunque con tu cerebro machista c?mo vas a comprender. Simplemente entr? sin saber qu? pasar?a, sin saber que iba a conocerlo; y ahora creo que podr?a ser una de su iglesia. Hasta las necedades suenan razonables en su boca. Quiz?s me olvide de ti y, siguiendo el consejo de Miluska, te cambie por otro "aunque sea para la cama". Miluska, Dante, Wolfie, Lul?, hace tiempo que no los veo. Se hubieran muerto de la risa de haberme visto en la iglesia, rezando, escuchando al Pastor, buscando esa tranquilidad que por un tiempo logr? alcanzar y que espero recuperar cuando llegues. ?Eres tan importante, acaso? ?Y si te mueres? ?Me tomar? mucho tiempo olvidarte? ?Al mes no habr? encontrado tu reemplazo? ?Por qu? esperarte entonces? Lo importante no eres t?, sino lo que me dabas, y eso me lo puede dar cualquiera. Dante. Wolfie. Dante... no; adem?s, lo s?, tu orgullo llorar?a de rabia. Wolfie... ?l, s?. No puedo negarlo: me gusta, tal vez me gusta m?s que t?. Wolfie... Quiz?s ni te ofendas, ?eh? Quiz?s hasta te agrade... Pero no lo veo hace tiempo. Ni a ?l ni a Dante ni a nadie. Dicen por ah? que est?n metidos en algo; todos saben, pero nadie quiere hablar. No me importa. Lo ?nico que importa es que regreses. ?R?pido!
S?, ya hab?a terminado de hablar y la gente sal?a en silencio, transformada, segura de tener garantizado un lugar junto al Trono de Dios. El Pastor desapareci? por una de las puertas al costado del altar y si yo estuviese en Cusco contigo nos acercar?amos a contemplar los cuadros manieristas, tenebristas y barrocos que cubren las paredes de las iglesias desde el piso hasta el techo. Te pedir?a una moneda para la alcanc?a de los "Ni?os Inv?lidos de la Parroquia" y t?, refunfu?ando, pensando en el cigarro que se te va, me la dar?as con esa cara de vinagre que pones cuando est?s molesto y que a veces me gusta y a veces no. La echar?a r?pidamente en la caja, porque podr?as arrepentirte, y luego seguir?amos viendo los cuadros, respirando la humedad, haciendo crujir el piso de madera, analizando los colores, los detalles, la fecha, el nombre del autor y descifrando las inscripciones en lat?n.
No fui hacia la salida porque algo me atrajo hacia el altar. No, no hacia el altar, sino exactamente hacia la puerta lateral por donde desapareci? el Pastor. Aqu? no hay cuadros, ni p?lpitos, ni retablos; s?lo las paredes desnudas, de ladrillo, los vitrales en lo alto y al pie los maceteros con plantas que reci?n est?n brotando. Saldr?amos agachando las cabezas para no golpearnos con el port?n y estar?a lloviendo, as? que me har?as un campito en tu impermeable y caminar?amos abrazados, mis manos en los bolsillos de tu pantal?n, y t? ni cuenta te dar?as de que metes los pies en charcos de agua por mirar a las gringas con sus potos blanqu?simos y sus axilas sin depilar, pero no me sentir?a celosa como cuando llegu? a la puerta buscando al Pastor--ya la iglesia estaba vac?a--, no me sentir?a celosa porque por el camino m?s corto llegar?amos al hotel y sin preocuparnos de la hora nos meter?amos entre las s?banas y cuando nos diese calor nos desnudar?amos y entonces...
-?Se le ofrece algo, se?orita?
Y entonces...
-Se?orita...
Y entonces...
-?Se siente bien? ?Puedo ayudarla?
-?Oh, s?! Quiero decir... estoy bien. S?lo que...
Parec?a un actor de cine. Ojos azules; nariz recta; ment?n partido; rostro firme, rosado de tan blanco; pelo gris, aunque sab?a que era joven. Me tom? el tiempo necesario para observarlo a mi gusto: pantal?n negro, camisa blanca, zapatos negros, medias blancas; en las manos sosten?a un sombrero al?n, de fieltro, tambi?n negro. Lo m?s atrayente eran sus ojos, azules, de hielo y c?lidos a la vez, persuasivos y d?ciles, de hombre y de animal, de santo y de...
-?No estar? enferma, se?orita? -me dijo, tom?ndome de un brazo, creyendo que me iba a desmayar.
-Estoy bien -le dije.
Su mano suave, tibia y firme despert? en m? sensaciones ocultas y olvidadas. Fij? mis ojos en los suyos, como hac?a contigo para descubrir si estabas mintiendo, pero no pude sostener su mirada incisiva y penetrante. Cuando comprob? que no me pasaba nada, me solt?, pero yo no quer?a que me soltara. Quer?a que me siguiera sujetando del brazo y permanecer as? nom?s, sin hablar, sin hacer nada.
-?En qu? la puedo servir?
No pude contestar. ?Qu? iba a decirle? Me siento sola y deprimida. Extra?o a mi amante y no me atrevo a traicionarlo. Estoy perdida, sin br?jula, confundida. ?Qu? puedo hacer?
En esos momentos, mientras el Pastor esperaba mi respuesta, con el cerebro funcionando a mil por hora, comprend?, vi claramente lo ego?sta, rid?culo y mezquino de la situaci?n que me empe?aba en provocar. ?Qu? grandes problemas! ?Qu? terribles preocupaciones! Un deseo sexual insatisfecho me hac?a sentir como si el mundo se estuviese derrumbando. ?Usted cree que tengo tiempo para estos asuntos, se?orita? ?Que soy consejero sentimental? ?Consolador autom?tico? ?Por qu? no va donde su psicoanalista? ?Por qu? no se toma un an?s y un calmante vaginal? Pobrecita frustrada, arrecha, abandonada e insegura. Espere nom?s, que yo la arreglo en un ratito, en menos de una noche, con ropa o sin ropa le devuelvo la alegr?a de vivir, la convierto a mi iglesia y me transformo en su dios, mago y hechicero del placer, ant?doto para muchachas seudomenop?usicas que sufren del complejo de viuda o de la esposa abandonada. Loca, est?pida, carcomida por el mal a la papaya, ramera apocal?ptica, ninf?mana con culpa, medusa insatisfecha, Cleopatra en cintur?n de castidad, rabona del ej?rcito invencible y ara?a gal?ctica ansiosa de un mill?n de atletas negros exclusivamente alimentados con ostras.
-Tengo que hablar con usted -le dije por fin, en voz muy baja para que no me oyera Pablo Ernesto, que examinaba un detalle de los marcos en pan de oro.
Dud?. Por unos segundos qued? contempl?ndome en silencio, mir?ndome--estoy segura-- sin deseo; no como me miran a veces y t? casi siempre, sino como si estuviese leyendo una carta o admirando un paisaje de postal; con emoci?n contenida, con goce reflexivo, con la certeza de que entre nosotros se levantaba una pared.
-Bien -no respondi? el hombre, sino el Pastor-. Pero no ser? posible hasta el viernes. A las siete. Aqu? mismo.
?Hasta el viernes! Reci?n est?bamos lunes.
-S? -dije, para no quedar en silencio-. El viernes.
Me dio la mano, esa mano que me esforzaba en retener, y r?pidamente se dirigi? hacia la puerta principal, por donde entr?, y donde ahora, impaciente, con un cigarro sin prender en la mano izquierda, aguardabas t?, Pablo Ernesto.
Extra?amente tranquila, embargada por un delicioso sosiego que ni t? llegaste a darme, vi c?mo se alejaba, vi c?mo congelaba todo con su mirada azul fuego que yo imagino como la prolongaci?n de su alma mientras t? te escond?as como un avestruz y yo sent?a en mi sangre una oleada caliente que me hizo retroceder a la adolescencia y a los nervios agradables del primer enamorado.
Pero no sali?. Justo en el momento en que alcanzaba la puerta, justo en el instante en que t? arrastrabas los zapatos y temeroso, indeciso, te acercabas a m?, apareci? en el umbral un hombre alto, fornido, de bigotes creo, vestido con el uniforme militar. Desde entonces no te he vuelto a ver. Se saludaron. Miraron por una cent?sima de segundo hacia el interior, y me vieron inm?vil, p?lida, con el rostro descompuesto, igual a esas v?rgenes de la iglesia de San Agust?n. El militar sonri? (brillaron sus dientes) y sostuvo la puerta para que salga el Pastor. Luego hizo un gesto con la cabeza, sin ponerse la gorra, y qued? sola en la iglesia oscura, rezando como si estuvieses muerto.

Posted by jose-alberto at 12:54 PM EDT
Updated: Friday, 17 June 2005 1:26 PM EDT
Thursday, 16 June 2005
Hacia el Sur VII
Jos? Alberto Bravo de Rueda

Esperan. Hace horas esperan. Horas de horas. ?Cu?ntas? No saben; no les importa. Llegaron al amanecer y el sol se ha puesto ya. Son miles, cientos de miles. Han venido de todas partes, de Calca, Urubamba, Paucartambo, Canchis, Quispicanchis, Chumbivilcas, Ocoruro y Suychutambo; hasta de Sangarara, Zurite, Andaguayt?a y Cusipata. Han copado la Plaza de Armas, la Plaza del Cabildo, las calles adyacentes. Se envuelven en los ponchos y se cubren con los chullos. Picchan coca y pasan de mano en mano vasijas de aguardiente. Las mujeres se ocupan de las guaguas y reparten el fiambre. Un rumor natural brota de la multitud: aleteo de c?ndores; torrente de Tambomachay. No est?n furiosos ni enardecidos; simplemente esperan. Es noche cerrada, pero la luna, las estrellas y los candiles ofrecen suficiente claridad. Tienen los ojos alertas, las manos tranquilas, la expresi?n firme y seria. Comen. Beben. Hablan. Tosen. Escupen. Los mismos rostros, las mismas vestimentas, es imposible identificarlos, diferenciar uno de otro. Todos son iguales, los hombres, las mujeres, los ni?os, los perros. Las hondas, las mazas, las warackas y las macanas est?n ocultas entre los pliegues de la ropa. Como el mar que nunca han visto, como los sembr?os de ma?z agitados por el viento, se mueven al comp?s de un ritmo m?gico y secreto, tel?rico, ancestral.
Horas de horas de espera y ellos a?n no aparecen. Saben que se ocultan en la Catedral, en las iglesias a medio construir, en los palacios profanados de Pachac?tec y Huayna C?pac, en el Acllawasi, pero no se atreven a dar la cara. ?Tendr?n miedo? Ellos tambi?n lloran, tambi?n sufren, tambi?n mueren. No, no tienen miedo. Est?n preparando una emboscada.
De pronto se desata el alboroto en uno de los v?rtices de la Plaza. Se oyen gritos, zumbidos, aplausos, voces asustadas, alaridos. Ah? vienen. ?De d?nde salieron? Las manos se?alan, los ojos se desorbitan, los nervios se tensan y todos, incluso el Inca, son azotados por un latigazo el?ctrico, veloz como un reguero de p?lvora.
S?lo es un grupo. Hay a caballo, ese ser indefinido, casi divino, y tambi?n de a pie. Llevan trompetas de fuego y las largas picas que atraviesan los cuerpos como cuajo de leche. De la iglesia de los jesuitas y de los palacios saqueados salen nuevos escuadrones, se desplazan aplastando todo a su paso, maniobran formando un c?rculo en torno al Inca y su s?quito.
Sayri T?pac, el ?ltimo de los Incas, el de coraz?n de puma, cruza una mirada c?mplice con sus capitanes y empu?a con fuerza la mascapaycha. El Inca es el ?nico diferente a los dem?s; no por su expresi?n--la misma mueca p?trea e indescifrable de sus hombres--, sino por la realeza de sus vestiduras. El soberano levanta la cara hacia el cielo surcado de estrellas y apreta los dientes con fuerza; aparecen n?tidas las venas y las finas arruguillas que bordean sus ojos. Sus hombres, que jam?s conocieron lo que es el miedo, est?n tensos, casi no respiran, no pueden liberarse del embrujo hipn?tico de esos tambores cada vez m?s cercanos; pareci?ndose, sin posibilidad de saberlo, a los ni?os seducidos por la flauta de Hamelin.
Se abren las puertas de la semiconstruida Catedral y como un Arc?ngel, como un Pr?ncipe de la Luz, aparece el Gobernador Lefdel, Corregidor y Pacificador de todas las provincias del Cusco. Su guardia personal, en bru?idas armaduras, lo cubre y lo protege. Su caballo blanco con jaeces de plata parece un esp?ritu, un espectro salido de las nubes. Las reales carnes del Gobernador est?n protegidas por el yelmo y la doble loriga. En la mano izquierda empu?a la lanza con asta de fresno y en la vaina, sujeta a los flancos, relumbra la espada con el pomo de oro puro. A su lado, a pie, gordo, transpirando, el Obispo Hilario Gurruchaga se aferra al Santo Crucifijo como si fuese el arma m?s terrible. Estorbado por la mitra y el h?bito, no cesa de balbucear una mon?tona letan?a en una lengua incomprensible. Atr?s marcha la infanter?a armada con azagaya, espada y mosquete. Hombres altos y fuertes, orgullosos, curtidos en mil campa?as, de tez ahora tostada y barba y bigote crecidos. En formaci?n cerrada, un bloque macizo e impenetrable, la guardia del Gobernador avanza sin vacilaci?n hacia el ?ltimo de los Incas.
"Soy un dios", piensa el Gobernador Lefdel. "Un dios mitol?gico. Un centauro. Pegaso de entra?as de fuego que embaraza mil mujeres con una gota de semen".
Bajo el yelmo dorado sus ojos y su boca sonr?en. El viento ondea la seda blanca de su capa. No lo asustan los miles de indios, los millones de indios que lo rodean y lo miran con respeto, temerosos, como corresponde a una divinidad m?s poderosa que el Sol.
El Gobernador Lefdel frena su caballo, regalo del mism?simo Rey, y s?lo con los ojos ordena a sus hombres mantener la formaci?n, mirar siempre al Inca, cuidarse las espaldas, estar alertas al menor movimiento. Los tambores contin?an redoblando. El Gobernador Lefdel se empina sobre los estribos de plata pero ni aun as? alcanza a divisar d?nde termina esa masa oscura, informe, confusa, que se extiende como tent?culos por callejuelas empinadas y en las faldas de los cerros vecinos.
Sayri T?pac y su s?quito se abren paso hasta el hombre blanco y se arrodillan ante el Cuerpo de Cristo que sufre m?s que ellos, m?s que nadie. Sayri T?pac, el de coraz?n de puma, se pone de pie. No puede evitar la sensaci?n de desconcierto y confusi?n que siempre lo asalta al ver la imagen crucificada. Ese cuerpo desnudo y sangrante, d?bil en apariencia, a quien obedece hasta el Sol. Sayri T?pac contempla fijamente al Gobernador Lefdel, s?mbolo del Rey y la Corona, nuevo Emperador ante quien hay que postrarse y bajar la vista para no quedar ciego. Reci?n el Gobernador se digna saludarlo, apenas con un leve movimiento de cabeza. Su caballo relincha y corcovea, impaciente por entrar en batalla. El silencio va apoder?ndose de la Plaza, centro del mundo, nadie oye ya el subterr?neo redoble del tambor. El Gobernador Lefdel levanta su mano derecha ordenando iniciar la lectura del bando. Los traductores, indios renegados, se acercan al Inca con temor. Un soldado con el rostro partido por una cicatriz extiende un pergamino y empieza a leer con voz fuerte, pausada, resonante, deteni?ndose a cada frase para que los indios conversos hagan la traducci?n.
"Por mandato del Excelent?simo Gobernador Lefdel, Corregidor y Pacificador de las provincias del Cusco, seg?n ?rdenes de Su Sant?sima Majestad, Emperador Felipe II, se decreta:
"El aumento del tributo fiscal en veinte pesos o su equivalente en oro de buena ley. El impuesto se hace extensivo a toda mujer mayor de 15 a?os no impedida f?sicamente, quien podr? descontarlo con labores manuales a raz?n de 80 c?ntimos por dia; o, en su defecto, aportando ganado o cereal a los precios estipulados...
Sayri T?pac, el ?ltimo de los Incas, el de coraz?n de puma, ya no escucha, no le es necesario, sabe perfectamente qu? dicen esos extra?os signos amontonados en el papel, las absurdas disposiciones, los beneficios humillantes. Moment?neamente cancelados de su conciencia el soldado de la cicatriz y los indios traidores que no se atreven a mirarlo a los ojos, Sayri T?pac contempla su pueblo y se remonta en la nostalgia. No hace mucho de la gloria y apogeo del Imperio. A?n parece retumbar su nombre coreado por los guerreros de Quito, Chili, Alto Per? y las naciones del mar, un reino al que el Sol nunca dejaba de alumbrar; pero ahora, por capricho de una voluntad divina, reconoce como Emperador a un extra?o surgido de las aguas en un cascar?n de ?rboles, banderas y tubos de trueno.
"... la obligaci?n de todo indio mayor de 12 a?os a prestar servicio de mina, mita, pongaje y encomienda; de acatar el repartimiento; de cumplir con los diezmos y limosnas que imponga la Santa Iglesia para la conclusi?n de la Sagrada Catedral y de los templos de La Compa??a, La Merced...
Sayri T?pac, el de coraz?n de puma, ha comprendido que esta noche intentar?n asesinarlo y exterminar su pueblo. Luego traer?n al Cusco indios de otras regiones, m?s sumisos, incapaces de rebeld?a, indios que aceptaron el dominio del Tawantinsuyo tan f?cilmente como aceptan ahora los abusos del blanco invasor. Sabe que entre sus propios capitanes hay quienes quieren traicionarlo para conservar su oro, sus tierras, su ganado. Esta noche ser? la noche decisiva. La ?ltima oportunidad de remediar el error de Atahualpa y de revivir el Imperio.
"... asimismo la creaci?n de las gabelas al aguardiente y la coca con lo que su Majestad, Emperador Felipe II, espera erradicar el vicio pernicioso que da?a a los indios y agrava su natural ociosidad...
Mejor escuchar el murmullo ininteligible que escupen los traductores, ese discurso mon?tono de palabras vac?as, no por inter?s sino para evitar la melancol?a y los nefastos presentimientos de sus reflexiones. El, el de coraz?n de puma, siente temor por primera vez. S?lo faltan horas, quiz?s minutos. Consciente de la responsabilidad de su destino, ?ltimo heredero de la mascapaycha, siente miedo de fracasar en la batalla decisiva y de decepcionar a su pueblo, a los antepasados, a los dioses.
"La prohibici?n de cantar nada que no sean salmos religiosos; de transitar por las calles despu?s de medianoche; de formar grupos de m?s de cuatro indios en plazas p?blicas y de orinar en las calles; bajo pena de treinta azotes y encarcelamiento indefinido. Tales disposiciones las har? cumplir el Gobernador Lefdel, Corregidor y Pacificador de las provincias del Cusco, a partir del mediod?a de ma?ana. Es voluntad de S.S.M. Emperador Felipe II; a fechas 20 de Enero de 1593, en Madrid, Lima y Cusco.
El Gobernador Lefdel escucha las ?ltimas palabras en quechua de los traductores y, consumido por la ansiedad, espera los gritos de protesta, los gestos de c?lera, los rumores y silbidos de furia, pero queda desconcertado pues nada sucede. No se oye ni un murmullo, ni una queja; no se ve ning?n pu?o en alto, ning?n gesto amenazador; la muchedumbre tampoco se acerca embravecida; al contrario, el Inca, sus capitanes, los indios, las mujeres, los ni?os, los perros, todos sonr?en en una gigantesca mueca de alegr?a. El Gobernador Lefdel contempla un ?nico rostro: luminoso, brillante, feliz. A la luz de la luna y las antorchas distingue los dientes picados y rotos, los labios verdosos en donde adivina una carcajada tan potente como el trueno o el volc?n que explota al alba.
Confundido, trastornado, no puede ser, un hilo helado chorreando por su espalda, el Gobernador Lefdel duda de lo que perciben sus sentidos. Desesperado tira de las riendas y el freno hace sangrar los belfos del caballo. No sabe qu? hacer. Debe haber alg?n error, un error garrafal e inaudito que ha causado este malentendido. S?--se alegra por un segundo--, un error de los traductores. El nunca confi? en esos indios vendidos y mentirosos. Los azotar?, los desollar?, los freir? en aceite igual que a estos cusque?os cobardes que no reaccionan de acuerdo a su psicolog?a y a los relatos dejados por los cronistas. ?Quieren arruinarle sus haza?as, acaso? ?Impedir que su nombre quede inmortalizado como el de un conquistador famoso? ?Desairan su desaf?o no por miedo, sino por un est?pido af?n de trastocar las leyes y costumbres que desde los tiempos m?s remotos forjaron la Historia? Indios sucios, ignorantes, anormales. Est?n felices con la opresi?n, la explotaci?n y la esclavitud. Raza de masoquistas, salvajes, subdesarrollados. Incapaces de valorar el mayor don que el hombre puede poseer: ?La Libertad!
-?No puede ser! -grita el Gobernador Lefdel-. ?Debe haber alg?n error!
Pero no, no hay ninguna equivocaci?n. Ya los indios corren a pagar sus impuestos. Ya los adoradores de amarus y del arco iris se entregan con el torso desnudo, dispuestos a recibir los azotes. Ya los curacas sacan el oro escondido en pasajes secretos, en el subsuelo de los palacios de Pachac?tec y Huayna C?pac, un bot?n m?s grande que el tesoro acumulado por Pizarro. El Inca ofrece la mascapaycha en se?al de sumisi?n. Todos entregan su coca, sus vestidos, sus tierras, sus animales, sus mujeres y hacen el signo del Esp?ritu Santo y se arrodillan dispuestos a dejarse cortar las cabezas si as? lo dispone la voluntad del Gobernador Lefdel, de Su Majestad Emperador Felipe II, de Nuestro Sant?simo Se?or Jesucristo.
-?No! -grita el Gobernador Lefdel, a punto de perder la raz?n-. ?As? no fue! ?As? no fue!
Los soldados tambi?n est?n perplejos. Listos para la masacre y la carnicer?a, protegidos por Santiago Ap?stol y el Arc?ngel Gabriel, estaban decididos a someter a los paganos con la lanza y el arcabuz. Incr?dulos, estupefactos, contemplan ahora la incre?ble rendici?n. Jam?s lo imaginaron. La sumisi?n absoluta y la entrega total: el cuerpo, el esp?ritu, la voluntad; como cuando una mujer se ofrece despu?s de haber sido insultada y golpeada, vejada por todas las formas de la humillaci?n.
-?Cobardes! -grita el Gobernador-. ?Quieren cambiar la Historia! ?Quieren confundir el Tiempo, destruir el orden de los siglos, alterar el ritmo natural del mundo! ?Imp?os! ?Infieles! ?Subversivos! ?Abran fuego, soldados del Rey! ?Abran fuego!
-Pero se han rendido -dice el Obispo Hilario Gurruchaga-. No podemos atacar.
El Gobernador Lefdel lo mira trastornado por la c?lera y el odio; desenfunda su espada y le atraviesa el pecho; revuelve la hoja destrozando el coraz?n y al fin la retira ensangrentada. Luego hinca las espuelas en los ijares del caballo y el bruto se para en dos patas. El Santo Crucifijo yace en el suelo, al lado del Obispo, semioculto por la sotana y manchado de polvo y sangre.
-?Fuego! -ordena el Gobernador Lefdel-. ?Por San Jorge!
Como un v?mito se derrama el estruendo de los ca?ones, el estr?pito de los arcabuces y el chirriar met?lico de hachas, lanzas y espadas. Los indios, asustados y sorprendidos, no atinan a defenderse, pero luego de unos instantes de vacilaci?n cogen sus armas y atacan a los espa?oles con piedras, con mazas, con porras que se quiebran contra las armaduras y las cotas de malla. Heridos o mutilados contin?an combatiendo, cayendo por centenas, esquivando las embestidas de los caballos, zumbando las warackas, aporreando con las macanas y dej?ndose partir los cr?neos o perforar las entra?as para proteger al Inca. El rumor de la batalla se escucha en diez leguas. Poco a poco van creciendo las pir?mides de muertos. Como un dios furioso, como un lobo herido, el Gobernador Lefdel se abre paso a punta de espada buscando a Sayri T?pac, art?fice del embrollo, culpable de la tremenda confusi?n que se propone hacer del heroico Gobernador Lefdel un pac?fico funcionario de embajada en vez de un valiente conquistador. Corta, hinca, clava, hacha, perfora, incrusta, mutila, rebana; ?l solo derriba a m?s de mil. Los indios resisten heroicamente, pero nada pueden hacer ante el empuje arrollador de los espa?oles. La guardia personal de Sayri T?pac forma un c?rculo para protegerlo y trata de forzar una salida, de abandonar la Plaza, centro del mundo, pero de las columnas semiconstruidas de la Catedral y de la iglesia de la Compa??a se descuelgan m?s soldados con hachas y culebrillas. Ya los indios renegados, los chancas, los huancas, los collas y los caracaras atacan la fortaleza de Sacsayhuam?n y deg?ellan a los que se atreven a seguir combatiendo. Ya caen los heroicos capitanes de la guardia. Ya se puede ver el terror y el p?nico en los ojos de Sayri T?pac, el ?ltimo (definitivamente) de los Incas, el de coraz?n de puma. La misma luna, conmovida por la desgracia, se oculta entre las sombras para no ver el fin del Imperio ni la traici?n de los hermanos que ni un mar de sangre podr? redimir.
Furibundo, implacable, poderoso, gigantesco, el Gobernador Lefdel, Corregidor y Pacificador de las provincias del Cusco, queda inm?vil como un monumento, ebrio por el triunfo, la gloria y la riqueza que inmortalizar?n su nombre por los siglos de los siglos...

Posted by jose-alberto at 10:52 AM EDT
Updated: Friday, 17 June 2005 1:16 PM EDT
Wednesday, 15 June 2005
Hacia el Sur VI
Jose Alberto Bravo de Rueda

Arequipa, 10 de Febrero

Querida Maria Carla:
Es casi medianoche; me muero de sue?o. Acabo de llegar; por suerte encontre rapido un hotel. No he comido ni tengo hambre. El viaje, bueno. No lo senti: 16 horas. Es...

11 de Febrero, 3:15 a.m.

Me despertaron los ruidos que hace una pareja en el cuarto vecino. Estoy excitado. ?Recuerdas esa idea del amor a distancia? Que estupidez... No me acuerdo lo que iba a decir en mi "carta" anterior. Perdido para siempre. Tengo hambre. Maria Carla, ?donde estas?

15 de Febrero

!Hola, amor!:
Un beso enorme. Seguro estas igual de linda. Por aqui todo bien. La ciudad es bonita. Construcciones de sillar y aire colonial. Mas o menos como tu. Pero blanca. Se parece a Lima en los autos, las tiendas, los edificios, la gente; y esto la arruina; pero se salva por la campi?a en los alrededores.
El clima esta muy agradable. No llueve como dijeron y el sol quema fuerte; tengo los labios destrozados. En las noches hace frio. El cielo esta despejado, pero hasta ahora no veo el Misti. ?De verdad estoy en Arequipa? Si. Quizas vaya al Colca... No. Primero a las bibliotecas y a los archivos de iglesias y museos. El viaje no es de turismo, sino de investigacion. Tu me hiciste ver lo ridiculo que resultaba escribir algo sobre el Sur sin haber puesto un pie aqui. He obtenido buena informacion y el trabajo valdra la pena. Revilla quedara contento. De paso, le mandas saludos...


Arequipa, 18 de Febrero

Queridisima Maria Carla:
Te quiero mucho. Te extra?o tanto... ?Por que no viniste? ?Por que nos separamos? Fue algo muy brusco, ?no crees? Debimos alejarnos primero un dia, luego dos, tres... hasta irnos acostumbrando. Lo peor es la sensacion de vacio. Comparable a la melodia de "Ciudad solitaria", que tanto nos gustaba... Hoy vi un perro mutilado, descuartizado, hecho pedazos. Y se que nos sentimos igual.

(En el tren a Puno, no se que dia)

Casi no puedo escribir; espero entiendas la letra. Chau, Arequipa. La comida me gusto: rocoto relleno, picante de camarones, malaya frita, la cerveza. Uno se siente un verdadero characato, lugare?o, habitante de la Republica de Arequipa. Banco de la Reserva propio y dinero propio. Si no tienes pasaporte, no entras. Yanahuara, la Catedral, Santa Catalina. Te hubieras alocado con las tiendas de artesania, hubieras querido gastar todo el dinero y no, Maria Carla, hay que esperar hasta el Cusco donde hay mejores cosas y mas baratas. Finalmente nos pondriamos de acuerdo, una botella de vino y a abrigarnos para no sentir el frio de la noche.
Te compre una chompa, baby alpaca cafe con leche. Te va a encantar. Quisiera volver solo para ponertela, aunque alla debes estar muriendote de calor. En Cusco cumplire con tus encargos, y podras escribirme. Ya no soporto este monologo.
Te besa, te abraza y te extra?a como un perro a sus pulgas:
Pablo Ernesto
P.S.: Saluda a Dante, Wolfie, Miluska, el Pato, Lulu y los demas. Debes pagar la luz y el agua...

Miluska dejo de leer, arrugo las cartas e hizo ademan de arrojar los papeles al tacho, pero Maria Carla se lo impidio.
-!Que ridiculo! -dijo Miluska.
Maria Carla se recosto en la cama y permanecio en silencio; los papeles apretados contra sus pechos diminutos. Empezaba a oscurecer. El humo ascendia lentamente hacia el techo blanco, difuminandose por la habitacion. En el velador, vacia, sumida en la penumbra, la ultima botella que tomamos juntos, el y yo.
-?Que te pasa? -pregunto Miluska-. ?Por que estas asi?
Maria Carla encogio los hombros, hizo un gesto indescifrable y solto los papeles para coger otro cigarro. Por esas paradojas que no era capaz de comprender, no tenia ganas de hablar con Miluska (ni con nadie), pero si necesitaba su compa?ia. Tampoco se sentia mal. Ni extra?aba a Pablo Ernesto (aun). Simplemente deseaba abandonarse a las sombras, esconderse en la oscuridad; no al sentirse triste o culpable por alguna razon imprecisa, sino para mimetizarse con la habitacion tan familiar, confundirse con la noche que cerraba su telon y asi ser un poco, algo del departamento que Pablo Ernesto heredara de su padre, las sabanas, una forma o matiz del cuadro de Miro, los libros y la alfombra deste?ida, el piso de madera del dormitorio y las paredes manchadas por la humedad.
-Hoy es la fiesta de Marcelo -insistio Miluska-. Juanito y Roxana van a llevar a sus amigos. Promete.
No respondiste. En silencio observabas la columna de humo que se elevaba del cigarrillo. Ya casi lo habias logrado, estabas a punto de volverte eterea, difusa, abstracta; pero la voz de Miluska, aunque sosegada y sin violencia, te sobresalto:
-Maria Carla...
La miraste con tus ojos verdes, siempre brillantes y relucientes cuando no quieres. Tu sonrisa salio fresca; todo estaba bien. ?Por que molestarse y gritar?
-Promete -continuo ella-. Gente de todos lados, ?te das cuenta? No como en las otras donde solo iban los de la Universidad. Que fiestas para aburridas... Ahora van a ir los de San Marcos, ?me oyes? Dime que vas a ir.
-Si.
Como drogada o alucinada respondiste por reflejo, sin escuchar las palabras de Miluska, sin siquiera darte cuenta de lo que decias. Tu mente estaba muy lejos de tu cuerpo, a infinita distancia, como si hubieras descubierto el secreto para realizar un viaje astral y entonces podias contemplarte a ti misma, como en una foto o un dibujo podias verte recostada en la cama, fumandote el filtro, el pelo chorreando como una catarata negra y los muslos queriendo romper la tela deste?ida del pantalon pescador.
Pero no estabas en Arequipa, como suponia Miluska, ni siquiera pensabas en el, como tambien suponia. Simplemente deambulabas en la oscuridad de un cosmos que acababas de descubrir, tranquila, absolutamente sosegada, sin deseos ni pasiones ni nada que pudiera alterarte. Solo sentias el fluir del tiempo, y aunque sabias que esto era suficiente para preocuparte, te abandonaste a la inconsciencia y flotabas en un mar de espuma, lejos de cualquier contacto real, aislada, invulnerable, un feto cosmico en su placenta oscura y caliente.
No, sin duda alguna no estabas en Arequipa, a pesar que en esos instantes Pablo Ernesto, caminando por Santa Catalina, junto a la Catedral, creyo verte en la acera opuesta y sin pensarlo, sin ocurrirsele que estaba imaginando algo imposible, te paso la voz por encima de los autos que atiborraban la pista empedrada.
Venia de visitar el Monasterio y, hechizado por la ciudadela, sus callecitas, sus celdas, sus huertas, sus claustros, el mobiliario y los utensilios coloniales, habia sucumbido a la debilidad de pedir un deseo, arrojando una moneda, en la fuente de la Plaza Socodobe.
-?Que deseo? -preguntaste sin abrir la boca porque la que hablaba no eras tu.
El no respondio. No por ignorarte sino porque de pronto quedo paralizado al descubrir la iglesia de San Francisco y su Plaza: las escalinatas, las bancas donde se abrazan las parejas, el monumento y las palomas refugiadas en el campanario.
Despues de hablar con quien creyo eras tu las tres cuadras de regreso al Monasterio, luego de doblar a la derecha por Mariano Melgar, ante la subita aparicion de la iglesia y el parque, sintio repentinamente la necesidad de guardar silencio. Fue como si, convertido en lobo hambriento, se encontrase cara a cara con San Francisco de Asis. Y entonces, aunque sea por unos segundos, supo lo que es la verdadera paz. Abrio a mas no poder la boca, las narices y los pulmones para respirar el aire que empezaba a enfriarse en la noche y, embriagado por las miriadas de estrellas, por las que tu espiritu atravesaba, comprendio por primera vez que el verdadero goce del amor no puede darse en el conocimiento y la comprension que dan los a?os, sino solo en los nervios imprevistos que produce el hallazgo de un ser nuevo, en algo parecido al anterior. Con el tiempo se llega inevitablemente a la rutina, al conformismo, al aburrimiento, al mal humor. Al principio todo es fascinacion, ilusiones y esperanzas; algo que, sin serlo, se aproxima lo suficiente a la felicidad.
-?Que deseo? -insististe, a pesar que no eras tu.
El te miro con esos ojos esquivos y algo acuosos que pongo cuando miento, esos ojos en los que la pupila se confunde con el iris, y dijo:
-Tu, tu fuiste el deseo que pedi.
Aunque sospechabas algo, dejaste que te besara. Complacida, orgullosa sin saber por que, exploraste una vez mas esos labios y esa lengua ya conocidos, inexplicablemente olvidados, hasta que poco a poco, sin que puedas darte cuenta, te abandonaste del todo entre sus brazos y le ofreciste esa parte de tu ser--indefinida, imprecisa--que yo creia me pertenecia para siempre.
En el momento en que Miluska fue a la cocina, dejandote dormida pero sosteniendo las cartas aun entre tus dedos, ellos se levantaron de la banca en el parque San Francisco y caminaron hacia la calle de Ejercicios, en direccion a la Plaza de Armas. Ya era noche cerrada. El frio te hacia abrazarte a mi cintura, encogerte y acurrucarte como un gato y yo no podia ver tu rostro, oculto entre tus pelos negros y la solapa de piel de mi casaca. Caminaron sin hablar, gozando del silencio de las calles desiertas, apenas trajinadas por algun policia. En la esquina con Santa Marta una anticuchera ofrecia sus palitos, pero no nos detuvimos aunque me atraia, como canto de sirenas, el aroma apetitoso del aderezo y las carnes rojas, jugosas, atravesadas por puntiagudos carrizos. Continuaron caminando abrazados, fundidos por la noche y guiados por las estrellas. A lo lejos se escucho, a deshora, el pito del tren. Te sobresaltaste como haces cada vez que oyes un ruido imprevisto y nos abrazamos mas aun y ya casi ni podiamos caminar. Sabias perfectamente adonde te llevaba. Aunque no preguntaste y yo no te lo dije, lo supiste desde el primer momento, cuando el te paso la voz en la calle Santa Catalina y tu lo miraste como desconociendolo, quizas incluso llegaste a dudar, pero ahora que bordeaban la Plaza de Armas casi desierta, ahora que veian las palomas dormidas en los dinteles de la Catedral y los ni?os descalzos bajo los portales, ahora ya no habia duda. Siguieron a paso rapido hacia la calle Mercaderes. De ahi faltaban cuatro cuadras para llegar al hotel.
Miluska aparecio con dos cafes y tuviste que abrir los ojos, abandonar la postura yoga y descender noventa mil kilometros para recibir la taza. Comprobaste con la punta de la lengua que estaba bien de azucar, tibio nomas y sin salir de la cama apoyaste la espalda en la pared; gui?aste los ojos para acostumbrarlos a la luz que acababa de encender Miluska; trataste, por ultimo, de recuperar esa sensacion agradable de vacio que te embargo hace unos minutos. Pero no pudiste.
-No vas a enga?arme -dijo Miluska-. Te conozco. Diras que te duele la cabeza para no ir a la fiesta de Marcelo.
Maria Carla contuvo un gesto de fastidio y luego de sorber la mitad del cafe puso la taza en el velador, al lado de la botella vacia de vino. Se levanto y fue hacia el ropero, lleno de su ropa y la de el. Demoro cinco minutos en encontrar un pantalon limpio, polo, casaca, ropa interior. Tiro todo sobre la cama; no miro a Miluska, pero su expresion era desafiante, fastidiada. Encendio un cigarro; mientras expulsaba el humo, dijo:
-Si voy a ir. Y no extra?o a Pablo Ernesto (todavia). Al contrario, me siento muy bien sin el (por ahora)...
Pero no se lo dijiste a ella, solo hablabas contigo misma, sin embargo Miluska sonrio impresionada y te alcanzo la taza con el resto de cafe.
-Haces bien -dijo-. Debes divertirte, no pensar tanto, disfrutar... ?Mas de un a?o que estas con el?
Hizo un gesto de que tonta cuando asentiste sin hablar, encendio el tocadiscos y tarareando la melodia comenzo a bailar sin despegar los pies del piso, agitando las caderas y sonriendo, contagiandote un poco su alegria falsa o verdadera y sacandote por completo, desvaneciendolo, de ese estado de abandono e inconsciencia que te habia poseido, como infectada por un virus, como contagiada por un loco o un visionario.
-Quiero bailar -dijiste. Te habias quitado el polo y ense?abas los pechos diminutos-. Quiero gozar, emborracharme...
Di un trago gigantesco y te alcance la botella. Como en sue?os te vi girando, ondulando, el vino chorreaba por tu garganta y te movias sin compas al ritmo de la musica indescifrable que expulsaba el radio transistor con pilas bajas. No nos importaba la bulla, ni los gritos, ni los aplausos, ni la gente de las otras habitaciones que trataba de dormir porque en esos instantes el mundo habia quedado reducido a nosotros dos, a la pieza del hotel con una cama y sus sabanas de costales de harina. Me devolviste la botella para desabrocharte el pantalon pescador, tan estrecho en las pantorrillas que caiste al suelo al quitartelo y yo no me rei aunque me dieron ganas sino que suavemente, sin violencia, me recoste encima tuyo para sentirte mia solo por unos segundos sobre ese piso sucio y lleno de tierra por donde mas tarde, al amanecer--tu ya te habias ido--escuche corretear a los ratones.
Hermosa, desnuda, el pelo desordenado, los labios rojos de vino, te deslizaste en la cama sin preocuparte por la limpieza de las sabanas, no por verguenza o deseo, sino porque no soportabas el frio que se colaba por las rendijas de la puerta. Intente verte, pero no quisiste.
-Ahora tu -?era tu voz?
Bebi el ultimo trago y comence a desnudarme, tu sin poder despegar los ojos, encontrando siempre algo nuevo en lo que hemos hecho tantas veces, la casaca, la chompa, la camisa para que cuentes los pelos de mis axilas y chupes el jugo acido del sudor y el desodorante; los zapatos, las medias no porque son de lana y un regalo navide?o de mi abuelita. Solo tu cabeza, tu rostro sonriente, asoma entre el cubrecamas y la almohada, guillotinada por el placer de verme semidesnudo mientras tus muslos se hinchan como ahogados. El pantalon, el calzoncillo y ahora se te salen los ojos, quieres verme, tocarme, besarme, todo a la vez y furiosa y desesperada estiras los brazos que son como tentaculos y tensas la piel que va tomando un matiz verde mientras tu rostro termina de deformarse y ya casi estamos, ya casi estamos, como dos estampillas identicas que se pegan entre si, como dos espejos que se reflejan hasta el infinito y dos esporas y dos gotas de agua y dos manos sin cuerpo que se corresponden en las arrugas y en las lineas y hasta en las u?as.
Miluska, mirandose fijamente los gruesos labios en el espejo, termino de aplicarse el colorete que casi nunca usas y luego se encerro en el ba?o. Por curiosidad, por afan de resolver un enigma, fuiste hacia el lugar que acababa de abandonar Miluska y observaste tu rostro esperando encontrarlo cambiado, como si no fueses tu la que se estuviera mirando en el cristal, sino un ser nuevo que habia logrado poseerte y desplazarte. Pero no. Ahi estabas. Tuviste que tocar el espejo para convencerte. Sin necesidad del cepillo acomodaste los mechones sueltos y te pellizcaste las mejillas para darte color. Comprobaste que quedaba bien la combinacion del pantalon y el polo, y humedeciste tus labios resecos con la punta de la lengua. Por un segundo pensaste cambiar de ropa pero Miluska, que en ese momento hizo sonar el water, te distrajo y lograste escapar del espejo como sacando un ladrillo de la pared.
-Apurate -escuchaste-, ya es tarde.
Viste que eran mas de las diez y de pronto te dieron ganas de no ir, de mandar a Miluska al diablo y meterte a la cama, tomar un somnifero y desaparecer hasta el dia siguiente, pero ya ella habia abierto la puerta del departamento que decoramos con Pablo Ernesto despues que murio su padre y era imposible echarse atras. La corriente de aire te absorbio como una aspiradora, y cuando todavia seguias dudando ya tus manos habian echado doble llave y las dos, juntas pero en realidad muy separadas, bajaron las escaleras porque el ascensor siempre esta malogrado y el Volkswagen blanco de Miluska me atrajo con la fuerza irresistible con que la luz atrae a las polillas.
-?La casa de Marcelo? -pregunte-, ?en Miraflores?
-No -Miluska puso primera y piso el acelerador-, en Barranco.
Y ya estamos, ya estamos poseidos por ese ritmo suave con que a ti te gusta empezar y yo ya quiero terminar de empezar y empezar a terminar de una vez. Ya estoy listo para roturarte y destriparte y entonces sucedio lo increible, Dante, no te rias, te digo que fue el vino que estaba un poco torcido y si, fue el vino el que lo malogro todo y ya no te rias. A cualquiera le pudo pasar con el vino y los camarones y el rocoto y los anticuchos que comi junto al Monasterio, antes de encontrarla en la calle Santa Catalina.
Pero dejame terminar. Ya estaba listo, ella tambien y de pronto el silencio se volvio denso, casi fisico--ni sus suspiros se escuchaban--, asi que claramente se oyo ese ruido desagradable y con violencia nos golpeo ese olor aun mas desagradable, y lleno de terror senti chorrear unas gotas calientes que empantanaron mis nalgas hasta salpicar tus piernas y las sabanas de costales de harina. Gritaste como descuartizada mientras el huayco del asco, el estupor y la verguenza caia sobre mi y sin atinar a nada me limite a ver como tratabas de limpiarte con lo que tenias a mano: las frazadas, mi ropa, el mantel del velador, mientras no dejabas de gritar y de insultarme y todo por meterte con bebes. No se si lo peor eran los estertores de mi estomago o los pasos en el corredor que amenazaban meterse al cuarto. Luego huiste desesperada no hacia el ba?o, donde hubieras podido lavarte, sino a la calle desde donde me siguieron llegando tus gritos maldiciendome y yo solo podia revolcarme como un cerdo tratando de despertar, queriendo alcanzarte en Lima, en Cusco, en el punto mas bajo del Colca para rogarte que me perdones y empezar a limpiarme con el agua helada que duele en las manos y no hace nada de espuma con el jabon.

Posted by jose-alberto at 1:24 PM EDT
Updated: Wednesday, 15 June 2005 4:52 PM EDT
Friday, 10 June 2005
Hacia el Sur V
Jose A. Bravo de Rueda

"!Doctora Longa?o, Sala de Emergencia, por favor! !Doctora Longa?o, sirva acercarse a la Sala de Emergencia! !Urgente! !Doctora Longa?o...!".
La voz metalica del altoparlante resono en los pasillos, se prolongo como un eco en las salas, el sotano, la azotea, la cafeteria y hasta en la mas oscura y alejada de las oficinas del Pabellon Numero Uno del Hospital Central.
Sordos al ruego del altoparlante, medicos, pacientes, enfermeras, auxiliares, guardias, visitantes y personal de apoyo circulan apurados, igual que en la calle, pero en vez de entrar a sus casas, restaurantes, cines, hoteles, discotecas, llamar por telefono, acelerar sus carros, hacer negocios o viajar en el metro; analizan muestras, emiten diagnosticos, ponen inyecciones, sacan sangre, recetan drogas, firman certificados de defuncion; lloran, esperan y suplican; orientan, prohiben, alientan, limpian bacenicas y encierran a los enfermos belicosos (ablandados por dosis de golpes, embutidos en camisas de fuerza) en celdas de seguridad.
"!Doctora Longa?o, Sala de Emergencia! !Urgente!".
Dos ordenanzas militares la buscan por todos los rincones, en los ba?os, la cocina, los depositos, el laboratorio; envian fonogramas a los otros pabellones y verifican los registros de entrada y salida; preguntan a todo el mundo y al cabo de media hora de busqueda infructuosa se presentan asustados, diminutos, ineficaces, conscientes de su mediocridad, ante el Capitan Bertello que yace en una camilla muerto de dolor por la herida en el brazo que le hicieran los comunistas.
-!Inutiles! -grita el Capitan al ver los rostros bovinos-. !Voy a fusilarlos!
-Yo lo puedo curar... -dice una enfermera rubia, de mandil apretado y labios con el colorete hasta la nariz.
El Capitan la observa de arriba abajo, como si le pasara revista, contrae el rostro en una mueca que no es de dolor, escupe una minuscula flema verde y dice:
-La doctora Longa?o es la unica que me puede tocar.
-!Que honor..., Capitan!
Ya todos han reconocido esa voz: aflautada, insoportablemente aguda en los momentos de emocion, semejante al trino de un pajaro friolento. Todavia no la ven, oculta por el pasillo y la puerta de vidrio pavonado, pero saben que pronto aparecera su cuerpo gordo, introducido con paciencia de mago en el mandil siempre sucio; su nariz gruesa que, increiblemente, embellece su rostro; el pelo negro, peinado estilo bomba atomica.
Los soldados suspiran con alivio, salvados milagrosamente de la ejecucion.
La enfermera rubia se molesta, ansiosa por congraciarse con el Capitan.
El Capitan Bertello se alegra por un segundo al ver su figura inconfundible trasponer la puerta, pero luego una profunda hincada en el hombro izquierdo lo deshace en espasmos hasta dejarlo desmayado.
-Dejennos solos -ordena la doctora.
-Puedo ayudar... -dice la rubia.
-!He dicho solos!
La enfermera deforma el rostro y abandona la sala dando un portazo. Los soldados la siguen, silenciosos. La doctora Longa?o coge unas tijeras y corta la manga del uniforme, el torniquete que el mismo Capitan se hiciera, y queda observando la herida, los tejidos desgarrados, los musculos rotos y los huesos astillados, la sangre coagulada y la fresca que nuevamente empieza a chorrear ensuciando sus manos regordetas y el piso de mosaico encerado.
El Capitan gime como un ni?o al sentir el algodon impregnado de yodo y cree estar en el infierno cuando ve, entre nieblas, el rostro sudoroso de la doctora.
-Esta vez te fregaron -oye su insoportable voz-. Las esquirlas penetraron en el hueso. Voy a tener que operar.
-Malditos terroristas -gru?e el Capitan, y se retuerce fulminado por las pinzas de la doctora que tratan de aflojar el metal.
-Granada de fragmentacion. Armamento sovietico. Infeccion avanzada. !No podemos perder tiempo!
La doctora coge el fono y marca el codigo S.O. (Sala de Operaciones).
-Habla la doctora Longa?o... Operacion de emergencia... !De inmediato!
Al instante aparecen cuatro auxiliares empujando una camilla. Con infinito cuidado y rapidez asombrosa cargan y acomodan al Capitan. Le administran un sedante, le miden la presion y la temperatura. Abandonan la Sala de Emergencia y, precedidos por la doctora, atraviesan un pasillo en donde se hacinan los enfermos, llorosos, compungidos, desahuciados. Algunos se arrojan a los pies de la doctora, como si ella tuviese el don de aliviar sus dolencias o de realizar milagros. Los auxiliares, sin soltar la camilla, los apartan a empujones. Una morena llora desconsolada, histerica; a su lado, inconsciente, un atleta con el rostro desfigurado. Al fin el ascensor. Piso 17, codigo S.O. Ya todo esta listo: luces encendidas, material esterilizado, personal en uniforme y tras las mascaras.
Como el Capitan continua quejandose, la hipodermica penetra nuevamente en el brazo sano y descarga su liquido transparente que no logra sumirlo en la total inconsciencia sino solo en un sue?o confuso, aislado de las exploraciones que el bisturi realiza en su carne, pero no menos incomodo por la acumulacion superpuesta de imagenes, temores, visiones, recuerdos recientes y lejanos entreverados con el estallido de los petardos, el tableteo de las ametralladoras, la furia que provocan las banderas rojas y el llanto insoportable de las mujeres violadas: esposas, hijas, madres, novias y hermanas de los militantes; ademas la angustia que le provoco la hasta ahora unica reprimenda del Coronel Aguilar por volver con prisioneros y la que le ocasionara su disgusto por dejarse herir, ?no sabe que los oficiales del Ejercito Peruano son invulnerables?, todo agravado, confundido, fragmentado y desordenado por la ausencia de la doctora Longa?o, ?donde esta la doctora?, ?quien la ha visto?, ?alguno de estos inutiles lo sabe?, ?estara castrando?, ?mutilando?, ?lavando cerebros?, ?inyectando el cancer?, ?experimentando mutaciones geneticas?
"!Doctora Longa?o, Sala de Emergencia, por favor! !Doctora Longa?o, Sala de Emergencia! !Urgente!".
-?Otra dosis?
-?Ritmo cardiaco?
-32/20
-Seria peligroso. Tijeras...
-Tijeras.
-Pinzas...
-Pinzas.
-Listos para cortar.
-Listos.
La imagen obsesiva de un serrucho en la carpinteria de su padre se confunde con visiones mas recientes, de apenas dos a?os atras, cuando regreso de las punas muy mal herido. No abaleado o dinamitado por la guerrilla, sino fulminado por una sifilis ultrafuerte que lo postro en cama por mas de cuatro meses.
En ese entonces la doctora era mas delgada (la nariz igualita; quizas tambien el peinado), y su voz parecia ya un pajaro atrapado en el hielo. Despues de arduas investigaciones, a especial pedido del Ejercito, la doctora Longa?o acababa de descubrir un nuevo e infalible suero antivenereo, y el Alferez Bertello tuvo el honor (y la suerte) de ser el primero en experimentarlo. Sin querer, sin darse cuenta, la doctora fue encari?andose con el.
-Doctora, cuando orino siento que me lo cortan con un serrucho. No por la mitad, sino a lo largo.
-Ya, tranquilo, ya va a pasar, duerma, descanse... Van a ver esas serranas cochinas, hacerle esto a mi Napoleon, a mi soldadito de plomo, ya van a ver...
Como inyectado con soda caustica, martirizado por puas al rojo, el Alferez Bertello solo se sentia tranquilo cuando ella estaba cerca. La caricia de su mano asalchichada le hacia mejor efecto que la anestesia y no tardaba en dormirse, pero al poco rato, estrangulado por la fiebre, su cerebro casi fundido no distinguia a la doctora de Daniel Alcides Carrion, y ella, para probar en carne propia la eficacia de su suero, se deslizaba en la cama, le bajaba los pantalones y con la navaja de su lengua le sacaba los microbios, le pedia prestado el virus, lastimandolo sin intencion, haciendolo gritar y chillar pero queriendo darle cari?o, supurandolo en oleadas de fuego mas lacerantes que las torturas de los comunistas.
-Asi esta bien. Termine de cauterizar los nervios. Usted... conecte con cuidado esos circuitos. Asegure. ?Temperatura?
-39.5... 42 en la zona afectada.
-?Presion?
-Baja. Subiendo lentamente.
-?Hay algo de comer?
-Puedo ir por unos sandwiches...
-?Esta loca? Estamos operando a un oficial del Ejercito... !Mande a un auxiliar! Fijese bien, ponga atencion, es muy sencillo si se hace con gusto. Verifique los terminales. Pruebe los reflejos. Limpie...
!Fijate bien! !Pon atencion! Disco raya rayado. Muy sencillo si se hace con gusto gusto. Calor en el arenal y el pozo de agua mas cercano a dos kilometros. Esterilice. Asi esta bien bien. Polvo y aserrin en la garganta. Limpie limpie.
Siempre el mismo overol sucio y agujereado. Sudor de caballo. Las manos fuertes y callosas prolongadas en el tiburon de acero, peque?o monstruo que convierte como por arte de magia tablas toscas y burdas en sillas, mesas, catres, puertas, estantes, repisas, ventanas, escaleras...
Siempre desprecio ese oficio ("Fijate en San Jose", le decia su madre), como despreciaba a los mozos, conserjes, ambulantes, jardineros, secretarias, pichines, vendedores, mecanicos, maestros, sirvientes, comerciantes... Pero ellos no comprendian.
-No hay plata para que estudies -decian los labios cuarteados-. ?Por que no quieres aprender? Sujetalo con fuerza. Es muy sencillo. De arriba a abajo. Mantenlo firme.
Con el tiempo la presion se hizo asfixiante. Eres el mayor, no hay quien ayude a tu padre en el taller. Yo ya estoy vieja...
Poco a poco, insensiblemente, como raices que brotan de la nada, fueron naciendo esos oscuros impulsos, jamas comprendidos, en apariencia aplacados a?os despues con las practicas y (especialmente) las acciones directas con fusil y bayoneta. Pero en ese entonces logro controlarse. No por miedo; el barrio se hacia cada vez mas populoso, los clientes iban y venian, las vecinas mas chismosas metian la lengua y las narices en todas partes. Por las noches el serrucho trabajaba sin cesar, chirriaba como tren oxidado, y una nube de repugnante polvo blanco caia sobre sus manos, que de pronto le parecian mas asquerosas que las de un carnicero. Pero... ?que culpa tenia el? ?De nacer donde nacio? ?De ser lo que es? ?De tener tales pensamientos? Y el colegio fiscal, los andrajos, la sopa de arroz, los siete hermanos menores que hasta le quitan el oxigeno...
-Dificultades respiratorias, doctora.
-!Diablos! Denle mas. ?Cuantas van?
La enfermera rubia cuenta las esquirlas.
-Cinco -dice.
-Esta perdiendo mucha sangre. Preparados para una transfusion.
La doctora suspira, se hace limpiar el sudor, descansa cinco segundos, y luego vuelve a observar el brazo del Capitan en la pantalla del monitor. Ve dos cuerpos extra?os mas, muy adentro en el hueso, y continua trabajando en la herida. Los cartilagos rotos, los musculos sangrantes, los tejidos seccionados, la catapultan involuntariamente hacia atras, ?cuando era una chiquilla?, y la piel de las lagartijas se quedaba en sus manos como si pelara una fruta.
Patas arriba, inmovilizado por clavos peque?os, las visceras al descubierto apenas contenidas por una membrana transparente y gelatinosa, el animalito parece que esta muerto... pero aun vive. El corazon y los pulmones se inflan y desinflan. La sangre circula por el intrincado laberinto de venas y arterias. Los musculos responden con contracciones a las punzadas de la aguja. Cuando se aburria bastaba un profundo hincon en un lugar clave, y era entonces la inmovilidad total, el hedor, las moscas, la piltrafa que devoraria algun perro hambriento.
Igual sucede con los gatos, los monos, los ni?os, los hombres. En la mesa de operaciones; soportando las luces, las pinzas, ganchillos, el bisturi; inconscientes en el sue?o rigido del anestesico; todos son iguales: sumisos, desarmados, desamparados. Solo esperan de una voluntad superior el alivio o el dolor, la Vida o la Muerte.
En estos momentos no hay diferencia alguna entre el Capitan Bertello--boca abierta, reflejos anulados--y aquel cuy al que le inyectara el veneno de quince ara?as. Tampoco con la ni?a que se cubrio de pelos por efecto de las hormonas...
Sin embargo dos a?os atras, cuando este mismo hombre estuvo en sus manos, inutilizado, goteando pus, herido en el centro de su virilidad, envejeciendo de dolor y casi loco por la fiebre; ella no pudo evitar un sentimiento mezcla de piedad, ternura y compasion que jamas habia tenido antes. Por razones que ni ella misma podria explicar, el llanto del soldado fundio el caparazon de concreto que rodea su region emotiva, y entonces, por unos segundos, admitio la existencia del Dolor -tan lejano, tan abstracto, tan de otros-; sin embargo con el tiempo, con la progresiva recuperacion del Alferez y la alegria por la felicitacion del Alto Mando del Ejercito, todo volvio a los niveles normales de frigido alejamiento.
-?Me trasladaran al Hospital Militar? -pregunto ilusionada.
-No sera necesario -dijo el Coronel Manrique-. Ademas, despertaria sospechas. Tendra para usted todo un pabellon del hospital. Con el instrumental mas moderno, naturalmente. Absoluta libertad para experimentos e investigaciones...
Sonrio complacida. Se sintio tan contenta que fue a ver al Alferez Bertello; en el fondo, el formaba parte de su triunfo. Hasta podia perdonarle esos arranques de debilidad en los que se quedaba dormido agarrado de su mano. Quien lo diria... ?Seria en verdad este enfermo inservible el valiente patriota de quien tanto se hablaba? ?El terror de la subversion? ?Castigo de la guerrilla, castrador de cholos y esterilizador de serranas que aumentaban a ritmo de conejo las huestes terroristas? Si ni se movia. Si hasta empezaba a apestar a cadaver...
Entonces fue tan real, tan verdadera y angustiosa la sensacion de estar muerto, que a pura voluntad el Capitan Bertello vencio los sedantes y logro abrir los ojos. Vio las piernas cruzadas de la doctora, su falda con migajas del sandwich, sus ligas, su fustan...
-Malditos comunistas -murmuro.
Y se quedo dormido.

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Thursday, 9 June 2005
Hacia el Sur IV
Jose Alberto Bravo de Rueda

Como en esos dias no me encontraba en la ciudad, un a?o despues solo puedo imaginar esa conversacion, adivinar las palabras exactas que cruzaste con Wolfie.
Fue en un cafe del Centro, mas bar que cafe, mas humo que oxigeno en el aire. ?La hora? Digamos las nueve de la noche. Se encontraron sin haberlo acordado, empujados por la misma necesidad de hablarse (no de hablar) y buscar una salida a la cada vez mas dificil situacion.
Casi puedo verlos: en un principio ninguno se atrevia a abrir la boca. Fingieron distraerse con los cigarros, el disco de la rockola o los parroquianos de las mesas vecinas. Por un instante sus ojos se cruzaron con los tuyos, un breve resplandor de soplete oxhidrico, y sin poderte controlar retiraste rapidamente la mirada. Pero Wolfie ya habia empezado a hablar.
-Tenemos que hacer algo -dijo.
No respondiste. Quizas--no hay manera de asegurarlo--te alegraron sus palabras. Ahora si lo miraste a los ojos, esos ojos azules que en el fondo tanto envidias, y sin considerar la importancia del incidente de la noche anterior, fijandote solo en los detalles pintorescos y frivolos que tanto criticas, recordaste la fiesta, la anecdota curiosa, sin atinar a relacionar esos hechos con las noticias que llenaron los titulares de los periodicos.
Y en la fiesta
-Hay gente nueva -dijo uno de los muchachos-. ?Quien los trajo?
-Si --dijo otro-, ?que hacen aqui?, ?que quieren?, ?quienes son?
Trataron de identificarlos, sorprendidos de sus rostros y sus apariencias ridiculo-huachafo-exoticas, nuevos en el circulo que alguien deseaba exclusivo, camuflados en la oscuridad, el humo y el pelo largo.
Rieron. Tambien tu, sin darte cuenta. No podias sospechar nada, solo bromeaban, nada serio, bailar, tomar, seguir conversando.
-Si, por supuesto -dijiste arrojando mas humo-. Peor cada vez.
Aguzaste la mirada. Burlando luces y espejismos reconociste a los amigos y sus invitados: Fernandez, el Cojo Madalengoitia, la chica de falda verde, el flaco de sombrero. Wolfie ya estaba borracho; abrazado a Lulu, la aburria con poemas de Rimbaud. Los de siempre: Miluska, Juanito, Roxana, el Pato, Maria Carla, Martinez Lazon, Pablo Ernesto... No, Pablo Ernesto no, !que estupido!
Y gente nueva, por fin los viste, te alegraste, en las otras fiestas sin saberlo los buscabas, amigos de Juanito o de Roxana no eran de la Universidad, quizas de San Marcos quizas no. ?Nueve o diez? Eran los mas alegres, parecia su fiesta, se reian sin motivo y tu reiste tambien, brindaron, invitaste cigarros, bailaron todos a la vez. ?No, Wolfie?
-Si -dijo-. Nos mataran como en Argentina. Solo por ser sospechosos. Tenemos que actuar.
Sonreiste. Desde un principio Wolfie te impresiono por su entusiasmo y vitalidad; ese afan de conseguir lo que desea a cualquier precio. Al escucharlo, en una de tantas asambleas estudiantiles, viste en el al lider nato: preciso, caustico, emotivo por momentos, derrochador de simpatia. Y trataste de ganarlo para tu causa.
Tal vez eran como ellos decian, tal vez ellos notaban mas que tu las diferencias, aunque para ti ya no existian o nunca existieron, acostumbrado a la comida barata, los micros atiborrados del Parque Universitario, tu novia provinciana y los paseos los domingos por la Plaza de Armas o en los festivales folkloricos del Campo de Marte.
Despues, cuando hablaste conmigo y advertiste los errores cometidos, quisiste cargar toda la culpa. Como si tuvieses derecho. ?Acaso podias hacer que cambiaran su forma de pensar? Querias aliviar tu conciencia en el falso remordimiento. Una burda imitacion de Vallejo asumiendo el dolor para, a traves del sufrimiento, ser perdonado y recibir la redencion. No, Dante, nada de poses. No las necesitas.
-Por ahora somos dos -dijiste, seguro de tu trampa.
Wolfie ni se inmuto. Seco su vaso, escupio en el piso lleno de puchos y aserrin, y te fusilo con sus rayos azules:
-Suficiente. ?Para que mas?
Ries, ries, ries tanto que te atoras, se te salen las lagrimas y tienes que tomar no un vaso de cerveza sino de agua.
-Fantastico -dices al recobrar la voz-. Jamas se me hubiera ocurrido.
Sonrio y acariciaste sus mejillas. Cafe con leche. Sus palmas. Blanquisimas. La sacaste a bailar.
Pero lo estabas haciendo mal, no podias convencerlo. El ya tenia sus ideas diferentes a las tuyas, que son dogmaticas, verticales y totalitarias (no es un clise). Que despues se unieran y coordinaran acciones no significa nada, no alardees, en todo caso tu te uniste a el, pero eso fue, para decirlo con tus palabras, "una coyuntura historica". (Mi presencia en este cuento tambien).
-El Mayor Bertello -dijo Wolfie, respondiendo a tu interrogatorio-. El es el verdadero enemigo. Los generales, el presidente, los ministros, todos hacen lo que el dice. Bertello maneja los hilos; los demas (tambien nosotros) son los titeres.
Quedaste en silencio reconociendo, con pena, la inteligencia de Wolfie. Miraste al techo como si alli te pudieras consolar. Ahora se me ocurre... ?Sabes, Dante? Ahora que han pasado tantas cosas, ahora que los conozco mas y a mi mismo. ?Sabes? Puedo decir que tu... El... Como puedo decir... No, no entenderias. Acabarias molestandote. Quizas mas adelante...
De nuevo la sacaste a bailar y ella se abandono a la musica y a tus brazos. Tal vez esto te parezca demasiado cursi y romanticon, pero asi fue. En todo caso asi sera: bailaban muy juntos, cheek to cheek, esa musica lenta de los grupos que detestas y habias cerrado los ojos pero los abriste y viste lo que paso. Como por una ventana en su pelo crespo.
-Lo importante es tu decision -dijiste. (Siempre te gusto la palabra "importante")-. Tu conciencia te obliga a ser consecuente. Al menos sabemos quien es el enemigo.
Pidieron dos mas. Tal vez quedaron en silencio durante diez minutos, cada uno perdido en sus sue?os, planes, recuerdos, preocupaciones; tratando de ordenar sus ideas, de ver claro lo que hasta ahora es confuso. Fugazmente, apenas por unos segundos, se sintieron fuertes, seguros, importantes. La celula habia nacido. Pronto se multiplicaria, unida y poderosa. No pudieron prever las discusiones, los desacuerdos y malentendidos que empezaron minutos despues.
La noche anterior, aunque fueron testigos excepcionales, aunque tuvieron el hilo de la madeja entre sus manos, no captaron el verdadero sentido de lo que paso. Les falto lucidez; se comportaron como estupidos. Solo habia que pensar un poquito para interpretar ese asesinato. ?O no te importaba? No fue--como pensabas al dia siguiente, mientras discutias con Wolfie--un simple lio de faldas, celos, alcohol. Ahora puedo decir que fue un acto premeditado, el primero de una serie, necesario como declaracion de guerra para marcar las diferencias. El mecanismo empezo a funcionar en sus narices y ustedes no se dieron cuenta. No solo el ejercito estaba del otro lado, pero ?como lo podian saber?
Ya no giraste, seguiste abrazandola y ella penso al fin me va a besar. No la besaste sino continuabas mirando por la ventana en su pelo crespo y viste a su compa?ero (?novio, amigo, hermano?), cruzar la sala decidido, tuviste que aceptarlo: se parecia demasiado a ella, no los rasgos fisicos sino un aire indefinido, acercarse al grupo que seguia cuchicheando, algo concreto como una atmosfera que lo identificaba, sacar a bailar a la mas rubia la cancion mas lenta.
Lo miraron (tu tambien) compadeciendolo, avergonzandolo, ensayando los gestos mas humillantes, pero quedaron con la boca abierta y atragantandose cuando ella sonrio, cogio su mano y lo arrastro hacia la masa ondulante, muy cerca de ustedes que habian vuelto a girar lentamente. Entonces te detuviste. Ella otra vez penso por fin me va a besar pero no la besaste, sin darte cuenta la hiciste a un lado para observar ese magnifico contraste que formaban los dos, al alcance de tu mano, como el sol en una mina de carbon o espesas nubes de tormenta sobre un campo de trigo. Sin percatarte, Dante, que otros te veian a ti de la misma manera en que tu lo veias a el.
Te levantaste para ir al ba?o. Mientras orinabas, confundido por el sopor de la cerveza, viste en el reloj lo tarde que era. Tuviste ganas de irte, abandonar a Wolfie borracho, dormido sobre la mesa, y es que estabas molesto por esa primera conversacion. Wolfie no entendia, pensaba diferente, victima de su juventud pensaste como justificandolo y ya empezabas a arrepentirte; pero cuando terminaste de orinar y el olor del ba?o no lastimo mas tu nariz, cuando encendiste un cigarrillo y lo viste a traves del humo: dormido, olvidado, como un mueble mas o un suicida mas, en ese momento decidiste abandonarlo.
Ya esa pieza habia terminado y ahora todos se movian como monos o saltaban como conejos, pero ellos seguian muy juntos, casi inmoviles, mirandose a los ojos o secandose el sudor con el dorso de las manos.
Aunque la habias visto muchas veces en la cafeteria y en los patios de la Universidad, no sabias su nombre. Ni siquiera te molestaste en averiguarlo a pesar que siempre la seguias con la mirada para encerrarte con ella --mentalmente nomas--en esos salones de la Facultad de Letras que a mediodia siempre estan vacios. De tanto observarlos habias quedado hipnotizado, igual que los demas, fascinado por el pelo rubio y las suaves curvas. Sentiste celos, tambien igual que los demas, aunque lo de ellos no solo era celos sino envidia, odio, temor, rabia, verguenza, todo empaquetado en un complejo a lo Freud.
Te habias olvidado de tu amiga. Ya no bailabas, ni siquiera le hablabas, y ella, cerca al tocadiscos, fingiendo no sentir tu lejania, no se atrevia a perderte, consciente ya de la ausencia de alguien a quien la unia un vinculo tan fuerte como el de la sangre.
Pasaste a su lado, convencido ya de irte sin el, pero no pudiste evitar detenerte unos segundos para contemplar su cabellera espesa, ensortijada, casi rubia; sus dedos largos y delgados; sus ojos azules, aunque no podias verlos. Quizas fue por las cervezas, por las emociones que viviste en esos dias, o por el dialogo de sordos que acababas de tener con el... lo cierto es que te sentiste debil y conmovido. Si, Dante, se que esto te molesta demasiado, pero no puedes hacer nada. La verdad es que estabas conmovido, conmovido por Wolfie que muy cerca a ti dormia como un ni?o. No resististe, y le acariciaste la cabellera. Wolfie desperto, levanto la cabeza y dijo:
-Me voy a casa, maricon.
Si, ya habia poca gente. Juanito, Roxana, Miluska, Maria Carla y Martinez Lazon acababan de irse. Separado irremisiblemente de tu pareja, confundido sin saber por que, no podias dejar de mirarlos, tomados de las manos y besandose, diciendose cosas que de oirlas hubieran enfurecido a todos. Incluso a ti. Cuatro y media marcaba el reloj. Saliste a la calle y respiraste la niebla de Barranco. La humedad oscura te sacudio con un ramalazo. ?Tomabas un taxi o ibas hasta el paradero de los colectivos? Al sacar la billetera viste que no alcanzaba para el taxi. !Al diablo! Comenzaste a sentir frio. Dabas los primeros pasos cuando los viste salir. A el no, mimetizado entre las sombras. Una vez mas el sudor corrio por tu espalda, incomodo sin saber la razon, adolorido en el nervio de la conciencia. Inmovil, los viste desaparecer en la esquina. Inmovil, viste salir al grupo, perderse en la misma direccion. Caminaste en sentido opuesto sin pensar, sin hacer nada que remotamente pueda parecerse a pensar.
Ya ves, Dante, el te abandono, el se marcho primero dejandote solo, rumiando argumentos incomprensibles. Hablaron mas de tres horas y no dejaron nada en claro. Comenzaba el toque de queda; se ampliaron las zonas de emergencia; estado de sitio en dos departamentos del interior. Que novedad. Todo estaba en los periodicos. Pero tu no los leiste con atencion, Dante. Ni siquiera las paginas policiales que tanto te gustan y en donde se informaba del asesinato de un joven negro en el Parque Municipal de Barranco. Pudiste darte cuenta. Debiste darte cuenta de que ellos habian empezado a actuar, Dante... Pero no lo hiciste.

Posted by jose-alberto at 2:09 PM EDT
Wednesday, 8 June 2005
Hacia el Sur III
Jose Alberto Bravo de Rueda

-?Ya estas listo, Jony?
La voz de su madre ascendio suavemente, como un acorde en un organo de mil tubos, reboto en campanillas y lo saco del aturdimiento que le impedia despegar los ojos del calendario. El circulo rojo trazado un a?o antes, con grueso plumon. 30 de Agosto.
-!Apurate, Martina! -grito desesperado.
-Calma, ni?o -dijo la vieja.
Y con sus manos estriadas, temblorosas, comenzo a hacerle el nudo en la corbata. Lo ayudo a ponerse el saco, le peino el cerquillo y le pellizco las mejillas, melocoton con pelusa, para darle color.
Fue a mirarse al espejo. Pelo brillante, cuello ajustado, ojos refulgentes de alegria y en su pecho la misma corbata negra, seda italiana, que usaron su padre y su abuelo en una ocasion similar.
-!Los guantes! -dijo-. !Rapido!
-Calma, ni?o -respondio la vieja.
?No sabes otras palabras? Estaba despierto desde las seis, casi no habia dormido, por fin el dia tan esperado y ella atrasandolo todo con sus movimientos lentos, pausados, interminables. ?Como no aprendio a hacer el nudo en la corbata? La desesperacion quemaba. Calma, ni?o.
El sol en la ventana, era tarde, y una creciente preocupacion--temor, ansiedad--lo invadio. Fuerzas ocultas, tenebrosas, confabulaban en su contra. ?Podria consumar el sacrificio? ?Recibir el esperado don?
Se abrio la puerta del cuarto y aparecio la Virgen, radiante, luminosa, hermosisima, celeste y blanco. Pero abrio la boca y no era la Virgen sino su madre aunque por el perfume cualquiera se confunde, etereo y embriagandolo, sensacion solo superada por el vertigo al besar esos labios siempre humedos y suaves, levemente espolvoreados con rouge. Y, como comprobo mas tarde, en ese instante aun lo ignoraba, sabor y sensacion semejantes a la hostia derritiendose dulcemente en su boca.
-Que hermoso esta mi pichoncito -decia su madre, sin abrazarlo, muriendose de ganas, para no arrugarle el terno-. Vamos ya. ?No oyes las campanas? (Las oia, las creyo en sus oidos). Tu padre esta en el auto. Martina, las estampitas, que no hierva mucho el chocolate, no te olvides de la torta. !Las ocho! Apura, mi amor, cuidado con las escaleras, camina derecho, no ensucies los zapatos, sonrie, saldras divino en las fotos, angelito, terroncito de azucar...
Mas tarde, ante el imponente Cristo Crucificado, la multiplicacion de peces y panes retumbando en la voz del sacerdote, el olor de velas e incienso, el calor y el terno y la corbata, los guantes, la gente, desvanecido, transportado por los sonidos celestiales del organo y las voces del coro, en medio de tantas impresiones, comprendio que era un Escogido, un Privilegiado, uno de los verdaderos Elegidos.
Instantes despues, cuando el Cuerpo de Cristo se fundio con el suyo en dulce mezcla de pan y saliva, tuvo la absoluta certeza de haber logrado la Ascension. Un haz de rayos azules, una luz muy intensa--inofensiva para sus ojos--penetro en su ser con una Paz desconocida. Distinguio una imagen nebulosa, de forma vagamente humana, que fue disolviendose lentamente en una extensa planicie, mas alla del horizonte. El insensible descenso...
Al salir de la iglesia estaba convencido: podia hacer milagros. Intento acercarse a un pordiosero invalido para tocarlo y hacerlo caminar, pero su madre, temerosa de que le contagiaran los piojos, lo cogio del brazo y lo condujo al Mercedes donde aguardaba Pericles, el chofer.
Ya en la casa Martina tenia listo un gigantesco banquete mezcla de almuerzo y desayuno para todos los parientes, invitados, amigos y vecinos que casi nunca veian a Jony. El se sento en la mesa principal junto con sus padres y veinte desconocidos mas. Muy pronto el mantel blanco, primorosamente bordado por Ella, se ensucio con grasa de camote, chicharron, ceviche, ocopa, seco, estofado, carapulcra, escabeche, frijoles, anticuchos, arroz con pollo, papa a la huancaina, torta, helado, picarones, vino, whisky, cerveza, chicha morada y chocolate caliente para los ni?os como el.
Sin embargo Jony no probo un solo bocado ni tomo una gota del chocolate del Cusco que tanto le gustaba. No porque no tenia hambre; quizas si lo tenia. ?Porque creyo encontrar un placer secreto en el ayuno? El miedo a perder el sabor azucarado de la hostia lo domino. Sabor que, ademas de parecerse extremadamente al de los labios de su madre, lo catapulto al extasis de santos, profetas, martires y apostoles. La fiesta que explotaba a su alrededor no era para el. Extra?o, distante, su nombre escrito en la torta le sono particularmente vacio. Mientras el flotaba entre las nubes, abajo bailaban, seguian comiendo, hablaban entre risas. No le extra?o verse a si mismo, frente a los platos intocados, el vaso lleno, con la corbata negra torcida por tantos abrazos cari?osos. Busco en el jardin, cerca a la orquesta, y la vio bailando, muy abrazada a el. Ella lo descubrio, le sonrio, le envio un beso, dio un giro y el vio esa mano alzar la falda de la Virgen, perderse reptante y veloz, provocar un alboroto de grito y carcajada.
Jony cayo de nariz sobre los arbustos de flores. Se levanto con dificultad y, rabioso y adolorido, corrio a encerrarse en su cuarto. Fuera de si destrozo los juguetes y regalos que lo esperaban sobre la cama, envueltos en papel de seda. Tan triste y desesperado como feliz se habia sentido en la Iglesia, lloro y lloro hasta perder el conocimiento.
Al despertar escucho las graves campanadas del reloj dando las doce de la noche. Luego sobrevino el silencio mas perfecto que puede existir. Quedo sobrecogido, casi asustado de su propia respiracion. Los invitados ya se habian ido; los sirvientes estaban acostados; el habria ido al club y Ella estaria comiendo dulces y viendo television.
Se levanto y miro por la ventana hacia el jardin, donde aun estaba la mesa a la que se sentara, el mantel blanco sucio de manchas informes. Entre los arbustos de rosas y dalias se adivinaban botellas de licor arrojadas por los borrachos. La noche estaba totalmente oscura, sin ninguna estrella, y aunque hacia frio el no lo sintio porque aun llevaba el terno blanco con el que horas antes hiciera la Primera Comunion. Entonces quedo inmovil, tratando de recordar algo que ya se habia desvanecido en su memoria. Paso la lengua por los labios, los dientes, el paladar, pero en vano. Solo rescato un sabor amargo, pastoso, metalico... ?Donde estaba el beso tibio de azucar, la caricia de los angeles, el Corazon de Cristo hecho dulce de leche con pizca de canela?
Desconcertado, perdido en la inmensidad impenetrable del cielo que lo aplastaba, nuevamente sintio deseos de llorar. Quizas alguna lagrima llego a resbalar de sus ojos, una lagrima que dejo su rastro humedo como el de un caracol, pero pronto su tristeza se transformo en alegria y su desconcierto en esperanza: una timida estrella, emergiendo de las sombras, proyecto su luz frente a el.
Sin pensar mas salio del cuarto en busca de esos labios que lo apaciguarian con esa paz violenta que, luego del estremecimiento inicial, lo transportaban con el vertigo de un cohete a ese feliz estado de inconsciencia en donde todo se transformaba en suaves y calidas aureolas. Podia recordarlo: desde que era un bebe tenia siempre la misma sensacion. Y ahora iba a buscarla desesperado, como si su vida dependiera de ello.
Llego a la puerta. Aunque el ansia lo consumia, controlo su impaciencia y no hizo girar la perilla, tampoco toco la madera, simplemente permanecio aguardando, prolongando unos segundos el momento culminante, regodeandose con ese instante que precede al goce inminente. Se decidio. Con mano temblorosa giro la perilla, listo a embriagarse con la vision de su madre en camisa de dormir, recostada en los almohadones, conservando su belleza a esa hora en que las demas mujeres empiezan a perderla. Pero fue como si abriese las puertas del Infierno.
Empezo a hundirse en un pantano asqueroso, estallo un horrible ulular de sirenas y exploto un ensordecedor estrepito mientras a pocos pasos su padre se agitaba desnudo y ella oscilaba entre el dolor, la angustia, la locura y el placer hasta desgarrarse en un grito al verlo paralizado, muerto, destruido, desfigurado por el terror, en el umbral de la puerta.

Posted by jose-alberto at 10:19 AM EDT
Tuesday, 7 June 2005
Hacia el Sur II
Jose Alberto Bravo de Rueda

Huir, correr, saltar, doblar, esquivar, esconderse, agazaparse, siente que debe hacer eso y sin embargo solo viaja por el rio en esa fragil embarcacion con motor fuera de borda, perseguido por enjambres de insectos, asaeteado por el sol y el chillido -dardos en los nervios- de los pajaros despegados del paisaje, perdido en el laberinto verde y aplastado entre el cielo y el agua, entre el cielo y la tierra donde las hormigas gigantes, las salamandras y las culebras lo esperan para clavarle las mandibulas en esa carne en extremo delicada, reseca por el calor y enrojecida por picaduras y ara?azos.
Trastornado por el aburrimiento sucumbe a la necesidad de hablar, de decir siquiera tonterias.
-?Estamos en ruta, Juancho? ?Estas seguro?
El guia lo mira con fastidio, torciendo la boca, ya casi acostumbrado a sus impertinencias.
-Si, se?or -dice-. El Alto Urubamba. Vamos bien.
Luego vuelve a su habitual mutismo. Sus ojos inescrutables no se desprenden del agua verde y turbulenta buscando troncos ocultos, remolinos y rapidos, algun nativo belicoso en las riberas.
Y aunque Juancho le confirme mil veces mas que van bien, no estamos perdidos, el nunca se sentira seguro. ?Corresponde esta serpiente de esmeralda a la escualida linea negra dibujada en los mapas de los libros? En sus textos y cartas hidrograficas no aparecen los ahogados: hombres, mujeres, ni?os y animales; ni las chozas distanciadas, en ambas orillas; ni los peces dinamitados; ni los cuerpos discordantes, excesivamente blancos, acechados por los moscos, de las turistas ba?andose desnudas. Solo explicaciones demasiado tecnicas, de pronto incomprensibles; idilicas descripciones o fotos postal muy distantes de la realidad. Esa realidad lacerante que oprime con el calor, el hambre, las mordeduras, la incomodidad y el dolor de cabeza; apenas atenuada por el agua fria, ligeramente dulce, que salpica su rostro. Comprendio entonces la inutilidad de sus paginas impresas. Rigidas, absolutas, inservibles, solo enga?an a ilusos que buscan la Verdad. En estos instantes ?de que le sirven su educacion, su cultura, las lenguas aprendidas, los tantos libros leidos y releidos? Bajo el sol moribundo, aun ardiente, fundido en rojo, sus conocimientos lo hacen tan ignorante como Juancho, que ni periodico lee. Presa de una repentina nostalgia trato de recordar la ciudad con sus autos, telefonos, avisos multicolores y millones de habitantes, pero solo rescato una imagen vaga y confusa, como un sue?o que se olvida al segundo de haberlo tenido.
Juancho ha reducido la velocidad y ahora el bote se desliza suavemente hacia la orilla; entre las sombras crecientes del crepusculo se adivinan las debiles armazones de un pu?ado de chozas. La embarcacion besa la ribera, Juancho salta a tierra y la asegura con un cabo a un tronco de shipanga. Le tiene que decir que baje, inmovilizado aun en el laberinto de reflexiones y recuerdos.
-Monte Carmelo. Aqui dormiremos. Seguiremos viaje al amanecer.
La noche cae como un telon y apenas puede distinguir las siluetas de los ni?os que han venido a recibirlos. Oye voces distantes, murmuran "gringo", "propina", "mister"; voces que lo persiguen desde las afueras de Lima. Los ladridos de los perros se confunden con las casta?uelas de los insectos y las carcajadas de monos y pajaros. Peque?os y desconocidos objetos volantes se estrellan contra su rostro, lo obligan a lanzar inutiles manotazos. Juancho avanza como si pudiese ver en la oscuridad, lo espera cuando se aparta demasiado, cuidado con esos avisperos, aparta a los chiquillos barrigones, desnutridos, de mocos verdes.
Monte Carmelo: doce o quince chozas muy separadas unas de otras. Ni siquiera un miserable punto en el mapa. La luz de las antorchas confunde en vez de aclarar: jovenes emplumados, pintarrajeados; viejos con dientes de cocodrilo; yucas y platanos parecen moverse por si solos; grandes vasijas donde (lo supo despues) ba?an a los bebes y fermentan el masato. Las muchachas muestran orgullosas sus enormes senos, como si el deseo fuese incapaz de nacer a la vista de esos suaves globos de harina.
El recordo entonces, de subito, con la potencia de un ca?onazo, esos pechos diminutos que ella le ofrecio por primera vez en los jardines de la Universidad, con candidez de ni?a, una tarde en que la luna rozaba el suelo y que ahora (?eran las siete de la noche?) reposaban cobijados por un brassiere de mu?eca, a miles de kilometros de distancia. Recordo la despedida, el beso que pudo aprovecharse en una telenovela, volvere pronto, la mano acariciada a traves de la ventanilla del omnibus y luego la cordillera, las jornadas en tren, en camion, en burro, hasta...
Un anciano horrible de tufo nauseabundo lo beso como a una de sus esposas y lo obligo a entrar a una caba?a, a sentarse en la tierra rojiza, apisonada por los pies y los traseros. Alguien le ofrece frutas y un trozo de cecina asquerosamente salado. Sin que se de cuenta, mientras come, quedan mirandolo, olfateandolo, penetrandolo, adivinandolo, esperando los cigarros y la sonrisa que saldria con esfuerzo, como una muela tras el forcejeo del dentista.
Si, habla por la boca de Juancho, de Lima, mas alla del pongo, a Mishagua, no, estudiante, solo castellano, dolares no, algo flaco, ?ya van a ser tres meses viajando?
La choza, adornada con plumas multicolores, astas y cabezas de animales, le sugiere un pensamiento absurdo: ?como se veria la suya, desprendida del cuello de un solo tajo, en una de esas endebles paredes de barro y ca?a? ?Lo verian como un animal feroz y salvaje o solo como una criatura exotica, inofensiva? Aunque deberia reirse no lo hace. Por el respiradero contempla las estrellas, cercanas, casi puede tocarlas si se empina. Peque?os tabanos se mueven en torno a la luz. De pronto se desata el alboroto, que pasa, los nativos hablan a la vez, gritan, gesticulan, han formado un corro, hay empujones, golpes, no comprende y casi casi siente miedo pero es uno de ellos, ahora lo ve, parece mordido por la yacumama, balbucea en su lengua incomprensible y musical de silabas cortas que escupe como ametralladora. Gime sin dolor y bailotea en la punta de los pies. En su rostro se refleja un miedo extra?o; su cuerpo delgado y fibroso se ha cubierto de sudor.
-?Que dice, Juancho?
El guia no contesta. Ocupado con los cigarros y el aguardiente, ni se ha dado cuenta del escandalo. El jefe, molesto y contrariado, intenta apaciguar al nativo. Lo aparta con un abrazo firme.
-Juancho, !responde!
El guia se pone de pie, el jefe saca al loco y si esta loco, no importa, mucho masato, lo mordio un mono, comio pescados crudos, no importa. El jefe abre la boca, casi sin dientes y desgaja sonidos que Juancho traduce como disculpas, nadie lo puede curar, se pone de pronto asi pero se le pasa despues. Quiere preguntar pero Juancho se le adelanta y otra vez le advierte, partiran al amanecer, necesitan descansar. El jefe se inclina; su rostro ha recuperado la expresion impasible; los cabellos en la vincha roja se alinean como alambres blancos. Sale de la choza y el de nuevo esta solo con Juancho, que ya se canso de hablar. Tampoco se oyen gritos. Solo el estridente llanto de una criatura y los prolongados aullidos de los perros.
Que extra?os son los nativos. ?Quien puede comprenderlos? Ni estudiandolos, ni escribiendo libros y tesis, ni tomandoles fotos. Hay que vivir con ellos, tratar de ser uno de ellos. Su idioma parece extraterrestre. Sus costumbres, salvajes, son de la Edad de Piedra. ?Son peruanos tambien? Tatuados, con taparrabos y la mayoria tuberculosos, fulminados por el paludismo. Si se hunde la lancha que lleva provisiones se quedan sin pilas, medicinas, fosforos, cerveza, por dos, tres meses.
El silencio se ha hecho total. Con el pensamiento ha accedido a un mundo nuevo, denso, opaco, sin ruidos ni voces. La frazada que Juancho puso en la puerta empieza a temblar, flamea como un pendon, se eleva y aparecen dos muchachas, crenchas negras larguisimas, ojos sumisos, envueltas en largas tunicas de yute. ?Estara so?ando? Una avanza flotando, con pasos de bailarina japonesa y se acurruca con Juancho. La otra se aproxima. ?Sucedera realmente? ?Como medir el tiempo que demoro en llegar? ?Tanto tardo? Y sin saber como sintio su calor volcanico, el tufo a yerbas, un leve temblor nervioso. Los candiles se apagan. Las estrellas se reflejan en los ojos chinos. Oye un jadeo ronco, un quejido felino, un suspiro a tajo abierto que rompe surcos en su epidermis. A cortisima distancia un bulto informe se agita como un monstruo hecho de brazos. Un tentaculo lo roza y el casi grita por la descarga. Permanece inmovil, los ojos cerrados, lejos para evitar cualquier contacto, los oidos sellados para las sirenas.
?No hay diferencia acaso en amar a una nativa en Monte Carmelo y amarte a ti, en Lima? El recuerdo es mas fuerte que este instante real, absolutamente (lo reconoce) verdadero. Era el mediodia. El sol entraba por la ventana de mi cuarto y nos derretia como a miel de abejas. ?Puedo olvidar eso, en estos momentos en que una chuncha se me ofrece cumpliendo el antiquisimo ritual de la hospitalidad? ?Por que mi carne se encoge como si tuviese miedo? ?Por la repentina locura de aquel nativo que me provoca un mal presentimiento? ?O por su hedor, igual al tuyo? ?Por lo de Arequipa? ?Por un estupido deseo de serte fiel?
Los de Lima son incapaces, diran ma?ana los nativos, luego que la lancha se pierda en la primera curva, rio abajo. Incapaces a pesar de su ropa, sus cigarros finos y sus anteojos para el sol. Pero ?que saben ellos? Son ignorantes. No hay escuelas. Se lavan el pelo con orines. Felizmente no has venido. Seguro te hubieran enviado al guerrero mas fuerte, al mejor cazador, al mas astuto, para que te ensarte como a un pez carnoso sin espinas.
Cansada de esperar, la nativa que reposa a mi lado gatea hacia donde se sacude el monstruo informe. Un breve forcejeo y ahora es una ara?a de doce patas, el sol con tentaculos, la cabeza de la hidra, una explosion de atomos y electrones que sin embargo no logra distraerme de la hipnosis de tus ojos verdes y de tus senos diminutos, como otro par de ojos.

Posted by jose-alberto at 1:07 PM EDT
Monday, 6 June 2005
Hacia el Sur I
Jose Alberto Bravo de Rueda

(Novela publicada en edicion artesanal: College Park [Maryland]: La Yapa Editores, 1992. CopyRight del autor)

Oscurece. Los ultimos rayos del sol desaparecen en la penumbra. La brisa venida del mar alivia momentaneamente el sopor que aletarga la ciudad desde el mediodia. La luna de hojalata, izada con alambres oxidados, asciende chirriando, con un temblor casi imperceptible. Las calles rebalsan de gente y de automoviles que apenas avanzan a veinte kilometros por hora.
Aparecio de repente, sin que nadie lo vea bajar de un omnibus, doblar la esquina o salir de una de las tiendas. Permanecio inmovil unos minutos, amoldando el cuerpo al pausado vaiven del piso, sin sentir los codazos ni los empujones. Llevaba la barba crecida, el rostro sudoroso, un traje anacronico. Los ojos desorbitados siguieron las luces de colores, tambien las de avisos de neon, no las de lentos automoviles. Sus manos temblaban. Una nata espesa en la comisura de los labios. Nadie se fijo en el ni el tampoco se fijo en nadie. Vio su rostro en un cristal pero no pudo reconocerse. Habia olvidado su rostro. Desconocido como cualquier otro.
La brisa del mar lo golpeo hacia esa calle llena de galerias, atiborrada de negocios y gente. Ni un arbol quedaba en la ciudad. Y el no recordaba su nombre. ?Su nombre? Un fogonazo. Se cuadro marcialmente y grito:
-!Ardiles! !Ardiles Recavarren Manuel! (a) El Triturador, !El Cirujano! !El Diablo Blanco! !SX3 - 1999745!
Grito, gesticulo, hizo muecas, saludo al jefe, pero nadie le presto atencion. Todos estaban apurados, sordos, ciegos, impacientes por llegar a los videocines, a la comida, algun telefono. El Triturador sonrio como si lo esperara un buen negocio y avanzo de prisa, manos en los bolsillos, respirando como si fumara, atropellando a la gente.
De pronto vio un restaurante enorme, bullicioso, excesivamente iluminado, y remotos engranajes, lejanos y oxidados mecanismos se movieron en su cabeza. Paralizo al portero con mirada de vibora y entro arrastrando los zapatos, rumiando el chicle con la boca abierta, abriendo las axilas con el orgullo de un zorrino en celo.
Comen, beben, fuman, eructan, cantan, rien. Los mozos sirven carnes y pescados. Las parejas bailan, se abrazan, se besan. La orquesta, desvanecida en el humo, desprende suaves compases que ondulan los cuerpos.
En una mesa casi escondida dos ojos verdes demasiado alegres recorren extasiados el perfil firme de su acompa?ante. Las manos agiles, expertas, seguro calientes, dibujan el lenguaje universal. Es un mundo extra?o, propio. El collar y los aretes, las copas y los ojos refractan la luz en rayos diminutos. El perfume crea un campo magnetico, hipnotico.
Al acecho, con paso lento, El Triturador empieza a aproximarse. El mundo circundante ha quedado reducido a la nada. Sus ojos vidriosos, surcados de relampagos, estan fijos en un punto. Cortandose en los espejos, reflejandose en las luces, va reconociendola, reconstruyendola, volviendola a edificar, como una forma de rescatarla: las piernas cruzadas, el dedo me?ique, y ese encanto de sirena al acomodarte el pelo, esa gracia que puede provocar guerras cuando estiras los rulos y que es un momento como una grieta en el espacio. Esta muy cerca y se detiene. Ellos tambien lo han visto y lo observan desconcertados. Sus pupilas se mueven de los pelos de la barba a la chaqueta de otro siglo; quedan fijas unos instantes en las cicatrices; se encuentran por un segundo y vuelven a enfocar sus visceras, la sangre en sus venas.
-Sabia que te iba a encontrar.
La voz sono tan extra?a--alta, aguda, metalica--que la orquesta dejo de tocar, los mozos de servir y la gente de comer, bailar, beber, fumar, cantar, reir y eructar. El tiempo amenazo con detenerse. El humo se congelo y dejo de ascender; las volutas quedaron fijas en el aire. Ellos empezaron a sentir miedo, sin ideas, sin atinar siquiera a llamar al maitre para que haga echar al loco.
-No te preocupes -dijo el galan.
Y tal vez iba a agregar algo, seguia con la boca abierta y le temblaban los labios, pero no pudo decir mas porque El Triturador lo cogio de un brazo, lo arrastro en vilo por encima de la mesa y empezo a golpearle el rostro, en fragmentos de segundos el salon se convirtio en un laberinto de vueltas y vueltas, mesas derrumbadas, cristales pulverizados, botellas volantes, fugas precipitadas y un caos de gritos in crescendo mientras El Triturador con el taco de su bota deformaba para siempre ese rostro mezcla Gable - Valentino en tanto la muchacha, desfondada en alaridos, fuera de quicio por esa absurda pantomima, desarticulada por la falsedad de las palabras que no terminan de salir de esa boca sucia y pastosa, cae en un remolino de odio, dolor y humillacion, hasta que El Triturador, cansado de golpearlos, huye como de un sue?o abriendose paso con campos de fuerza, apartando a los curiosos, escupiendo, insultando, golpeando, dejandolos hinchados, sangrantes, casi muertos, cortados.

Posted by jose-alberto at 12:08 PM EDT
Updated: Monday, 6 June 2005 12:17 PM EDT

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